El vestido blanco
I
Yo estaba del lado de afuera del balcón. Del lado de adentro, estaban abiertas las dos hojas de la ventana y coincidían muy enfrente una de otra. Marisa estaba parada con la espalda casi tocando una de las hojas. Pero quedó poco en esta posición porque la llamaron de adentro. Al poco Marisa salía, no sentí el vacío de ella en la ventana. Al contrario. Sentí como que las hojas se habían estado mirando frente a frente y que ella había estado de más. Ella había interrumpido ese espacio simétrico llena de una cosa fija que resultaba de mirarse las dos hojas.
II
Al poco tiempo yo ya había descubierto lo más primordial y casi lo único en el sentido de las dos hojas: las posiciones, el placer de las posiciones determinadas y el dolor de violarlas. Las posiciones de placer eran solamente dos: cuando las hojas estaban enfrentadas simétricamente y se miraban fijo, y cuando estaban totalmente cerradas y estaban juntas. Si algunas veces Marisa echaba las hojas para atrás y pasaban el límite de enfrentarse, yo no podía dejar de tener los músculos en tensión. En ese momento creía contribuir con mi fuerza a que se cerraran lo suficiente hasta quedar en una de las posiciones de placer: una frente a la otra. De lo contrario me parecía que con el tiempo se les sumaría un odio silencioso y fijo del cual nuestra conciencia no sospechaba el resultado.
III
Los momentos más terribles y violadores de una de las posiciones de placer, ocurrían algunas noches al despedirnos. Ella amagaba a cerrar las ventanas y nunca terminaba de cerrarlas. Ignoraba esa violenta necesidad física que tenían las ventanas de estar juntas ya, pronto, cuanto antes. En el espacio oscuro que aún quedaba entre las hojas, calzaba justo la cabeza de Marisa. En la cara había una cosa inconsciente e ingenua que sonreía en la demora de despedirse. Y eso no sabía nada de esa otra cosa dura y amenazantemente imprecisa que había en la demora de cerrarse.
IV
Una noche estaba contentísimo porque entré a visitar a Marisa. Ella me invitó a ir al balcón. Pero tuvimos que pasar por el espacio entre esos lacayos de ventanas. Y no sabía qué pensar de esa insistente etiqueta escuálida. Parecía que pensarían algo antes de nosotros pasar y algo después de pasar. Pasamos. Al rato de estar conversando y que se me había distraído el asunto de las ventanas, sentí que me tocaban en la espalda muy despacito y como si me quisieran hipnotizar. Y al darme vuelta me encontré con las ventanas en la cara. Sentí que nos habían sepultado entre el balcón y ellas. Pensé en saltar el balcón y sacar a Marisa de allí.
V
Una mañana estaba contentísimo porque nos habíamos casado. Pero cuando Marisa fue a abrir un roperito de dos hojas sentí el mismo problema de las ventanas, de la abertura que sobraba. Una noche Marisa estaba fuera de la casa. Fui a sacar algo del roperito y en el momento de abrirlo me sentí horriblemente actor en el asunto de las hojas. Pero lo abrí. Sin querer me quedé quieto un rato. La cabeza también se me quedó quieta igual que las cosas que habían en el ropero, y que un vestido blanco de Marisa que parecía Marisa sin cabeza, ni brazos, ni piernas.
Un sillón de terciopelo verde, un hombre que lee una novela, un ventanal que da al bosque de robles, una amenaza, un relato dentro de otro que se multiplica hasta el infinito. Nos pareció una buena metáfora, un buen nombre para un taller de lectura. Además de un homenaje a Cortázar y a su magnifico cuento "Continuidad de los parques". Así que recostémonos en este cómodo sillón y comencemos nuestra tarea placentera libro en mano.
Príncipe de los vikingos, Isidoro Blaisten
Por fin íbamos a conocer al ingeniero Toguilner.
Mi hermana Paulina había insistido tanto que, por fin, mi cuñado se había animado a invitarlo y el domingo dieciséis de octubre el ingeniero Toguilner iba a “bajar especialmente a Buenos Aires” para venir a almorzar a casa.
Mi hermana Paulina había hecho un círculo con una de mis pinturitas en el cuadrado rojo del almanaque de los Grandes Almacenes Raggio que estaba en la cocina, colgado en la pared, al lado de la heladera. Un gran círculo rojo, y se ve que mi hermana estaba nerviosa cuando lo hizo porque el círculo llegaba a tocar hasta el nueve del año mil novecientos cuarenta y nueve, el nueve del final. Todas las mañanas, durante quince días, mientras tomaba la leche, yo miraba y miraba ese círculo rojo en el almanaque y sentía que aumentaba la ansiedad.
Dos semanas antes, al volver de “campaña”, mi cuñado trajo la gran noticia: el ingeniero Toguilner había “accedido”. “Accedió, vieja. Viene el domingo dieciséis. Fijate vos qué deferencia. Es una distinción. Mirá si no hay agrimensores en Vialidad, mirá si le faltan invitaciones. Y, sin embargo, baja especialmente a Buenos Aires para venir a almorzar a casa.”
Mi cuñado decía que el ingeniero Toguilner era una lumbrera; el agrimensor Escofet decía que era una mente superior; y el contratista Filipussi, que lo mejor que había hecho el ministro hasta ahora había sido poner al frente de la División al ingeniero Toguilner. Únicamente el ingeniero Niscobolos decía que no era para tanto. “No es para tanto, agrimensor”, decía el ingeniero Niscobolos cada vez que hablaban del ingeniero Toguilner. Entonces mi cuñado le contestaba: “Vamos, vamos, ingeniero, no reguemos fuera del tiesto: el ingeniero Toguilner es un cerebro privilegiado”.
Mi cuñado, el agrimensor Escofet, el contratista Filipussi y el ingeniero Niscobolos estaban construyendo el “camino de cintura” a Pigüé, y todos, salvo el ingeniero Toguilner, que vivía en el chalecito alquilado para los jefes de División, “pernoctaban” en el hotel Gran Pigüé. Trabajaban en el campamento de Vialidad y cada dos semanas “arribaban” a campaña y, cada dos semanas, cuando bajaban a Buenos Aires, venían a almorzar a casa. El único que nunca bajaba a Buenos Aires era el ingeniero Toguilner que vivía solo en el chalecito de los jefes.
El día de la gran noticia, después de la siesta, en el cuaderno de tapa dura, encuadernado con papel marmolado, que estaba encima de la heladera, y que mi cuñado traía de Vialidad y que mi hermana Paulina usaba para llevar los gastos de la casa y donde además ponía las recetas de cocina, mi cuñado le había hecho anotaciones de “la planificación” con su letra perfecta, y además dibujada con vectores. La había dividido en tres grandes rubros, a saber: limpieza - casa; aseo y ornamentación; y almuerzo 16: acopio y ejecución. En el acopio, el vector señalaba los productos no perecederos para arriba; en la palabra ejecución, el vector señalaba los productos perecederos para abajo. Mi hermana miraba el cuaderno todas las mañanas y se ponía nerviosa. Había decidido hacer tres tortas distintas como postre pero cada día cambiaba de idea y me hablaba como si yo entendiera. Pasó del gâteau a la borracha, del imperial ruso al almendrado, de una de frutas con capas superpuestas a otra de chocolate que no tenía nombre.
Todos esos días me los pasé haciendo mandados y yendo y viniendo de Al Gran Visir. Traje vainillas para el dulce de leche, vainillas para la torta, coco rallado, chocolate para cobertura, canela en rama, nueces peladas, nueces moscadas, grageas de colores, grageas plateadas y orejones. Recién el sábado quince compré el dulce de leche, la crema y todo lo que era perecedero.
A todo esto, mis valientes, pese a que yo les había transmitido la gran noticia, venían todos los días a tocarme el timbre. Lo que pasaba era que ya habían robado las perchas de sus casas y esperaban mis instrucciones. Yo me cansé de prometerles que después del ingeniero Toguilner íbamos a construir las ballestas con las perchas y que, hasta que no llegase ese momento, debían permanecer ocultos en los acantilados, junto a la piedra del sacrificio.
En el baldío de Pujol, sobre la tierra seca, con una ramita, yo les había dibujado a mis vikingos la estructura de la ballesta. Era cuestión de robar de la casa una percha en forma de T y con tres clavitos y el elástico de bombachas teníamos la ballesta. Los dos clavitos en el brazo menor de la T aseguraban la “direccionalidad” de la flecha.
Cuando nosotros nos mudamos a ese barrio, lo que ahora eran mis valientes, mis vikingos, no eran más que una manga de paparulos, unos chitrulos y pajarones que a lo único que sabían jugar era a sentarse en la vereda a ver quién escupía más lejos. Cuando yo vi a lo que jugaban me quise morir. Eran juegos de nenas, de preguntas idiotas: “Si tu papá mata un chancho, ¿vos te asustás?”. Había que juntar las manos como un nadador que nada estilo pecho, llevar las manos hasta la cara del otro, rápidamente, y rápidamente separar las manos antes de tocar la cara. El otro no debía pestañear. Después estaba “el serio”. Jugar “un serio” consistía en quedarse mirando fijamente. El que se reía primero perdía. Yo había descubierto el baldío de la calle Pujol y allí los convertí en vikingos, allí los juramenté y allí, entre las toscas, descubrí la piedra del sacrificio.
Después de la gran noticia, el lunes a la mañana, bien temprano, mi cuñado salió a campaña en el Morris y a la noche mi hermana Paulina recibió el telegrama. Cuando mi cuñado salía a campaña, apenas llegaba al punto de destino, lo primero que hacía era mandar el telegrama. El telegrama siempre decía: “Arribé satisfactoriamente”. Mi hermana los coleccionaba. Los ponía por fecha en la lata de galletitas, la lata vacía de Tentaciones de Bagley que escondía en el tercer cajón del bargueño, detrás del álbum de las fotos, junto al paquete de las cartas que estaba envuelto en una cinta de seda de color granate y que mi cuñado le había mandado cuando estaban de novios y él estudiaba en Córdoba. Dos veces, cuando yo estaba pintando el huevo gigante y fui a cambiar el agua para la témpera, la vi llorar a mi hermana Paulina leyendo los telegramas.
