Un sillón de terciopelo verde, un hombre que lee una novela, un ventanal que da al bosque de robles, una amenaza, un relato dentro de otro que se multiplica hasta el infinito. Nos pareció una buena metáfora, un buen nombre para un taller de lectura. Además de un homenaje a Cortázar y a su magnifico cuento "Continuidad de los parques". Así que recostémonos en este cómodo sillón y comencemos nuestra tarea placentera libro en mano.

Un cuento de Carlos Fuentes

Pantera en jazz


Carlos Fuentes                                                                           Cuentos sobrenaturales



When Joshua fit the battle of Jericho



El hombre tiene que apresurarse si quiere checar al filo de las nueve. Este día, en especial, despierta amodorrado, se baña y ya ha resuelto su desayuno. Hay tres  piezas  en  su  apartamento:  la  estancia  con  un  sofá  color  limón  donde duerme,   un   anaquel   repleto   de   novelas   a   la   rústica   (lujo   de   collegeboy norteamericano),  la  alfombra  de  hebras  arrastrándose  inerte  hasta  el  otro extremo, donde está la puerta, junto a un pequeño escritorio hosco, y dos o tres sillas chippendeleznables. Reproducciones nítidas y policromas se ahorcan en la pared:  cuadritos  de  marcos  losados  con  hojas  de  indian  summer  y  frutas acogolladas. El otro cuarto es la cocina, pulida y reluciente, blanca de porcelana y aluminio, con platos holandeses suspensos al mosaico blanco. La estufa y la nevera.  Y  la  última  pieza  es  el  baño,  herméticamente  cerrado  por  una  puerta verde con la manija de cobre.
Hoy, el hombre lee el diario al mismo tiempo que escucha un gruñido tras la   puerta   del   baño.   Los   encabezados   anuncian   atrevidamente,   con   tintas oscuras: una pantera negra se ha escapado del zoológico; todos los ciudadanos, según  parece  (y se recomienda), deben ponerse en guardia contra esta salvaje pantera; puede estar en cualquier parte: sí, allí, junto a usted.
El rugir en el baño se repite. Pero el hombre ya se ha lavado los dientes y son las ocho y media. Todo lo que puede hacer es correr fuera del local.



Bingo bango bongo I don’t want to leave the Congo



(La oficina pedaleaba un fandango espontáneo y crujiente de apuntadores Remington  y  escenario  de  cemento  y  vidrio.  Tronaban  puertas  y  abofeteaban máquinas, mascaban chicle y bebían agua en endebles copitas de papel y daban órdenes y las recibían y estornudaban y pedían permiso y bajaban las persianas y las volvían a subir y leían novelas de crimen (¿quién lo hizo?) escondidas tras de un parapeto de papel amarillo e importante y suspiraban y cuchicheaban y comían  sandwiches  de  jamón  y  pieles  y  gorgoteaban  botellas  efervescentes  y



bajaban  las  persianas  otra  vez  y  tictaqueaban  un  poco  y  siesteaban  otro  y  se arreglaban  las  medias  y  regían  las  corbatas  y  salían  a  la  avenida  zumbante llenos de espíritu y felices de estar  ocupados, de trabajar, de poseer escritorio propio.)



For sentimental reasons.



El  hombre  tiene  cierta  aversión  hacia  «casa»  esta  noche.  Entra  a  un  bar  y  ahí encuentra  a  una  divorciada  eufórica  y  cuarentona  que  conoce:  una  estola  de mink colgándole de un hombro, olor a jacinto bravo y la expresión nerviosa de tic  en  su  boca  violeta.  Ella  le  cuenta  la  saga  heroica  del  número  tres  y  cómo dormía  con  una  tabla  entre  los  dos  en  el  lecho  tibio  y  cómo  lo  divorció  (a quicky, too) por crueldad mental y, claro, la crueldad no fue mental sino glútea cuando  una  noche  se  rasgó  (ella,  claro)  el  negligeé  y  el  cutis  con  un  clavo  al estar  soñando  en  este  o  aquel  astro  de  cine  e  indemnización  y  alimentos  y habeas corpus tu abuela, iiiiiiii, y qué iba a hacer todo solito esta noche, y otra vuelta, Gus, y iiiiiiiii.
Entonces llegan al apartamento y la mujer  se derrumba de golpe sobre el sofá  cama,  y  empieza  a  cantar  villancicos  mientras  él  mezcla  un  coctel  y  las luces  de  la  calle  se  filtran  de  cebra  al  cielo  raso.  Entonces  ella  escucha  un gruñido.