Pero cuando mi cuñado volvía de campaña, volvía sin avisar. Paraba el Morris frente a la puerta, que era entrada de garaje, y empezaba a los bocinazos, hasta que mi hermana, después de pegar el grito, después de sacarse el delantal, después de arreglarse el pelo frente al espejo del perchero, después de llamarme a mí para que le ayudase a abrir, corría.
Después yo tenía que ayudar a sacar las cosas perecederas que mi cuñado traía en el baúl. Mi cuñado traía de campaña queso de chancho, crema de campo, manteca salada, vino patero, mamones y corderitos y costillares (envueltos en la bolsa blanca, de harina), y dulce de tuna en el gran frasco de vidrio. Algunas veces traía una mulita. La vez que trajo el huevo gigante fue “todo un acontecimiento”. Era un huevo de avestruz y mi hermana hizo el omelette gigante. Mi hermana le había hecho dos agujeritos al huevo, uno en cada punta, y la cáscara del huevo gigante quedó intacta y yo lo pinté. Primero dibujé con lápiz al gaucho y a la china bailando el pericón (copiado del Billiken del número especial del 9 de Julio) y después lo pinté con témpera. Me salió tan bien que mi hermana lo puso arriba del piano, encima del mantón de Manila. La vez que mi cuñado trajo el faisán, yo rescaté cinco plumas, una para mí y cuatro para mis valientes vikingos.
El sábado a la mañana, mi cuñado organizaba la compra quincenal de los productos no perecederos. La compra quincenal se hacía en los Grandes Almacenes Raggio. “Todo lo que no es materia perecedera debe ser comprado quincenalmente”, decía mi cuñado. Y quincenalmente íbamos, “hacíamos acopio” y cargábamos en el baúl del Morris todo lo que venía en latas, desde latitas de azafrán hasta arvejas al natural, pasando por los tomates “perita” y los duraznos en almíbar. Mi hermana Paulina se ponía furiosa cuando le querían dar caballa en lugar de atún y cazón en vez de bacalao. Decía que el vendedor era un farsante y un agiotista. Y mientras mi cuñado recorría los estantes, yo la llamaba aparte a mi hermana y le decía al oído que le dijese que no se olvidara del dulce de membrillo. Era la lata de La Gioconda.
Ya en casa, cuando mi cuñado iba girando el abrelatas en un círculo perfecto, yo volvía a pedirle que no tirase la tapa, que me la diese a mí. “¿Para qué la querés?”, volvía a preguntarme mi cuñado. “Para dibujarla”, decía yo, “para copiar el dibujo”. Entonces mi cuñado volvía a explicarme que la mujer que estaba mano sobre mano en la tapa del dulce de membrillo era La Gioconda, también llamada Mona Lisa, y había sido reproducida en la lata mediante el método conocido como litografía y que lito quería decir “piedra” y que Leonardo era una mente superior, un cerebro privilegiado.
Mi hermana decía que tuviese cuidado, que me podía cortar. En realidad, yo no quería la tapa para dibujarla, la quería para descabezar flores del jardín de los Magallanes. A la Gioconda la había dibujado ya muchas veces, pero con las tapas circulares hacíamos los torneos con mis valientes.
Los discos afilados, el arma secreta de los vikingos, había sido idea mía, y con ella descabezábamos rosas. Yo proveía las tapas y cada uno de mis valientes había robado de su casa “el protector”. Ya el Chochi se había cortado una vez, de manera que yo di la orden de usar los protectores. Fue así como el petiso, que tenía una hermana que trabajaba en la radio, se consiguió una pinza de cejas que servía para sostener y lanzar las Giocondas contra el jardín de los Magallanes. Salomón trajo un guante de lana; Tito, uno de cuero, finito, largo hasta el codo, que le había sacado a la madre. El Chochi y yo teníamos pinzas de electricista.
El Chochi era grandote. Tenía un echarpe colorado, largo y colgante. No jugaba bien a la pelota y creo que él lo sabía, por eso no se enojaba cuando lo mandaban al arco. Cada vez que atajaba un penal - de lo más pavote, a doce pasos y con pelota de goma -, gritaba : “¡El primer deportista!”. Yo creo que era muy pesado y mi hermana, cada vez que lo veía, decía: “Este chico debe tener pie plano”. Si bien no era bueno ni para el balero ni para el yo-yo, había que reconocerle que era el mejor en el arroje de las Giocondas. El padre era electricista y el Chochi manejaba la pinza como ninguno. Con una sola mano (yo tenía que usar las dos). No era nada fácil abrir la pinza justo en el momento del arroje, justo cuando se daba el impulso. A veces la tapa se podía escapar con pinza y todo. Pero el Chochi mandaba las Giocondas “con efecto” y la rosa cortada saltaba en el aire y la tapa de la lata seguía su trayectoria y llegaba hasta la calle, atravesando el cerco de ligustros.
En eso era un crack, pero yo hice mal en nombrarlo capitán de las Giocondas porque enseguida se las pilló y quiso sacarme el mando de Príncipe. Era un farsante y aprovechaba que yo no podía ir al baldío por lo del ingeniero Toguilner, para decirles a mis valientes que lo de las ballestas era puro tongo, que la piedra del sacrificio era muy baja, y que los acantilados no eran más que un montón de toscas podridas, y que vikingos era una palabra extranjera.
El acopio, la compra quincenal de los productos no perecederos, lo empezaba a organizar mi cuñado el sábado a la media mañana, mientras mi hermana preparaba el almuerzo. En la mesada de la cocina tenía preparado su vermucito y, entre sorbo y sorbo, iba y venía del socucho verificando los productos faltantes para reponerlos. Con el bloc de Vialidad en la mano, iba y venía, consultaba con mi hermana y anotaba.
Después del almuerzo se dormía la siesta y después de tomar la leche íbamos en el Morris a los Grandes Almacenes Raggio. Regresábamos a casa a eso de las ocho y entonces mi cuñado hacía separar la alimentación de la higiene.
Mi hermana hacía una primera clasificación sobre la mesa del comedor diario y, mientras yo le cebaba mate, mi cuñado iba acomodando en el socucho (que estaba debajo de la escalera) todos los productos no perecederos: a la izquierda, la alimentación; a la derecha, la higiene. A la derecha iba apilando el jabón Sunlight, las cajitas de Kolynos, la lata de acaroína, el desinfectante Listerine y el jabón Rádico de Salles. Al llegar a esta caja, decía el versito: “¡Qué barato y cuánto vales, jabón Rádico de Salles!”. Mi cuñado decía versitos. Mi hermana Paulina cantaba, pero mi cuñado decía versitos. En voz baja, como si fueran sólo para él. Cuando manejaba el Morris y se concentraba, decía: “Una vez fuimos tres/al palacio del inglés./ El inglés tiró la pata/ y mató a cuarenta y tres”. En cambio, cuando subía o bajaba las escaleras, repetía muchas veces seguidas: “Carhué cuarenta, Carhué cuarenta”. A mí me había enseñado que cuando uno viaja en tren había que repetir muchas veces, siguiendo el compás de las ruedas: “Cinco pesos, poca plata; cinco pesos, poca plata”. Pero creo que el que más le gustaba (y por eso siempre lo decía cuando venían visitas) era: “Chi sa non fa; chi fa non sa; chi può non vo; chi vo non può e così il mondo va”.
A medida que se iba aproximando el domingo dieciséis de octubre, mi hermana se iba poniendo más y más nerviosa. A cada rato se acordaba de algún producto que le faltaba para las tres diferentes tortas que tenía planificadas y yo tenía que estar preparado para el acopio. Fui y volví de Al Gran Visir infinidad de veces y yo me daba cuenta de que estaba nerviosa porque no cantaba. No pudimos arrojar Giocondas ni tomar por asalto el castillo de Ulfrún como yo tenía planificado y apenas si pude ver a mis valientes. Lo único que alcancé a hacer una tarde, mientras traía el coco rallado, fue juramentar a mis vikingos alrededor de la piedra del sacrificio. Los hice subir sobre los cascotes y levantar las plumas de faisán y hacer el juramento. Ellos siempre me estaban esperando y yo les dije que debían permanecer ocultos junto a los acantilados. Tuve que hacer mutis por el foro y volver a prometerles que después del ingeniero Toguilner íbamos a construir las ballestas con las perchas que habían robado de sus casas.
Por fin llegó el domingo dieciséis de octubre. Mi hermana había limpiado y desinfectado toda la casa y había encerado los mosaicos del garaje. Había sacado las fundas de todos los sillones y yo las había llevado (de a poco) a la tintorería de don Anakaito, a quien llamábamos don Ana; había abonado todas las plantas y yo tuve que ir un montón de veces a La Germinadora; había dado vuelta los elásticos de las camas que mi cuñado bajó con sogas por la terracita, pese a que yo había propuesto el sistema de poleas. Yo fui el encargado del arroje del agua hirviendo. Traje, llevé y tiré más de cien pavas pero no pude matar ni una sola chinche. Mi hermana había puesto acaroína en todas las rejillas y había ido “de lo simple a lo complejo”, como decía mi cuñado. En la segunda etapa, utilizó Fluido Manchester. El arroje del ácido muriático en los inodoros fue todo un acontecimiento. Yo me había ofrecido a efectuarlo pero mi hermana me dijo que era peligroso y no me dejó. De cualquier forma, el espectáculo de la espuma corrosiva era impresionante. Los inodoros quedaron relucientes. Yo le dije que ése era el método para hacer desaparecer cadáveres, pero mi hermana parecía no escucharme. Pensé que algo habría que hacer con el ácido en el baldío de Pujol. Pensaba dejar turulatos a mis valientes. Sólo era cuestión de llevar los guantes y la escobita y, como decía mi cuñado, “evitar su ingestión”.
Mientras mi cuñado se estaba bañando, a la mañana temprano, tocaron timbre. Me quise morir, era el señor Magallanes. Lo vi desde el perchero. Por suerte fue mi hermana quien abrió la puerta. Hice mutis por el foro y me escondí en el balcón. Escuché todo. El señor Magallanes traía en la mano una rosa cortada y sobre el diario sin abrir una tapa de La Gioconda. El señor Magallanes era ferroviario y cuando se ponía a hablar no lo paraba ni Dios. Decía que éramos todos muñecos y que un ser superior rige nuestros destinos. El señor Magallanes la saludó a mi hermana sacándose el gorrito “Pochito” que usaba para cultivar el jardín y le preguntó si ella establecía alguna relación entre el extraño adminículo y la rosa cortada. Mi hermana, que lo único que quería era sacárselo de encima, le dijo que no establecía ninguna. El señor Magallanes le dijo que desde un considerable tiempo atrás notaba rosas cortadas en su jardín, que los cortes eran netos y nítidos y que ese pedazo de lata le llamaba profundamente la atención. Mi hermana dijo que podría ser producto de la casualidad y que en los tiempos que corrían había gente baja y dañina. “Ya lo creo, señora”, dijo el señor Magallanes. “Pero no se preocupe, somos todos muñecos.” Y le presentó sus respetos a ella y mandó un gran saludo para el agrimensor.
En cuanto se fue bajé corriendo del balcón y me fui a la cocina, que estaba atestada de cosas. Cuando entró mi hermana lo primero que le dije fue si no necesitaba que le hiciese algún mandado de último momento y si no quería que le sacase lustre al garaje. Me ofrecí a ayudarla a preparar la mesa. Mi hermana dentro de sus nervios sonrió. Lo nerviosa que estaría que ni se acordó de la tapa de la Gioconda. En eso vi a mi cuñado bajando la escalera. Estaba recién bañado, recién afeitado, parecía contento, olía a loción colonia Atkinsons y repetía mientras bajaba: “Carhué cuarenta, Carhué cuarenta”.
Mi hermana empezó a preparar la mesa tres horas antes. En el centro puso el florero grande lleno de gladiolos de tres clases distintas, y aunque mi cuñado había citado para la una, a las doce y media empezaron a llegar, primero el agrimensor Escofet, después el contratista Filipussi y después el ingeniero Niscobolos. El agrimensor Escofet en el Pontiac, el contratista Filipussi en la chatita y el ingeniero Niscobolos en un taxi.
Todos le presentaron sus respetos a mi hermana, me acariciaron la cabeza a mí y se abrazaron con mi cuñado. Todos se abrazaron entre sí y se golpearon las panzas. Siempre que se encontraban en casa se golpeaban las panzas contentos, como si hiciese añares que no se veían. Mi hermana se disculpó, dijo que tenía que volver a la cocina, que mi cuñado los atendería y que no fueran pícaros, que no tocaran nada de la mesa hasta que no llegase el ingeniero Toguilner. Los tres dijeron: “Quédese tranquila, señora Paulina”, se rieron y se sentaron con mi cuñado a hablar de Vialidad alrededor del piano. A la una y cuarto, el ingeniero Toguilner todavía no había llegado. Mi hermana seguía llevando ingredientes a la mesa. El contratista Filipussi gritó como si estuviera en la cancha: “Nos pica el bagre, señora Paulina”, y todos se rieron. Mi cuñado dijo que, mientras esperaban, un vermucito no vendría mal y todos aplaudieron. Aunque no muy convencida, mi hermana accedió. Yo fui con ella a la cocina para ayudarle a traer ingredientes. A mí se me había ocurrido la idea de descarozar las aceitunas con la máquina de coser. Mi hermana tenía una aguja especial para hacer ojales que se calzaba a bayoneta en el cabezal de la Singer que hubiera venido al pelo. Yo calculé que metiendo una aceituna por vez en el dedal y sincronizando los movimientos con la máquina, podía llegar a descarozar dieciséis aceitunas en un minuto y medio. Pero mi hermana no me dejó. En eso sonó el timbre y todos gritamos: “¡El ingeniero Toguilner!”. Era. Llegó en un remise y le besó la mano a mi hermana. El ingeniero Toguilner traía cuatro botellas de vino, dos en cada paquete. Mi cuñado dijo: “Y éste es, Paulina, el famoso ingeniero Toguilner”. Mi hermana dijo que era un placer y que no tendría por qué haberse molestado. “No es nada, señora”, dijo el ingeniero Toguilner y mientras les daba la mano a los demás (pero sin golpearse la panza) mi hermana abrió los paquetes con muchos nervios y me dio el papel y los piolines a mí. Había estrujado y arruinado el papel de Los Dos Leones. “Abrilas, viejo”, dijo mi hermana. “Por favor, empiecen con el vermouth. No me esperen. Vení, nene.” Yo fui. Tiré los papeles. Ninguno de los leoncitos plateados había quedado presentable como insignia para mis vikingos. Mientras examinaba los piolines, un hilo Duncan buenísimo, mi hermana me dijo: “Por favor, nene, dejá eso. ¡Justo en este momento!”, y me miró como si gritara. Guardé los piolines para el yo-yo y me puse a llevar cosas a la mesa. Cuando puse los dos platos de cantimpalo, el ingeniero Toguilner me acarició la cabeza. Mi hermana, que traía una fuente con queso, morrones fritos, lupines hechos por ella y cueritos de chancho, le dijo que yo había pintado el huevo que estaba encima del mantón de Manila que estaba encima del piano. El ingeniero Toguilner dijo que yo era un artista en ciernes.
Al primer vaso de vermouth que le ofrecieron, el ingeniero Toguilner dijo que iba a proponer un brindis. Entonces todos se levantaron. Estaban sonrientes pero, cuando el ingeniero Toguilner dijo: “Brindo por la gran familia vial”, se dejaron de jarana y se pusieron serios. Todos chocaron los vasos con espuma y después se sentaron.
Cuando ya se habían tomado la botella entera de vermouth y casi media de la de fernet, mi hermana dijo que iba a traer más, pero el ingeniero Toguilner dijo que no, que el vermouth era un vino, que en Italia se tomaba puro, que mi cuñado había hecho muy bien en dejar las botellas destapadas, porque el vino requería un proceso de evaporación de gases antes de ser tomado. “Por lo menos veinte minutos destapado”, dijo. Mi cuñado sonrió y la miró a mi hermana. Mi hermana dijo: “La verdad que con usted se aprenden cosas, ingeniero”. “No es para tanto, señora”, dijo el ingeniero Toguilner y yo pensé que lo había dicho el ingeniero Niscobolos.
Yo ayudé a mi hermana a llevar la merluza. Mejor dicho, yo llevaba la fuente con la muzzarella cortada y embadurnada con aceite y pimienta, y mi hermana los filetes de merluza, arrollados alrededor del relleno y pinchados con un escarbadientes. El ingeniero Toguilner dijo que la presentación de esa fuente era una maravilla, que la comida entra por los ojos y la prueba está en que no se puede comer en la oscuridad. “Pruebe, señora, va a ver que no se le siente ningún gusto a la comida. Pero tiene que ser totalmente a oscuras.” Mi hermana dijo que nunca había pensado en eso. Después trajimos más aceitunas, más cantimpalo y dos platitos más de papas a la vinagreta.
De las cuatro botellas del ingeniero Toguilner sólo quedaba una por la mitad. Mi hermana dijo que era conveniente abrir más vino antes de que pasaran los veinte minutos. Me hizo una seña con los ojos y la V de la victoria con los dedos. Yo tuve que ir al socucho a buscar las botellas. Nunca supe si el vino era perecedero o no perecedero. Y mi cuñado lo ponía en el socucho de la derecha.
Cuando volví con las botellas, mi cuñado estaba tratando de embocarla con el versito. “Chi sa non fa”, decía. “No, no, así no es. Es: chi può non vo, chi vuò non po. E così il mondo va”. Escofet decía que en Italia se hace el cultivo escalonado. Se va sembrando arriba de la montañas, como si fueran escaleras, de ahí que se llame escalonado. Filipussi decía que su abuelo sembraba el tomate en macetas y daba pena ver lo que los argentinos tirábamos a la basura. El ingeniero Niscobolos dijo que eso era lo que decía nuestro presidente. Mi hermana Paulina se puso pálida. “Mire, ingeniero”, le dijo al ingeniero Niscobolos, “no lo tome a mal, pero le voy a pedir un gran favor, a usted y a todos: no hablar de política.” Se produjo un gran silencio. Entonces el contratista Filipussi gritó: “Tiene razón la señora Paulina. ¡Un brindis por la señora Paulina!” Y todos se levantaron y chocaron las copas y mi hermana sonrió. Después el ingeniero Niscobolos dijo que el porvenir estaba en el ganado cebú y el ingeniero Toguilner dijo que él era de origen teutón y que nos iba a explicar de dónde venía la palabra okey. “¿Usted sabe, agrimensor?” Mi cuñado dijo que no con la cabeza. “¿Usted, ingeniero?” El ingeniero Niscobolos dijo que okey, en inglés, quiere decir “Está bien”. “Sí, pero ¿de dónde viene?” El ingeniero Niscobolos dijo que eran dos palabras. “Sí, pero ¿de dónde vienen?” Escofet dijo: “¿Por qué no lo explica, ingeniero?” “Eso, ingeniero, explique, explique”, dijo Filipussi y arrimó la silla. Mi cuñado dijo: “Usted, que es tan didáctico, ingeniero”. “Bueno, no es para tanto”, dijo el ingeniero Toguilner, “como ustedes saben, la palabra okey es la abreviatura de dos palabras...” En eso mi hermana me llamó con los ojos para que fuéramos a la cocina.