Lookie lookie lookie here comes cookie



Se levanta y dice que ya está oyendo cosas y más le valdría irse a casita. Pero él no la deja, después de venir todo el camino hasta acá, y ella fue la de la idea, además.  Pero  la  mujer  dice  que  siente  el  rugir  otra  vez  y  su  maquillaje  se empieza a arrugar; él le dice que está borracha, y ella lo vuelve a escuchar como una clarinada y decide abrir la puerta y ver con sus propios ojos. El hombre se abalanza frente a ella, la cachetea y la empuja a la puerta de salida. Tira detrás de la mujer el mink viejo y avienta la puerta a su marco. Piensa: qué limpio y brilloso estaba el lugar  (el desenfado de los ingleses) y cómo esta mujer lo ha rociado  de  colillas  agonizantes  embarradas  de  morado.  Aquí sintió el padpad de unas patas acojinadas en la puerta del baño y empezó a discurrir en torno a la  posibilidad:  algo  o  alguien  está  en  mi  baño.  ¿Cómo  puede  algo  o  alguien introducirse en mi baño? Este lugar era tan seguro, pagaba un poco más de lo normal por él, y estaba situado en el barrio más selecto: por lo menos eso era lo que él pensaba y lo que el anuncio —el anuncio— decía. De manera que si algo, o alguien, estaba en su cuarto de baño —destruyendo sus lociones, babeando su pasta dental - no habia seguridad; el aviso del
periódico  mentía;  no  hay, seguridad, y lo único que él anhelaba después de un día de trabajo era confort, confort  y  seguridad,  y  no  un  baño  lleno  de  bichos  molestos  y  ruidosos  y  sin respeto alguno hacia la vida privada de los ciudadanos.
Pero antes de arriesgarse con el dueño, tiene que pensar un poco: el ruido en el baño. No hay manera de entrar ahí, como no sea llegando por la puerta principal.  No  hay  ventanas  en  el  baño.  La  cosa  necesita  haber  entrado  por  la planta  baja,  subido  las  escaleras,  abierto  la  puerta  del  apartamento.  Debe haberse  arrastrado  por  la  sala  hasta  llegar  a  la  puerta  del  baño;  la  abrió,  se introdujo en el cuartito y cerró la puerta. Pero entonces él estaba en su regadera alrededor  de  las  siete  cuarenta  y  cinco,  lo  cual  significaba  que  la  cosa  no  se había colado durante la noche, lo natural; en consecuencia, debe suponerse que entró mientras el hombre preparaba el desayuno, en la cocina. Ésta era la única explicación posible, la única explicación posible, la única explicación posible.
Se embute hipnotizado entre las sábanas frías y trata de olvidar el asunto. No osa imaginarse a la pantera. En el curso de la noche, sin embargo, escucha una  garra  de  terciopelo  arañar  la  puerta  pintada  —¡recién  pintada!—  y  siente horrible  imaginándose  a  un  ser  desconocido  que  destruye  su  habitación,  tan arreglada,  y  siente  miedo  de  siquiera  pensar  en  la  cosa  tirada  ahí.  Y  aunque tolera esta tortura, nunca puede, nunca podrá, abrir la puerta fresca y pintada del baño.
(La mañana siguiente se lavó en la cocina y desayunó en un restorán. No podía concentrarse —o alguna postura para los subordinados— en la oficina, y todo el día clavó la mirada en el papel blanco ensartado en la máquina mientras los demás clavaban su mirada en él. Se fue temprano a casa arguyendo dolor de algo  y  se  sentó  en  el  couch  aguardando  cualquier  rumor  de  la  cueva  del mosaico.   Sentado en  el filo de la cama amarilla escuchó las pisadas intermitentes en la escalera y los murmullos y chillidos de la   calle,  pero  el cuarto  cerrado  permaneció  silente.  Alguien  —una  niñita—  empezó  a  tocar escalas y cancioncillas, sin orden, con la voz de una ratita, en el piso de bajo, y el hombre se durmió.)