Ahora había que trasladar todos los platos del vitel thoné. Yo me preguntaba porqué no me hacía caso. La idea era desmontar la puerta del socucho, ponerla encima de la mesita de la máquina de escribir de mi cuñado (tenía rueditas), poner los platos sobre la puerta y empujar la mesita. En un solo viaje llevábamos los platos llenos y de vuelta traíamos los platos vacíos o sucios. Pero mi hermana no quiso.
Cuando entré al comedor con la primera bandeja de vitel thoné, el ingeniero Toguilner estaba diciendo que no a todos los dibujos que le iban mostrando. Tomó otra copa de vino y dijo:
- Más simple, mucho más simple.
Mi hermana entró con la otra bandeja y me hizo una seña con los ojos mirando el vino. “Dos”, me dijo con los labios, “dos”. Y dijo: “¿Qué ha estado inventando ahora, ingeniero?”. “Muy simple, señora, ¿a que no sabe cómo se hace para limpiar los vidrios de una ventana por el lado de afuera, o sea los vidrios que dan a la calle, desde el interior, sin sacar la mano?” “Ay, ingeniero, la verdad que si lo supiera me ahorro los sabañones en invierno.”
Todos se rieron menos el ingeniero Niscobolos que había sacado una libretita con tapas de cuero, con hojas cuadriculadas, y que seguía haciendo dibujitos detrás de los gladiolos. Escofet y Filipussi se habían levantado y miraban por detrás de mi cuñado los cálculos que mi cuñado hacía en el bloc de Vialidad. Mi cuñado arrancó una hoja. El ingeniero Toguilner la miró y dijo: “No es cuestión de números, agrimensor”. Mi hermana dijo: “¿Y sin salir afuera para nada, ingeniero?”, y volvió a mirarme y a repetirme la seña. “Para nada, señora.”
Tuve que ir al socucho. Cuando volví, el ingeniero ya lo había explicado. Mi cuñado, agarrando las botellas, dijo “Chi sa non vuò”, y se rió.
A mi cuñado se le había dado por reírse y mi hermana sirvió el plato fuerte. Yo sabía que el plato fuerte era el que más duraba y era cuando más hablaban. Después se iban a quedar callados, serios y raros, mirando las crucecitas del mantel bordado o haciendo bolitas de miga de pan. Después mi hermana iba a anunciar: “Y ahora, el postre”. Entonces todos iban a despertar, el contratista Filipussi iba a gritar: “¡Un aplauso para la cocinera!”, todos iban a aplaudir y mi hermana iba a sonreír.
Yo pensé que podría aprovechar ese momento y preguntar la solución. Pero mi hermana me mataba si llegaba a interrumpir a los mayores.
Me imaginé sentado junto a mis valientes, en el baldío de Pujol, alrededor de la piedra del sacrificio, explicándoles cómo se puede hacer para limpiar un vidrio por la parte de afuera sin sacar la mano de adentro.
Pero esta vez el silencio que se hizo fue distinto. No fue al terminar el plato fuerte, sino al empezar. Mientras los demás venían comiendo de todo, el ingeniero Toguilner, que como decía mi hermana apenas había “probado bocado”, empezó a hacer preguntas. Las contestaba él mismo, sin dar tiempo a que uno encontrase la solución, a una velocidad increíble, una tras otra, mientras tomaba y tomaba. Yo hubiera dado en ese momento cualquier cosa: mi colección de libros del Príncipe Valiente, todas mis Giocondas, las dos perchas con elástico que ya había convertido en ballestas, con tal que mis valientes pudieran escucharlo. Trataba de no olvidarme de nada, trataba de recordar todo, hasta el mínimo detalle, y me veía con mi propia voz, parado sobre la piedra del sacrificio, contándoles a mis valientes todo lo que el ingeniero Toguilner sabía. Porque el ingeniero Toguilner lo sabía todo. Sabía cómo se rellenan los agujeros de la madera: se rellenan con tiza molida y cola. Sabía cómo se le saca el feo olor cuando hierve el brócoli: se mete un pan entero en la cacerola. Sabía cómo se hace para saber cuándo están a punto los fideos: se agarra un fideo con el tenedor y zácate, se lo tira con toda la fuerza contra los azulejos de la cocina; si se queda pegado, están. Sabía cómo se cuela la pintura antes de echarla en el compresor: se la cuela con una media de mujer. Sabía cómo se le saca brillo a los mosaicos: se ponen en un balde de agua dos cucharadas soperas de fuel-oil y quedan como un espejo. Sabía cómo se lavan las bombitas de la luz: se las mete debajo de la canilla sin miedo. Sabía cómo se lava un pulóver de lana: con dos litros de bencina y toda la roña queda en la palangana, en el fondo. Sabía cómo se desempastan las bujías empastadas del coche: se las embadurna con miel. Sabía cómo se le saca el óxido a los tornillos oxidados: se los mete en querosén. Sabía cómo se evita el bolo fecal: todas las mañanas un vaso de agua conteniendo la respiración. Sabía cómo se hace para evitar los bichos en el empapelado: dos cucharadas soperas de formol en el tacho del engrudo. Sabía cómo se limpia un cuadro al óleo: se le pasa con fuerza una cebolla cortada; también con el juguito de una papa. Sabía cómo se hace para no derramar el querosén de una lata de diez litros cuando se lo saca: en vez de poner el pico para abajo (la tendencia natural), hay que ponerlo para arriba, no se derrama ni una gota. Sabía cómo se hace para que las flores duren en el florero: se les corta el cabito a tijera, se les echa vela derretida y se conserva la savia (la sangre de la planta). Sabía cómo se hace para tocar una pared electrificada sin que la electricidad lo deje a uno pegado: se pone la mano del revés y, si hay electricidad, la electricidad le cierra la mano de golpe. Sabía cómo se falsifican los hongos secos: con berenjenas cortadas a lo largo. Sabía cómo se eligen las plumas de ganso: si el que va a escribir es zurdo, la pluma tiene que ser curva a la derecha, si es para un normal, a la izquierda. Sabía cómo se hace para que la pintura no se seque en los tarros: hay que cerrarlos a martillazos y ponerlos boca abajo; la pintura dura añares. Sabía cómo limpiar los espejos: con vinagre, el vinagre es la madre del ácido acético.
Después el ingeniero Toguilner explicó de dónde venían la palabra sincera y la palabra atorrante y la palabra croto y cuando estaba por explicar cómo se puede hacer un nudo a un cigarrillo sin que el cigarrillo se rompa, se cayó de la silla. Desde hacía rato el ingeniero Toguilner venía hablando de costado, como si tuviera yum-yum en la boca, y cada vez se le entendía menos. Pero ahora estaba en el suelo. La copa de vino se le había derramado sobre el mantel bordado y él hablaba y lloraba desde el piso. Lloraba pero parecía como si se estuviese riendo y no se entendía lo que decía.
Todos corrieron las sillas y se levantaron y se agacharon y mi hermana dijo: “Se descompuso”. Después lo llevaron arriba entre todos y lo acostaron en la cama de matrimonio. Ahora tenía la cara marrón. Escofet le desabrochó la camisa, Filipussi le sacó la corbata y dijo que había que darle café negro con ceniza. Pero mi hermana me mandó traer cubitos de hielo en una servilleta. Bajé corriendo. Cuando estaba tratando de despegar la cubetera del fondo del congelador, sentí un grito. Cuando llegué el ingeniero Toguilner estaba vomitando.
Después mi hermana le puso la servilleta con el hielo en la cabeza. Después lo bajaron y se lo llevaron entre todos en el Pontiac de Escofet. Mi hermana había sacado la colcha de la cama y la había metido en la bañadera con agua. Después bajamos, me pidió que la ayudara a sacar todo de la mesa. No hablaba.
Como dos horas después volvió mi cuñado. Volvió solo. Mi hermana le sirvió un café y los dos se quedaron hablando bajito en la antecocina. En eso sonó el timbre. Mi hermana gritó que fuera a ver quién era. Eran el Chochi, Tito, Salomón y el Petiso. Les dije que no, que no iba a ir, y que hasta que yo no les avisase debían permanecer ocultos en los acantilados.
Pero nunca más volví al baldío de Pujol.
Hiperbrevedades: Un mundo minimalista
Hiperbrevedades: Un mundo minimalista:
"Cora detesta las cosas pequeñas. No siempre fue así. Va a un restaurante y los platos que le sirven son enanos. Y siguen reduciéndose con lo..."
"Cora detesta las cosas pequeñas. No siempre fue así. Va a un restaurante y los platos que le sirven son enanos. Y siguen reduciéndose con lo..."
Augusto y el ladrón de palíndromas, J. Millán
Monterroso es un escritor itinerante, lo cual, a los efectos de estas líneas, significará que es escritor y que viaja mucho. Las probabilidades de coincidir espacio-temporalmente con alguien tan móvil son muy escasas, y por esa razón debo considerar nuestro primer encuentro como una absoluta casualidad, o bien como algo que seguía un designio más elevado. A la vista de los beneficios que para mí se derivaron de nuestro contacto, me inclino más bien por lo segundo.
Ocurrió hace muchos años. Por aquel entonces yo trabajaba para una editorial madrileña, y un día me avisaron de recepción que (aquí un nombre irreconocible, como es habitual) quería ver a alguien de la casa. Me presté a ello, y me encontré ante un señor más bien bajito (puedo decirlo, puesto que él mismo se ha descrito con semejantes palabras). Le pregunté su nombre, me lo dijo, y yo lo repetí, suspicaz: "¿Augusto, dice? ¿Monterroso?"
Ocurre que yo había leído (con mucho gusto) varios libros de alguien que firmaba con ese mismo nombre, así que insistí: "¿El escritor?". Él asintió en silencio, y yo me encontré ante la molestísima sensación de tener delante a la persona responsable de unas páginas que había leído con placer. Este tipo de intromisiones corpóreas en el terso mundo de lo literario se me habían revelado siempre muy inconvenientes. Y no sólo porque rompen la situación de dominio que el lector tiene frente al autor ("A ver, dígame usted... Muy bien, y ahora calle, pues tengo algo que hacer"). No: con frecuencia había encontrado que los autores ponían lo mejor de sí mismos en sus obras, de modo que lo que quedaba para un encuentro personal eran otras cosas, no todas ellas agradables.
Me preparé, pues, para lo peor, y empezamos a hablar. El motivo de su visita se hizo algo tangencial, y al cabo de un rato, relajados, hablábamos de otros temas: sus libros, libros ajenos... Yo recordaba que en alguna de sus obras había descubierto que le interesaban los palíndromos, que él llamaba palindromas. Con cierta turbación (era muy joven), le dije: "Augusto: yo he escrito lo que creo que es uno de los mejores palíndromos en lengua castellana. Dice así", y respiré hondo:
Anita, la gorda lagartona, no traga la droga latina
Guardó silencio por un momento (ese lapso de tiempo que se requiere para reconstruir la frase desde el final, y ver si uno no está ante un bluff), y al cabo sonrió. "Muy bien!", quiero recordar que dijo, "Y dígame una cosa: ¿la ha publicado usted?, ¿se la han atribuido públicamente?" Yo negué. "Ay, ay...", meneó la cabeza, "¿No sabe usted que hay ladrones de palindromas, gente que repite las obras ajenas pretendiendo pasar por su autor?" Me recorrió un sudor frío; ya he dicho que entonces era joven e inexperto: ni se me había pasado por la cabeza. "No", dije. Me miró: "Bueno, no se preocupe: ya lo arreglaremos".
Nos despedimos, y al cabo de unas semanas me llegó un recorte del Excélsior de México. Allí estaba el palíndromo, y al lado mi nombre, unidos para la posteridad.
Luego nos hemos visto más veces, hemos localizado amigos comunes, y charlado ante alguna de sus extrañas comidas, y mi sospecha inicial ante la convivencia con mis autores favoritos se ha diluido. En su caso.
Hace poco rememoramos, divertidos, nuestra primera entrevista. "¿Y cuál sería la droga latina?", se interesó. Estábamos cenando, y yo señalé mi copa: "El vino, claro". "No", agitó la cabeza, "La literatura".
Debí haberlo supuesto.
[apareció publicado en "Culturas", suplemento de Diario 16, el 16 de noviembre de 1991]
El Hombre que Ríe, Jerome David Salinger
En 1928, a los nueve años, yo formaba parte, con todo el espíritu de cuerpo posible, de una organización conocida como el Club de los Comanches. Todos los días de clase, a las tres de la tarde, nuestro Jefe nos recogía, a los veinticinco comanches, a la salida de la escuela número 165, en la calle 109, cerca de Amsterdam Avenue. A empujones y golpes entrábamos en el viejo autobús comercial que el Jefe había transformado. Siempre nos conducía (según los acuerdos económicos establecidos con nuestros padres) al Central Park. El resto de la tarde, si el tiempo lo permitía, lo dedicábamos a jugar al rugby, al fútbol o al béisbol, según la temporada. Cuando llovía, el Jefe nos llevaba invariablemente al Museo de Historia Natural o al Museo Metropolitano de Arte. Los sábados y la mayoría de las fiestas nacionales, el Jefe nos recogía por la mañana temprano en nuestras respectivas viviendas y en su destartalado autobús nos sacaba de Manhattan hacia los espacios comparativamente abiertos del Van Cortlandt Park o de Palisades. Si teníamos propósitos decididamente atléticos, íbamos a Van Cortlandt donde los campos de juego eran de tamaño reglamentario y el equipo contrario no incluía ni un cochecito de niño ni una indignada viejecita con bastón. Si nuestros corazones de comanches se sentían inclinados a acampar, íbamos a Palisades y nos hacíamos los robinsones. Recuerdo haberme perdido un sábado en alguna parte de la escabrosa zona de terreno que se extiende entre el cartel de Linit y el extremo oeste del puente George Washington. Pero no por eso perdí la cabeza. Simplemente me senté a la sombra majestuosa de un gigantesco anuncio publicitario y, aunque lagrimeando, abrí mi fiambrera por hacer algo, confiando a medias en que el Jefe me encontraría. El Jefe siempre nos encontraba. El resto del día, cuando se veía libre de los comanches el Jefe era John Gedsudski, de Staten Island. Era un joven tranquilo, sumamente tímido, de veintidós o veintitrés años, estudiante de derecho de la Universidad de Nueva York, y una persona memorable desde cualquier punto de vista. No intentaré exponer aquí sus múltiples virtudes y méritos. Sólo diré de paso que era un scout aventajado, casi había formado parte de la selección nacional de rugby de 1926, y era público y notorio que lo habían invitado muy cordialmente a presentarse como candidato para el equipo de béisbol de los New York Giants. Era un árbitro imparcial e imperturbable en todos nuestros ruidosos encuentros deportivos, un maestro en encender y apagar hogueras, y un experto en primeros auxilios muy digno de consideración. Cada uno de nosotros, desde el pillo más pequeño hasta el más grande, lo quería y respetaba. Aún está patente en mi memoria la imagen del Jefe en 1928. Si los deseos hubieran sido centímetros, entre todos los comanches lo hubiéramos convertido rápidamente en gigante. Pero, siendo como son las cosas, era un tipo bajito y fornido que mediría entre uno cincuenta y siete y uno sesenta, como máximo. Tenía el pelo renegrido, la frente muy estrecha, la nariz grande y carnosa, y el torso casi tan largo como las piernas. Con la chaqueta de cuero, sus hombros parecían poderosos, aunque eran estrechos y caídos. En aquel tiempo, sin embargo, para mí se combinaban en el Jefe todas las características más fotogénicas de Buck Jones, Ken Maynard y Tom Mix, perfectamente amalgamadas. Todas las tardes, cuando oscurecía lo suficiente como para que el equipo perdedor tuviera una excusa para justificar sus malas jugadas, los comanches nos refugiábamos egoístamente en el talento del Jefe para contar cuentos. A esa hora formábamos generalmente un grupo acalorado e irritable, y nos peleábamos en el autobús-a puñetazos o a gritos estridentes-por los asientos más cercanos al Jefe. (El autobús tenía dos filas paralelas de asientos de esterilla. En la fila de la izquierda había tres asientos adicionales -los mejores de todos-que llegaban hasta la altura del conductor.) El Jefe sólo subía al autobús cuando nos habíamos acomodado. A continuación se sentaba a horcajadas en su asiento de conductor, y con su voz de tenor atiplada pero melodiosa nos contaba un nuevo episodio de "El hombre que ríe". Una vez que empezaba su relato, nuestro interés jamás decaía. "El hombre que ríe" era la historia adecuada para un comanche. Hasta había alcanzado dimensiones clásicas. Era un cuento que tendía a desparramarse por todos lados, aunque seguía siendo esencialmente portátil. Uno siempre podía llevárselo a casa y meditar sobre él mientras estaba sentado, por ejemplo, en el agua de la bañera que se iba escurriendo. Único hijo de un acaudalado matrimonio de misioneros, el "hombre que ríe" había sido raptado en su infancia por unos bandidos chinos. Cuando el acaudalado matrimonio se negó (debido a sus convicciones religiosas) a pagar el rescate para la liberación de su hijo, los bandidos, considerablemente agraviados, pusieron la cabecita del niño en un torno de carpintero y dieron varias vueltas hacia la derecha a la manivela correspondiente. La víctima de este singular experimento llegó a la mayoría de edad con una cabeza pelada, en forma de nuez (pacana) y con una cara donde, en vez de boca, exhibía una enorme cavidad ovalada debajo de la nariz. La misma nariz se limitaba a dos fosas nasales obstruidas por la carne. En consecuencia, cuando el "hombre que ríe" respiraba, la abominable siniestra abertura debajo de la nariz se dilataba y contraía (yo la veía así) como una monstruosa ventosa. (El Jefe no explicaba el sistema de respiración del "hombre que ríe" sino que lo demostraba prácticamente.) Los que lo veían por primera vez se desmayaban instantáneamente ante el aspecto de su horrible rostro. Los conocidos le daban la espalda. Curiosamente, los bandidos le permitían estar en su cuartel general-siempre que se tapara la cara con una máscara roja hecha de pétalos de amapola. La máscara no solamente eximía a los bandidos de contemplar la cara de su hijo adoptivo, sino que además los mantenía al tanto de sus andanzas; además, apestaba a opio. Todas las mañanas, en su extrema soledad, el "hombre que ríe" se iba sigilosamente (su andar era suave como el de un gato) al tupido bosque que rodeaba el escondite de los bandidos. Allí se hizo amigo de muchísimos animales: perros, ratones blancos, águilas, leones, boas constrictor, lobos. Además, se quitaba la máscara y les hablaba dulcemente, melodiosamente, en su propia lengua. Ellos no lo consideraban feo. Al Jefe le llevó un par de meses llegar a este punto de la historia. De ahí en adelante los episodios se hicieron cada vez más exóticos, a tono con el gusto de los comanches. El "hombre que ríe" era muy hábil para informarse de lo que pasaba a su alrededor, y en muy poco tiempo pudo conocer los secretos profesionales más importantes de los bandidos. Sin embargo, no los tenía en demasiada estima y no tardó mucho en crear un sistema propio más eficaz. Empezó a trabajar por su cuenta. En pequeña escala, al principio-robando, secuestrando, asesinando