My heart belongs to daddy

No  ha  pasado  una  quincena  desde  la  primera  señal  de  la  pantera  cuando  el hombre presenta su renuncia en la oficina y penetra los óvulos de laberinto seda del  bar  rococó.  Bajo  un  plafón  de  fibracel  encuentra  a  su  vieja  amiga,  la divorciada,  sorbiendo  martinis  acompañada  por  un  calvo  obeso.  ¡Ahí  está, vocifera ella, el toughguy, el que patea damas y las lanza solas a los callejones oscuros y solitarios, y empieza a ronronear como un gato y tiene su piso lleno de  olores  raros  y  ruidos  feos!  ¡Ahora  es  cuando  lo  deberían  correr  a  él,  a patadas, que se largue a roncar como micifuz debajo de su
mueblote amarillo!
¡Y no te quedes así, Billy, pégale, él me pegó también, ahora vuelve todo, antes no  me...  él  también  me  pegó,  así,  con  el  puño  cerrado,  pazzzz!  ¡Ah,  no  vas  a hacer  nada,  pues  aquí  tienen  hombrotes  grandes  que  rebotan  borrachos  y ladrones, y a los que maltratan señoras y después quieren robarles la bolsa: hey, bótenlo,  córranlo,  quiso  robarme  la  cartera!  ¡Cóoorranlo!...  ¿Qué  no  es  este  el tipo  que  corrieron  hoy  de  la  oficina?...  ¡Ése  es,  lo  largan  de  todas  partes, pateando  y  golpeando  señoras,  y  estafando  y  robando  y  con  su  casa  llena  de diosabequé!...  ¡vago,  desocupado,  peinaplayas!...  Entonces  cae  de  cara  contra  la acera  helada  y  se  sueña  corriendo  mientras  todos  los  porteros  y  choferes  lo observan sonrientes, y deja su sombrero en una alcantarilla.

Animal crackers in my soup

(El hombre no podía abrir la puerta) y los gemidos y el gruñir son cada día más penetrantes. No puede encontrar una salida. No hay adonde ir, huyendo de este monstruo  invisible.  Sólo  queda  el  apartamento  sucio,  y  se  abraza  a  la  pared junto a la puerta del baño y siente el corazón latir y la cabeza nadar mientras los arañazos truenan en sus orejas empapadas de sangre, martillean allí, sin piedad. Ningún lugar, ni bar, ni oficina. Nada, sólo la niñita tocando escalas y cantando rimas un piso abajo. El hombre corre temblando fuera de su habitación, toca el timbre  cacofónico  y  el  piano  se  detiene  monótonamente,  sin  la  conciencia  de una  rúbrica;  la  niñita  abre  la  puerta.  ¿Hay  alguien  con  ella?  No,  está  sola cuidando la casa mientras su mamá juega bridge pero pronto estará de vuelta así que llama otra vez ella tiene que practicar. El hombre le ofrece unos dulces que  no  están  allí.  La  niñita  lo  empieza  a  mirar  con  sospecha.  Él  la  agarra  del brazo,  le  tapa  la  boca  sofocada  y  sale  con  la  niña  del  vestido  almidonado prendida  a  su  pecho,  sube  las  escaleras  y  cierra  de  un  portazo.  Rápidamente abre la puerta del baño y empuja con todas sus fuerzas a la muñeca blanda.
Se taponea los oídos para no escuchar los chillidos destemplados, para no escuchar los gruñidos, y la boca babeante y lengüeteante.
¡El  animal,  la  pantera  aterciopelada  ¿de  ojos  verdes?,  estaba  ahí!  Da  dos vueltas a la llave y sale tiritando a las calles y se queda en ellas toda la noche, vagando.  ¿Cómo  puede  la  pantera  vivir  sin  comer,  nada  más  bebiendo  del excusado?  Ahora,  en  vez  de  dejarla  morir  de  hambre,  le  ha  ofrendado  a  la muchachita rosa regada de listones azules. Cuando amanece, va al carpintero y lo lleva a clavetear la puerta del baño. Llegan juntos al apartamento y cuando el carpintero se hinca a clavar las tablas, recarga su mano en el suelo y la moja en un  hilo  pegajoso  y  carmín.  Se  lo  dice  al  hombre.  Éste  tiembla  e  insulta  al carpintero, que se largue del lugar. Cae sollozando junto a la pared cuarteada de telaraña y ampollas y se levanta ciego a la cocina para convertir los platos y