sólo cuando era absolutamente necesario-se dedicó a devastar la campiña china. Muy pronto sus ingeniosos procedimientos criminales, junto con su especial afición al juego limpio, le valieron un lugar especialmente destacado en el corazón de los hombres. Curiosamente, sus padres adoptivos (los bandidos que originalmente lo habían empujado al crimen) fueron los últimos en tener conocimiento de sus hazañas. Cuando se enteraron, se pusieron tremendamente celosos. Uno a uno desfilaron una noche ante la cama del "hombre que ríe", creyendo que habían podido dormirlo profundamente con algunas drogas que le habían dado, y con sus machetes apuñalaron repetidas veces el cuerpo que yacía bajo las mantas. Pero la víctima resultó ser la madre del jefe de los bandidos, una de esas personas desagradables y pendencieras. El suceso no hizo más que aumentar la sed de venganza de los bandidos, y finalmente el "hombre que ríe" se vio obligado a encerrar a toda la banda en un mausoleo profundo, pero agradablemente decorado. De cuando en cuando se escapaban y le causaban algunas molestias, pero él no se avenía a matarlos. (El "hombre que ríe" tenía una faceta compasiva que a mí me enloquecía.) Poco después el "hombre que ríe" empezaba a cruzar regularmente la frontera china para ir a París, donde se divertía ostentando su genio conspicuo pero modesto frente a Marcel Dufarge, detective internacionalmente famoso y considerablemente inteligente, pero tísico. Dufarge y su hija (una chica exquisita, aunque con algo de travesti) se convirtieron en los enemigos más encarnizados del "hombre que ríe". Una y otra vez trataron de atraparlo mediante ardides. Nada más que por amor al riesgo, al principio el "hombre que ríe" muchas veces simulaba dejarse engañar, pero luego desaparecía de pronto, sin dejar ni el mínimo rastro de su método para escapar. De vez en cuando enviaba una breve e incisiva nota de despedida por la red de alcantarillas de París, que llegaba sin tardanza a manos de Dufarge. Los Dufarge se pasaban gran parte del tiempo chapoteando en las alcantarillas de París. Muy pronto el "hombre que ríe" consiguió reunir la fortuna personal más grande del mundo. Gran parte de esa fortuna era donada en forma anónima a los monjes de un monasterio local, humildes ascetas que habían dedicado sus vidas a la cría de perros de policía alemanes. El "hombre que ríe" convertía el resto de su fortuna en brillantes que bajaba despreocupadamente a cavernas de esmeralda, en las profundidades del mar Negro. Sus necesidades personales eran pocas. Se alimentaba únicamente de arroz y sangre de águila, en una pequeña casita con un gimnasio y campo de tiro subterráneos, en las tormentosas costas del Tíbet. Con él vivían cuatro compañeros que le eran fieles hasta la muerte: un lobo furtivo llamado Ala Negra, un enano adorable llamado Omba, un gigante mongol llamado Hong, cuya lengua había sido quemada por hombres blancos, y una espléndida chica euroasiática que, debido a su intenso amor por el "hombre que ríe" y a su honda preocupación por su seguridad personal, solía tener una actitud bastante rígida respecto al crimen. El "hombre que ríe" emitía sus órdenes a sus subordinados a través de una máscara de seda negra. Ni siquiera Omba, el enano adorable, había podido ver su cara. No digo que lo vaya a hacer, pero podría pasarme horas llevando al lector-a la fuerza, si fuere necesario-de un lado a otro de la frontera entre París y China. Yo acostumbro a considerar al "hombre que ríe" algo así como a un superdistinguido antepasado mío, una especie de Robert E. Lee, digamos, con todas las virtudes del caso. Y esta ilusión resulta verdaderamente moderada si se la compara con la que abrigaba hacia 1928, cuando me sentía, no solamente descendiente directo del "hombre que ríe", sino además su único heredero viviente. En 1928 ni siquiera era hijo de mis padres, sino un impostor de astucia diabólica, a la espera de que cometieran el mínimo error para descubrir-preferentemente de modo pacífico, aunque podía ser de otro modo-mi verdadera identidad. Para no matar de pena a mi supuesta madre, pensaba emplearla en alguna de mis actividades subrepticias, en algún puesto indefinido, pero de verdadera responsabilidad. Pero lo más importante para mí en 1928 era andar con pies de plomo. Seguir la farsa. Lavarme los dientes. Peinarme. Disimular a toda costa mi risa realmente aterradora. En realidad, yo era el único descendiente legítimo del "hombre que ríe". En el club había veinticinco comanches -veinticinco legítimos herederos del "hombre que ríe"-todos circulando amenazadoramente, de incógnito por la ciudad, elevando a los ascensoristas a la categoría de enemigos potenciales, mascullando complejas pero precisas instrucciones en la oreja de los cocker spaniel, apuntando con el dedo índice, como un fusil, a la cabeza de los profesores de matemáticas. Y esperando, siempre esperando el momento para suscitar el terror y la admiración en el corazón del ciudadano común. Una tarde de febrero, apenas iniciada la temporada de béisbol de los comanches, observé un detalle nuevo en el autobús del Jefe. Encima del espejo retrovisor, sobre el parabrisas, había una foto pequeña, enmarcada, de una chica con toga y birrete académicos. Me pareció que la foto de una chica desentonaba con la exclusiva decoración para hombres del autobús y, sin titubear, le pregunté al Jefe quién era. Al principio fue evasivo, pero al final reconoció que era una muchacha. Le pregunté cómo se llamaba. Su contestación, todavía un poco reticente, fue "Mary Hudson". Le pregunté si trabajaba en el cine o en alguna cosa así. Me dijo que no, que iba al Wellesley College. Agregó, tras larga reflexión, que el Wellesley era una universidad de alta categoría. Le pregunté, entonces, por qué tenía su foto en el autobús. Encogió levemente los hombros, lo bastante como para sugerir-me pareció-que la foto había sido más o menos impuesta por otros. Durante las dos semanas siguientes, la foto-le hubiera sido impuesta al Jefe por la fuerza o no-continuó sobre el parabrisas. No desapareció con los paquetes vacíos de chicles ni con los palitos de caramelos. Pero los comanches nos fuimos acostumbrando a ella. Fue adquiriendo gradualmente la personalidad poco inquietante de un velocímetro. Pero un día que íbamos camino del parque el Jefe detuvo el autobús junto al bordillo de la acera de la Quinta Avenida a la altura de la calle 60, casi un kilómetro más allá de nuestro campo de béisbol. Veinte pasajeros solicitaron inmediatamente una explicación, pero el Jefe se hizo el sordo. En cambio, se limitó a adoptar su posición habitual de narrador y dio comienzo anticipadamente a un nuevo episodio del "hombre que ríe". Pero apenas había empezado cuando alguien golpeó suavemente en la portezuela del autobús. Evidentemente, ese día los reflejos del Jefe estaban en buena forma. Se levantó de un salto, accionó la manecilla de la puerta y en seguida subió al autobús una chica con un abrigo de castor. Así, de pronto, sólo recuerdo haber visto en mi vida a tres muchachas que me impresionaron a primera vista por su gran belleza, una belleza difícil de clasificar. Una fue una chica delgada en un traje de baño negro, que forcejeaba terriblemente para clavar en la arena una sombrilla en Jones Beach, alrededor de 1936. La segunda, esa chica que hacía un viaje de placer por el Caribe, hacia 1939, y que arrojó su encendedor a un delfín. Y la tercera, Mary Hudson, la chica del Jefe. -¿He tardado mucho?-le preguntó, sonriendo. Era como si hubiera preguntado "¿Soy fea?". -¡No!-dijo el Jefe. Con cierta vehemencia, miró a los comanches situados cerca de su asiento y les hizo una seña para que le hicieran sitio. Mary Hudson se sentó entre yo y un chico que se llamaba Edgar "no-sé-qué" y que tenía un tío cuyo mejor amigo era contrabandista de bebidas alcohólicas. Le cedimos todo el espacio del mundo. Entonces el autobús se puso en marcha con un acelerón poco hábil. Los comanches, hasta el último hombre, guardaban silencio. Mientras volvíamos a nuestro lugar de estacionamiento habitual, Mary Hudson se inclinó hacia delante en su asiento e hizo al Jefe un colorido relato de los trenes que había perdido y del tren que no había perdido. Vivía en Douglaston, Long Island. El Jefe estaba muy nervioso. No sólo no lograba participar en la conversación, sino que apenas oía lo que le decía la chica. Recuerdo que el pomo de la palanca de cambios se le quedó en la mano. Cuando bajamos del autobús, Mary Hudson se quedó muy cerca de nosotros. Estoy seguro de que cuando llegamos al campo de béisbol cada rostro de los comanches llevaba una expresión del tipo "hay-chicas-que-no-saben-cuándo-irse-a-casa". Y, para colmo de males, cuando otro comanche y yo lanzábamos al aire una moneda para determinar qué equipo batearía primero, Mary Hudson declaró con entusiasmo que deseaba jugar. La respuesta no pudo ser más cortante. Así como antes los comanches nos habíamos limitado a mirar fijamente su feminidad, ahora la contemplábamos con irritación. Ella nos sonrió. Era algo desconcertante. Luego el Jefe se hizo cargo de la situación, revelando su genio para complicar las cosas, hasta entonces oculto. Llevó aparte a Mary Hudson, lo suficiente como para que los comanches no pudieran oír, y pareció dirigirse a ella en forma solemne y racional. Por fin, Mary Hudson lo interrumpió, y los comanches pudieron oír perfectamente su voz. -¡Yo también-dijo-, yo también quiero jugar! El Jefe meneó la cabeza y volvió a la carga. Señaló hacia el campo, que se veía desigual y borroso. Tomó un bate de tamaño reglamentario y le mostró su peso. -No me importa-dijo Mary Hudson, con toda claridad-. He venido hasta Nueva York para ver al dentista y todo eso, y voy a jugar. El Jefe sacudió la cabeza, pero abandonó la batalla. Se aproximó cautelosamente al campo donde estaban esperando los dos equipos comanches, los Bravos y los Guerreros, y fijó su mirada en mí. Yo era el capitán de los Guerreros. Mencionó el nombre de mi centro, que estaba enfermo en su casa, y sugirió que Mary Hudson ocupara su lugar. Dije que no necesitaba un jugador para el centro del campo. El Jefe dijo que qué mierda era eso de que no necesitaba a nadie que hiciera de centro. Me quedé estupefacto. Era la primera vez que le oía decir una palabrota. Y, lo que aún era peor, observé que Mary Hudson me estaba sonriendo. Para dominarme, cogí una piedra y la arrojé contra un árbol. Nosotros entramos primero. La entrometida fue al centro para la primera tanda. Desde mi posición en la primera base, miraba furtivamente de vez en cuando por encima de mi hombro. Cada vez que lo hacía, Mary Hudson me saludaba alegremente con la cabeza. Llevaba puesto el guante de catcher, por propia iniciativa. Era un espectáculo verdaderamente horrible. Mary Hudson debía ser la novena en batear en el equipo de los Guerreros. Cuando se lo dije, hizo una pequeña mueca y dijo: -Bueno, daos prisa, entonces...