la porcelana en polvo blanco. Otra vez, se embarra a la pared gris junto al baño. Ya  no  se  escuchan  los  lamentos  de  la  pantera:  ahora  está  llena  y  contenta, mientras  la  sangre  riega  el  tapete.  Él  encontró  petróleo  y  empezó  a  tallar  la mancha de la alfombra hasta traspasarle un hoyo.
Oía movimiento y conmoción en el piso de abajo: sería la madre gritando a los  vecinos,  o  la  policía  buscando  a  la  niña.  Él  arañaba  el  muro  arrugado, mientras la sangre seguía corriendo desde el azulejo empapado del baño.
Entonces  olfateó  un  sueño  hediondo  y  escuchó  el  gemido  del  animal, temblando  sigilosamente  mientras  toda  aquella  existencia  enervante  rondaba con su fetidez enjaulada hasta el último poro de hombre o mueble. Nada podía ocurrir,  sólo  que  él,  el  hombre,  se  tornara  en  bestia  también,  bestia  capaz  de cohabitar con la otra, siempre invisible, bestia en el baño.

And the walls come tumblin’ down

Cuando  la  luna  nadó  a  través  de  los  cristales,  el  hombre  despertó.  Estaba sentado en el suelo, cerca del charco de sangre. La pantera hambrienta comenzó a  lamentarse  de  nuevo  y  a  rondar  y  a  rugir  alrededor  del  baño.  Entonces  el hombre  arañó  la  pared,  arañó  su  cuerpo  y  sintió  su  brazo  desnudo  grueso  y aterciopelado y sus uñas convirtiéndose en garras de clavo y algo como caucho ardiente  tostando  su  nariz  y  todo  su  cuerpo  un  torso  desnudo,  trémulo  y peludo,  y  sus  piernas  acortándose  al  reptar  sobre  el  tapete  para  arañar  las almohadas  y  destrozarlas  y  entonces  esperar  y  esperar  mientras,  sin  duda, pisadas cautelosas ascendían la escalera con el propósito de tocar en su puerta.

Consigna: Investigar los intertextos en inglés

Acerca de Clarice Lispector

Hemos disfrutado en el taller de algunos cuentos de Clarice Lispector, para los que quieran aventurarse en su novela, les presento este excelente artículo de Florencia González, que es una invitación al universo literario de Clarice.

 La pasión, la palabra

Leer a Clarice Lispector es como desembrollar un ovillo. Al principio, la madeja de su lenguaje es simple, acentuado por su recalcitrante subjetividad que nos transporta a un mundo cerrado y demasiado propio. Pero, lentamente, como atravesando un viaje largo, sus palabras se instalan de una manera novedosa, nos envuelven y conducen por un camino que se torna nuevo. Deseamos compartir el viaje, vaciar esas palabras, exprimirlas hasta desconocerlas.

La historia de La pasión según GH es simple: una escultora de clase alta que vive en un edificio de departamentos de Río de Janeiro y resuelve arreglar el cuarto de la criada que se fue. Al arreglar el cuarto de servicio, intenta dar forma a su casa, transformarla en un espacio más que tenga su sello, el estilo GH. La decisión de ir a ese alejado cuarto, está alentada en la creencia de que será el lugar más sucio de su departamento pero la habitación es clara, limpia y luminosa. Incluso en unas de sus paredes encuentra pintado un mural con una pareja y un perro, cuyas miradas le resultan desafiantes y en donde cree ver una dedicatoria hacia su persona, su clase social y hasta a la fatuidad de su arte. Ante esta experiencia desmitificadora llega a una esencial: al abrir la puerta del placard se ve frente a una cucaracha. Este encuentro le provoca un asco fuerte, abominable, pero es a la vez el motivador de una ancha y difícil evaluación de su propia existencia que siempre sintió tan resguardada, tan acomodada tomando un café en su piso carioca. El encuentro con la cucaracha es un momento de iluminación para regresar a un estadio primitivo, salvaje, y por ello, quizá, más feliz. G.H. pasará a experimentar el sabor del insecto, como una manera de sellar una comunión de vida aunque sea una cucaracha – último bastión insoportable de vida citadina - como una manera de rara antropofagia. En ese momento antecede a la revelación, la epifanía, donde le resulta tan bellamente dolorosa la sensación de fragilidad de la condición humana. Esa náusea que se siente por algo vivo, es la vida. La mujer y la cucaracha, esas dos especies arcaicas, se reflejan mutuamente en lo que tienen de joyas raras, ornamentos lujosos en esta civilización de lo inútil como escombros vivientes de la civilización.