-y la verdad es que efectivamente apreciamos darnos prisa. Le tocó batear en la primera tanda. Se quitó el abrigo de castor y el guante de catcher para la ocasión y avanzó hacia su puesto con un vestido marrón oscuro. Cuando le di un bate, preguntó por qué pesaba tanto. El Jefe abandonó su puesto de árbitro detrás del pitcher y se adelantó con impaciencia. Le dijo a Mary Hudson que apoyara la punta del bate en el hombro derecho. "Ya está", dijo ella. Le dijo que no sujetara el bate con demasiada fuerza. "No lo hago" contestó ella. Le dijo que no perdiera de vista la pelota. "No lo haré", dijo ella. "Apártate, ¿quieres?" Con un potente golpe, acertó en la primera pelota que le lanzaron, y la mandó lejos por encima de la cabeza del fielder izquierdo. Estaba bien para un doble corriente, pero ella logró tres sin apresurarse. Cuando me repuse primero de mi sorpresa, después de mi incredulidad, y por último de mi alegría, miré hacia donde se encontraba el Jefe. No parecía estar de pie detrás del pitcher, sino flotando por encima de él. Era un hombre totalmente feliz. Desde su tercera base, Mary Hudson me saludaba agitando la mano. Contesté a su saludo. No habría podido evitarlo, aunque hubiese querido. Además de su maestría con el bate, era una chica que sabía cómo saludar a alguien desde la tercera base. Durante el resto del partido, llegaba a la base cada vez que salía a batear. Por algún motivo parecía odiar la primera base; no había forma de retenerla. Por lo menos tres veces logró robar la segunda base al otro equipo. Su fielding no podía ser peor, pero íbamos ganando tantas carreras que no nos importaba. Creo que hubiera sido mejor si hubiese intentado atrapar las pelotas con cualquier otra cosa que no fuera un guante de catcher. Pero se negaba a sacárselo. Decía que le quedaba mono. Durante un mes, más o menos, jugó al béisbol con los comanches un par de veces por semana (cada vez que tenía una cita con el dentista, al parecer). Unas tardes llegaba a tiempo al autobús y otras no. A veces en el autobús hablaba hasta por los codos, otras veces se limitaba a quedarse sentada, fumando sus cigarrillos Herbert Tareyton (boquilla de corcho). Envolvía en un maravilloso perfume al que estaba junto a ella en el autobús. Un día ventoso de abril, después de recoger, como de costumbre, a sus pasajeros en las calles 109 y Amsterdam, el Jefe dobló por la calle 110 y tomó como siempre por la Quinta Avenida. Pero tenía el pelo peinado y reluciente, llevaba un abrigo en lugar de la chaqueta de cuero y yo supuse lógicamente que Mary Hudson estaba incluida en el programa. Esa presunción se convirtió en certeza cuando pasamos de largo por nuestra entrada habitual al Central Park. El Jefe estacionó el autobús en la esquina a la altura de la calle 60. Después, para matar el tiempo en una forma entretenida para los comanches, se acomodó a horcajadas en su asiento y procedió a narrar otro episodio de "El hombre que ríe". Lo recuerdo con todo detalle y voy a resumirlo. Una adversa serie de circunstancias había hecho que el mejor amigo del "hombre que ríe", el lobo Ala Negra, cayera en una trampa física e intelectual tendida por los Dufarge. Los Dufarge, conociendo los elevados sentimientos de lealtad del "hombre que ríe", le ofrecieron la libertad de Ala Negra a cambio de la suya propia. Con la mejor buena fe del mundo, el "hombre que ríe" aceptó dicha proposición (a veces su genio estaba sujeto a pequeños y misteriosos desfallecimientos). Quedó convenido que el "hombre que ríe" debía encontrarse con los Dufarge a medianoche en un sector determinado del denso bosque que rodea París, y allí, a la luz de la luna, Ala Negra sería puesto en libertad. Pero los Dufarge no tenían la menor intención de liberar a Ala Negra, a quien temían y detestaban. La noche de la transacción ataron a otro lobo en lugar de Ala Negra, tiñéndole primero la pata trasera derecha de blanco níveo, para que se le pareciera. No obstante, había dos cosas con las que los Dufarge no habían contado: el sentimentalismo del "hombre que ríe" y su dominio del idioma de los lobos. En cuanto la hija de Dufarge pudo atarlo a un árbol con alambre de espino, el "hombre que ríe" sintió la necesidad de elevar su bella y melodiosa voz en unas palabras de despedida a su presunto viejo amigo. El lobo sustituto, bajo la luz de la luna, a unos pocos metros de distancia, quedó impresionado por el dominio de su idioma que poseía ese desconocido. Al principio escuchó cortésmente los consejos de último momento personales y profesionales, del "hombre que ríe". Pero a la larga el lobo sustituto comenzó a impacientarse y a cargar su peso primero sobre una pata y después sobre la otra. Bruscamente y con cierta rudeza, interrumpió al "hombre que ríe" informándole en primer lugar de que no se llamaba Ala Oscura, ni Ala Negra, ni Patas Grises ni nada por el estilo, sino Armand, y en segundo lugar que en su vida había estado en China ni tenía la menor intención de ir allí. Lógicamente enfurecido, el "hombre que ríe" se quitó la máscara con la lengua y se enfrentó a los Dufarge con la cara desnuda a la luz de la luna. Mademoiselle Dufarge se desmayó. Su padre tuvo más suerte; casualmente en ese momento le dio un ataque de tos y así se libró del mortífero descubrimiento. Cuando se le pasó el ataque y vio a su hija tendida en el suelo iluminado por la luna, Dufarge ató cabos. Se tapó los ojos con la mano y descargó su pistola hacia donde se oía la respiración pesada, silbante, del "hombre que ríe". Así terminaba el episodio. El Jefe se sacó del bolsillo el reloj Ingersoll de un dólar lo miró y después dio vuelta en su asiento y puso en marcha el motor. Miré mi reloj. Eran casi las cuatro y media. Cuando el autobús se puso en marcha, le pregunté al Jefe si no iba a esperar a Mary Hudson. No me contestó, y antes de que pudiera repetir la pregunta, inclinó su cabeza para atrás y, dirigiéndose a todos nosotros, dijo: -A ver si hay más silencio en este maldito autobús. Lo menos que podía decirse era que la orden resultaba totalmente ilógica. El autobús había estado, y estaba, completamente silencioso. Casi todos pensábamos en la situación en que había quedado el "hombre que ríe". No es que nos preocupáramos por él (le teníamos demasiada confianza como para eso), pero nunca habíamos llegado a tomar con calma sus momentos de peligro. En la tercera o cuarta entrada de nuestro partido de esa tarde, vi a Mary Hudson desde la primera base. Estaba sentada en un banco a unos setenta metros a mi izquierda, hecha un sandwich entre dos niñeras con cochecitos de niño. Llevaba su abrigo de castor, fumaba un cigarrillo y daba la impresión de estar mirando en dirección a nuestro campo. Me emocioné con mi descubrimiento y le grité la información al Jefe, que se hallaba detrás del pitcher. Se me acercó apresuradamente, sin llegar a correr. -¿Dónde?-preguntó. Volví a señalar con el dedo. Miró un segundo en esa dirección, después dijo que volvía en seguida y salió del campo. Se alejó lentamente, abriéndose el abrigo y metiendo las manos en los bolsillos del pantalón. Me senté en la primera base y observé. Cuando el Jefe alcanzó a Mary Hudson, su abrigo estaba abrochado nuevamente y las manos colgaban a los lados. Estuvo de pie frente a ella unos cinco minutos, al parecer hablándole. Después Mary Hudson se incorporó y los dos caminaron hacia el campo de béisbol. No hablaron ni se miraron. Cuando estuvieron en el campo, el Jefe ocupó su posición detrás del pitcher. -¿Ella no va a jugar?