La novela es como un tratado de ontología escrito en estado de trance y la anécdota, que podría ser leído como un diario de viaje, resulta el proceso de transformación de la protagonista. Cuando GH descubre a la cucaracha, redescubre “su infancia pobre, con goteras, cucarachas… era como mi pasado prehistórico, yo había vivido con los primeros animales del planeta”. Y enfrenta a la cucaracha “Yo miré a la cucaracha viva y descubrí mi propia humanidad”. Mundo de lo humano y lo animal se funden en un contacto con la naturaleza viviente que pone en cuestión todo los órdenes, aún la norma lingüística. Cuando Deleuze define a la obra de arte como un bloque de sensaciones, un compuesto de preceptos y de afectos que conserva y desbordan las percepciones que se tienen de los objetos y las afecciones de quienes lo experimentan, para hablar de la cucaracha de Clarice. El efecto es el devenir no humano de GH, que no es imitación de un animal, vegetal o quién sabe qué, sino que es contigüidad, una zona de indeterminación donde sólo el arte, en su empresa de creación, puede entrar. “Perdí durante horas mi montaje humano”, dice GH, sabiendo que, si se pierde, es para encontrarse con lo desconocido y “encuadrar la monstruosa carne infinita”.

El recorrido es también un camino de mutua seducción “la cucaracha es pura seducción. Pestañas, pestañas que llaman. Yo también tenía millones de ojos pestañando, yo, protozoaira, proteína pura”. Y le dice a su interlocutor amoroso o lector imaginario “La vida, mi amor, es una gran seducción, donde todo lo que existe seduce”.

Lo que la novela revela es como una realidad supuestamente preconcebida y estereotipada que pasa a ser desmontado. Así como el cuarto supuestamente oscuro también es luminoso, el lenguaje tiene apariencia codificada, pre fabricada, revela posibilidades de innovación y refuerzo de sentido.

Tal vez sea más fácil de aceptar el absurdo de la kafkiana metamorfosis del hombre al insecto que el grotesco de esa necesaria crueldad existencial, la de la mujer que come una masa blanca del interior de una cucaracha.


La Pasión según GH se publicó en 1964 y la crítica la tildó de “una experiencia sobre los límites" – relativo a la novela - “y al misterio” –adjudicándolo ya no sólo a su literatura sino también a la escritora –. Límites del lenguaje, de la literatura, de lo humano. La gramática, por ejemplo, no alcanza para expresar lo que GH siente que “la vida me es” o “nada me existe”. Bordes.

Clarice Lispector murió en Río de Janeiro a los 56 años de un cáncer, a los pocos días de publicar su última novela, La hora de la estrella. La pasión según G.H. es para muchos su obra maestra, incluso para Clarice.

Cuando los primeros libros de Lispector empezaron a circular, la crítica de su país se limitó a espetar un abanico de lugares comunes, de esos que vienen prefabricados pero que, leídos con cierta atención, dicen mucho del estado de una literatura. Lispector abre una puerta inmensa para la literatura; un puerta que paradójicamente, era muy difícil de abrir. Clarice es de esos escritores que inventan una literatura, un nuevo lenguaje y que se consagran por la audacia de sus textos, como una invitación a ser pasajeros privilegiados de ese viaje que se propone.

Editorial Cuenco del Plata desde el 2010, re edita en español parte de su obra principal después de muchos años de que estuvieran agotadas las anteriores publicaciones.


Descubriendo narradoras: - Julieta Campos - Reseña y fragmentos

Julieta Campos, escritora que nació en Cuba y residió en México desde 1955 hasta su muerte en 2007, fue doctora en Filosofía y Letras y traductora. Su produc-ción crítica en La imagen en el espejo, Oficio de leer y Función de la novela. Su obra narrativa: Muerte por agua o los gatos, Tiene los cabellos rojizos y se llama Sabina (premio Xavier Villaurrutia, 1974) la sitúa co-mo uno de los representantes del nouveau román entre los hispanoamericanos, ya que la palabra, en sus textos líricos y eminentemente intelectuales, es un objeto válido por sí mismo y no de comunicación.

Fragmentos de tres de sus novelas

MUERTE POR AGUA∗


Después de llover, de repente salía el sol al mediodía. Los contornos de las casas, de los árboles, las torres y las cúpulas más altas se dibujaban en la reverberación de esa luz. Un vaho, que alteraba los ritmos de la respiración, subía del asfalto de las calles. La gente caminaba como si cada cual llevara todo el sol en la espalda. Había poca gente en la calle. Las aceras se volvían muy largas, interminables e inútiles, desiertas, aplastadas fatigosamente por la luz, por el calor. La luz derretía los colores y la ciudad confundía y mezclaba sus aristas a la vez que se separaba del mar, se sumergía en las estrías de los reflejos solares, se levantaba un poco del suelo y se quedaba allí suspendida, entre el vaho y el sol. Nadie recibía los golpes de frescura, las bocanadas de aire que salían de los zaguanes. Nadie se acercaba a los círculos de sombra que hacían los árboles, tan escasos, de las avenidas. La ciudad se aletargaba. Se olvidaba de sí misma, se borraba, se desvanecía. Se aplastaba como un insecto de muchos colores, muerto y recubierto por un tenue polvillo amarillo. No había huellas de humedad, ni traza de la lluvia que había rebosado las azoteas, los patios y las calles. Se habían tragado toda el agua y volvían a estar resecos, a la expectativa. El mar, reducido a su ámbito, era un gran estanque que se ondulaba apenas, de cuando en cuando. La ciudad caldeada, ardiente, no era más que una ciudad irreal, la ciudad imaginada de un espejismo.