-le grité. Me dijo que cerrara el pico. Me callé la boca y contemplé a Mary Hudson. Caminó lentamente por detrás de la base, con las manos en los bolsillos de su abrigo de castor, y por último se sentó en un banquillo mal situado cerca de la tercera base. Encendió otro cigarrillo y cruzó las piernas. Cuando los Guerreros estaban bateando, me acerqué a su asiento y le pregunté si le gustaría jugar en el ala izquierda. Dijo que no con la cabeza. Le pregunté si estaba resfriada. Otra vez negó con la cabeza. Le dije que no tenía a nadie que jugara en el ala izquierda. Que tenía al mismo muchacho jugando en el centro y en el ala izquierda. Toda esta información no encontró eco. Arrojé mi guante al aire, tratando de que aterrizara sobre mi cabeza, pero cayó en un charco de barro. Lo limpié en los pantalones y le pregunté a Mary Hudson si quería venir a mi casa a comer alguna vez. Le dije que el Jefe iba con frecuencia. -Déjame-dijo-. Por favor, déjame. La miré sorprendido, luego me fui caminando hacia el banco de los Guerreros, sacando entretanto una mandarina del bolsillo y arrojándola al aire. Más o menos a la mitad de la línea de foul de la tercera base, giré en redondo y empecé a caminar hacia atrás, contemplando a Mary Hudson y atrapando la mandarina. No tenía idea de lo que pasaba entre el Jefe y Mary Hudson (y aún no la tengo, salvo de una manera muy somera, intuitiva), pero no podía ser mayor mi certeza de que Mary Hudson había abandonado el equipo comanche para siempre. Era el tipo de certeza total, por independiente que fuera de la suma de sus factores, que hacía especialmente arriesgado caminar hacia atrás, y de pronto choqué de lleno con un cochecito de niño. Después de una entrada más, la luz era mala para jugar. Suspendimos el partido y empezamos a recoger todos nuestros bártulos. La última vez que vi con claridad a Mary Hudson estaba llorando cerca de la tercera base. El Jefe la había tomado de la manga de su abrigo de castor, pero ella lo esquivaba. Abandonó el campo y empezó a correr por el caminito de cemento y siguió corriendo hasta que se perdió de vista. El Jefe no intentó seguirla. Se limitó a permanecer de pie, mirándola mientras desaparecía. Luego se volvió caminó hasta la base y recogió los dos bates; siempre dejábamos que él llevara las bates. Me acerqué y le pregunté si él y Mary Hudson se habían peleado. Me dijo que me metiera la camisa dentro del pantalón. Como siempre, todos los comanches corrimos los últimos metros hasta el autobús estacionado gritando, empujándonos, probando llaves de lucha libre, aunque todos muy conscientes de que había llegado la hora de otro capítulo de "El hombre que ríe". Cruzando la Quinta Avenida a la carrera, alguien dejó caer un jersey y yo tropecé con él y me caí de bruces. Llegué al autobús cuando ya estaban ocupados los mejores asientos y tuve que sentarme en el centro. Fastidiado, le di al chico que estaba a mi derecha un codazo en las costillas y luego me volví para ver al Jefe, que cruzaba la Quinta Avenida. Todavía no había oscurecido, pero había esa penumbra de las cinco y cuarto. El Jefe atravesó la calle con el cuello del abrigo levantado y los bates debajo del brazo izquierdo, concentrado en el cruce de la calle. Su pelo negro peinado con agua al comienzo del día, ahora se había secado y el viento lo arremolinaba. Recuerdo haber deseado que el Jefe tuviera guantes. El autobús, como de costumbre, estaba silencioso cuando él subió, por lo menos relativamente silencioso, como un teatro cuando van apagándose las luces de la sala. Las conversaciones se extinguieron en un rápido susurro o se cortaron de raíz. Sin embargo, lo primero que nos dijo el Jefe fue: -Bueno, basta de ruido, o no hay cuento. Instantáneamente, el autobús fue invadido por un silencio incondicional, que no le dejó otra alternativa que ocupar su acostumbrada posición de narrador. Entonces sacó un pañuelo y se sonó la nariz, metódicamente, un lado cada vez. Lo observamos con paciencia y hasta con cierto interés de espectador. Cuando terminó con el pañuelo, lo plegó cuidadosamente en cuatro y volvió a guardarlo en el bolsillo. Después nos contó el nuevo episodio de "El hombre que ríe". En total, sólo duró cinco minutos. Cuatro de las balas de Dufarge alcanzaron al "hombre que ríe", dos de ellas en el corazón. Dufarge, que aún se tapaba los ojos con la mano para no verle la cara, se alegró mucho cuando oyó un extraño gemido agónico que salía de su víctima. Con el maligno corazón latiéndole fuerte corrió junto a su hija y la reanimó. Los dos, llenos de regocijo y con el coraje de los cobardes, se atrevieron entonces a contemplar el rostro del "hombre que ríe". Su cabeza estaba caída como la de un muerto, inclinada sobre su pecho ensangrentado. Lentamente, con avidez, padre e hija avanzaron para inspeccionar su obra. Pero los esperaba una sorpresa enorme. El "hombre que ríe", lejos de estar muerto, contraía de un modo secreto los músculos de su abdomen. Cuando los Dufarge se acercaron lo suficiente, alzó de pronto la cabeza, lanzó una carcajada terrible, y, con limpieza y hasta con minucia, regurgitó las cuatro balas. El efecto de esta hazaña sobre los Dufarge fue tan grande que sus corazones estallaron, y cayeron muertos a los pies del "hombre que ríe". (De todos modos, si el capítulo iba a ser corto, podría haber terminado ahí. Los comanches se las podían haber ingeniado para racionalizar la muerte de los Dufarge. Pero no terminó ahí.) Pasaban los días y el "hombre que ríe" seguía atado al árbol con el alambre de espinos mientras a sus pies los Dufarge se descomponían lentamente. Sangrando profusamente y sin su dosis de sangre de águila, nunca se había visto tan cerca de la muerte. Hasta que un día, con voz ronca, pero elocuente, pidió ayuda a los animales del bosque. Les ordenó que trajeran a Omba, el enano amoroso. Y así lo hicieron. Pero el viaje de ida y vuelta por la frontera entre París y la China era largo, y cuando Omba llegó con un equipo medico y una provisión de sangre de águila el "hombre que ríe" ya había entrado en coma. El primer gesto piadoso de Omba fue recuperar la máscara de su amo, que había ido a parar sobre el torso cubierto de gusanos de Mademoiselle Dufarge. La colocó respetuosamente sobre las horribles facciones y procedió a curar las heridas. Cuando al fin se abrieron los pequeños ojos del "hombre que ríe", Omba acercó afanosamente el vaso de sangre de águila hasta la máscara. Pero el "hombre que ríe" no quiso beberla. En cambio, pronunció débilmente el nombre de su querido Ala Negra. Omba inclinó su cabeza levemente contorsionada y reveló a su amo que los Dufarge habían matado a Ala Negra. Un último suspiro de pena, extraño y desgarrador, partió del pecho del "hombre que ríe". Extendió débilmente la mano, tomó el vaso de sangre de águila y lo hizo añicos en su puño. La poca sangre que le quedaba corrió por su muñeca. Ordenó a Omba que mirara hacia otro lado y Omba, sollozando, obedeció. El último gesto del "hombre que ríe", antes de hundir su cara en el suelo ensangrentado, fue el de arrancarse la máscara. Ahí terminó el cuento, por supuesto. (Nunca habría de repetirse.) El Jefe puso en marcha el autobús. Frente a mí al otro lado del pasillo, Billy Walsh, el más pequeño de los comanches, se echó a llorar. Nadie le dijo que se callara. En cuanto a mí, recuerdo que me temblaban las rodillas. Unos minutos más tarde, cuando bajé del autobús del Jefe, lo primero que vi fue un trozo de papel rojo que el viento agitaba contra la base de un farol de la calle. Parecía una máscara de pétalos de amapola. Llegué a casa con los dientes castañeteándome convulsivamente, y me dijeron que me fuera derecho a la cama. |
Foto: Colección Onano por Francisco Ferreiro
Acerca de J.D. Salinger:
A un año de la muerte de Salinger, biografía recrea su paso por la guerra
por Andrés Gómez
| J. D. SALINGER (1919-2010) J. D. (Jerome David) Salinger nació el 1 de enero de 1919 en Manhattan, Nueva York (Estados Unidos), hijo de Marie Jilich, una mujer católica de origen irlandés, y de Sol Salinger, un polaco de religión judía que había emigrado a los Estados Unidos para dedicarse con éxito a la venta de productos alimenticios. Estudiante poco brillante, desde su adolescencia se dedicó a escribir relatos. Salinger, llamado Sonny y Jerry cuando era un niño, acudió durante dos años a la academia militar Valley Forge de Pennsylvania. Tras pasar brevemente y sin éxito por varias universidades, entre ellas las Columbia, Ursinus y Nueva York, intervino en la Segunda Guerra Mundial, llegando a ser graduado como sargento y a participar en el desembarco de Normandía. |
En 1945 se casó con una doctora francesa llamada Sylvia. Un año después la pareja se divorció.
| Con “El Guardián Entre El Centeno” (1951), novela de tono cínico que criticaba con acidez el mundo hipócrita de los adultos desde la perspectiva de un sarcástico y rebelde adolescente llamado Holden Caulfield, Salinger fue recibido con entusiasmo por la crítica, siendo el libro, censurado en algunos lugares, una de las obras favoritas de los universitarios del período. Dos años después apareció el libro de relatos “Nueve Cuentos” (1953). Salinger, un hombre tímido y solitario, poco amigo de la fama, rechazaba conceder entrevistas, ser fotografiado y permaneció recluido gran parte de su existencia en Cornish, New Hampshire. En 1955 se casó con Claire Douglas, hija del crítico de arte Robert Langdon Douglas, con quien tuvo a su hija Margaret y a su hijo Matt, quien se convertió en actor de cine. A comienzos de los años 60 publicó varios libros con el protagonismo de la familia Glass, como “Franny y Zooey” (1961), “Levantad Carpinteros La Viga Maestra” (1963) y “Seymour: Una Introducción” (1963). |
Su tercera esposa es una enfermera llamada Colleen.
Ian Hamilton publicó una biografía en 1988 pero Salinger consiguió tras demandarlo que fuese retirada de las librerías. Más tarde otros autores, como Joyce Maynard, que fue amante de Salinger, y Paul Alexander, también editaron libros sobre su vida.
A finales de los años 90 J. D. Salinger publicó de manera sorprendente un nuevo volumen, “Hapsworth 16, 1924” (1997), libro que cosechó críticas negativas y que volvía a incidir en la familia Glass.
Su hija Margaret escribió una biografía sobre su padre titulada “El Guardián De Los Sueños” (2000).
J. D. Salinger falleció el 27 de enero del año 2010. Tenía 91 años.
Leer sus citas y frases
Guía de sus adaptaciones cinematográficas
Comentarios de libros
El Guardián Entre El Centeno
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