—Hay que comer antes de que se enfríe. Después no es lo mismo.
—Y además se hace tarde. Se me hace tarde.
— ¿Te sirvo?
—Sí. Prefiero. Ya sabes…
…Suspendidas. Así se quedan suspendidas. Como unos aritos de latón en la cabeza. Aunque a mí no me parece haber dicho nada. A lo mejor yo no tengo mi arito. Tomar la sopa sin hacer ruido. Sorberla despacito. ¡Es difícil! Como si en cualquier momento el Espíritu Santo… Y ya no serían aros sino lengüitas de fuego. Delante de mi frente. Y de la tuya. Y de la tuya. ¡A quién se le ocurre! A mí se me ocurre. Los tres modestamente. Esperando la gracia. Esperando el primer plato. Y algo más que el primer plato o algo menos. Como si no supiéramos ya que las repeticiones y las recapitulaciones… Como todos los días. Buscando otra vez. Detrás de los gestos. De las palabras. Queriendo reunir algo en esa lentitud, en subir y bajar así la cuchara. En tanto cuidado. Tragando primero un poquito y luego lo demás. Para no quemarnos. Sin masticar los fideos. Tragándonos enteros los fideos. Sin aspavientos. Sin darle importancia. Como se debe. Con la esperanza. Siempre con la esperanza. La última cucharada. Por fin. Llamar para que se lleven los platos. Para que traigan la primera fuente… Hacer todo lo posible porque no se derrame una gota. Llenarla y subirla poco a poco. Y volver a bajarla. Para volver a llenarla. Esta impresión de estar de más. De no ser necesario. De haberme quedado afuera como si ya no hiciera falta. Por encima del plato de sopa, del mío y del tuyo, me acerco discretamente, sin hacer ruido, busco el tono, me doy tiempo mientras tanto. Mientras ustedes hablan de algo, se quitan la palabra de la boca como para no dejar nada en el aire, o para espantar una mosca. Se quitan de encima algo molesto. Me miran para ver si he oído. Y miran para otro lado.
—¡Qué calor está haciendo! Para eso sirve la lluvia.
—No se oye zumbar una mosca. Dan ganas de que vuelva a llover.
—Después de todo la lluvia…
—Yo creí por un momento que el invierno… Pero otra vez parece pleno verano.
—Este tiempo… Este tiempo… En ninguna parte…
—¿No les parece que si entornáramos las persianas…? …Los platos. Nada lechosos. Con otra textura. Casi diría con otro color. Con otro peso. Completamente distintos que en la repisa. Cuando están puestos en la cocina. Encima del caballito un solo cuchillo. Ya la cuchara y ahora el tenedor. Podría ser si yo me decidiera. Bastarían algunas palabras. Dejarlas caer encima como una red. Sin que te dieras cuenta de cómo. Ni te pudieras salir. No darte la oportunidad. No dejar que trates de convencerme. Dar vueltas alrededor como un moscón. Pero para eso tendría que hablar mucho. Y no se me ocurre nada. Prefiero el destello en el trébol rojo. Encima de la persiana.
…Yo de este lado y ellos de aquél. Sentada en el portal, viendo cómo pasa la gente por la calle. Meciéndome yo sola entre los demás sillones vacíos. Así estamos. Y no porque yo quiera, sino porque me he quedado de este lado. Así qué fácil. Qué inútil. No, al contrario, qué claro. ¡Qué claro verlos así! Tú y él. El y tú del otro lado. Y eso que no los miro mucho. No hace falta. ¡Es tan cómodo! Aquí nadie me molesta. Además no puedo abrir mucho los ojos porque entra demasiado el sol por los cristales. Estoy en ese barco que se acerca al muelle. Por la mañana, muy temprano. Mejor en ese barco.
…Sigo empeñado. No lo puedo evitar. Después de todo anoche… Volver a donde lo dejamos. No perder el hilo. No sé por qué siento como si estuviera pasando algo y yo no me diera cuenta. Empieza a ser casi casi una obsesión. Me pondrían en un aprieto si tuviera que explicarlo. Es muy molesto. Tan fácil que sería buscarte un sitio cuidado, preservado, acogedor, donde pudiera ponerte. Donde te dejaras poner. Necesito decir algo.
—Deben ser niños que gritan en alguna azotea. Por aquí cerca.
—Sí. ¡Qué raro! Tan tranquilo que estaba todo.
—A mí no es que me molestara. Me extrañó. No sé si he estado distraído pero no me había fijado que hubiera niños por aquí cerca. ¿Y tú?
—Yo tampoco.
…Tampoco. Es la verdad. Yo tampoco. Siempre me ha gustado ese trébol rojo en el arco. Las ramas de los árboles se mueven con el aire y se puede ver la luz entre las hojas. Yo estoy abajo. Miró cómo se mecen las copas y empiezo a marearme. No es cierto. Estoy en el pasillo y la luz se ha puesto rara. No. Estoy sentada aquí en la mesa. Esa es la verdad. A la hora del almuerzo. Las copas de los árboles y las hojas que se mueven se van corriendo y no las podría alcanzar. Ni quiero. Sólo me da pena la brisa. Siempre me ha gustado la brisa. No sé por qué comemos hígado. No puedo soportarlo. Ni el sabor metálico ni lo gelatinosa que se siente la carne.
…El mar está pálido y no hay olas. Vienen las lanchas y la gente grita y se ríe. No terminan las palabras. Las cantan. Los árboles, después del muelle, son largos y lisos como columnas y tienen penachos verdes. Detrás hay portales con columnas y balcones. En un arco, tapado con cristales como éstos, iguales a éstos, se ve el sol más que en ninguna otra parte. No calienta mucho todavía. Subimos a un coche de caballos y en seguida nos metemos por una calle estrecha y dejo de ver el mar. Miro los balcones y todos, casi todos, son distintos.
…Un sitio distinto de ese donde estás, a mi derecha, mientras ella está a mi izquierda y yo en la cabecera. Si no se nos ocurre nada vamos a volver a hablar del tiempo. Te quitan el plato y no te das cuenta y casi se tira la salsa. Me alegro que no se haya tirado. Si no, otra mancha como ayer. Me gusta ver en orden los platos y las fuentes. Es un alivio. Los cubiertos y los caballitos. Ya nadie los usa, seguramente. Pero nosotros sí. Me gusta ver las sillas junto a la pared. Las copas dentro de la vitrina. Las rosadas abajo y las blancas arriba. Me alegró que las sacaran anoche. Pero prefiero verlas ahí, en su lugar. Y en medio los vasos con borde de plata. El espejo, al fondo, convierte las tres filas de copas en seis filas de copas. La mesa son dos mesas en el espejo. Las dos inclinadas, juntándose en el centro. Ya lo he visto en alguna parte. Los platos como si fueran a caerse. En alguna parte. En un libro de historia. En un grabado antiguo. Eso es. Dejar de mirarnos en el espejo porque un poco más y no podré contenerme y voy a querer evitar que se resbalen los platos. Será una tontería. Una ridiculez.
—Este año no habrá ciclón. Pero no ha parado el mal tiempo. A mí no me engaña este sol. Ya veremos dentro de un rato. Cualquiera diría que ya es época de nortes. Los días ya son más cortos. Cuando menos se imagina uno oscurece. ¿Te has fijado?
—Hay que ser precavidos. ¿No se te hace tarde? Como a ti no te gusta que se te pase la hora...
—No te preocupes. Hay tiempo para el café. Me alcanza perfectamente.
...Miro con el rabillo del ojo. Sabía que estaba ahí, pero tenía la impresión de que se había levantado. Como si nos hubiera dejado solos. Claramente esa sensación. Acaba de dar la una.
...Antes, todavía antes, el polvo se levantaba y todos los lugares se ponían grises. Las filas largas de hormigas se metían por la hierba.
...Hay sol. Está el arco de cristal. El arco de cristal. El arco tiene tres colores. El sol da fuerte en los cristales.
...Todavía están en la mesa los platos de postre. Las conchas donde siempre se sirve la natilla. Con caminitos abiertos por las cucharas. De niño los seguía con el dedo. Eran iguales las conchas.
...Algunas veces me ponía a oír con curiosidad cómo me latía el corazón. Pero entonces no parecía mi corazón ni parecía que esos latidos fueran míos.
...La puerta. Las persianas en la puerta. Los mosaicos rojos. El barandal.
...Dentro de media hora sonará otra campanada.
...Después me gustaron las noches. Los ojos se acostumbraban a la oscuridad y abría mucho los brazos en la cama. Quizás para abrazar a la noche o para abrazarte. ¡Ya nos habíamos casado y éramos tan jóvenes! Pero yo te había esperado mucho tiempo y tú me habías esperado mucho tiempo.
...Los colores vibran fuera del arco, dentro de la luz, en un cono de sol. Es hoy, al mediodía.
...Dentro de media hora.
...Las gardenias tenían mucho perfume. También olían los lirios sobre todo si estaban ya un poco marchitos.
...Yo estoy aquí. Sentada. En esta silla.
...Tendré que bajar la escalera y este reloj dejará de importarme.
...Miraré mi reloj y luego preguntaré la hora y miraré el reloj de la oficina.
...Una vez nos paseamos por la playa. La arena era muy suave y se me iban los pies, parecía que se los quería tragar. Me agarré de tu brazo como si de verdad tuviera miedo. Me diste unas piedras para que las guardara. El mar nos mojó los pies y se iba y venía y volvía a mojarnos. Nos quedamos así mucho rato.
...Estoy sentada aquí. A la mesa.
...Y me imaginaré tu tarde.
...Y otra vez guardé mariposas en una red anaranjada y luego las dejé escapar. Pero eso fue mucho antes.
...A la hora del almuerzo. Con ustedes a mi lado.
...Me pondré a pensar si ya te sentaste a coser.
...Aprendí a tejer. Tejía a todas horas y no me daban ganas de hacer otra cosa.
...Y eso es todo lo que hay. No hay nada más.
...O si habrás puesto el sillón en la ventana.
...Estoy meciendo la cuna, una vez y otra vez y tengo el pelo negro y después blanco, pero la cuna sigue siendo la misma.
...Hay luz. Hay cristales. Hay colores. Yo puedo mirarlos.
...Miraré el reloj a las dos, a las tres, a las cuatro.
…Corro mucho por el campo. En el quicio de una puerta me siento. La casa es blanca y tiene geranios.
...No tiene nada que ver con el polvo en la persiana. Con las gotas en los alambres. Y sí tiene que ver. Sí tiene.
...La tarde es igual para ti, para mi, para ella. También para los que pasan por la calle. ¿No te has puesto a mirar por la ventana?
...El barco es lento. Nunca se acaba el mar.
...La luz es compacta. La luz se ha puesto anaranjada.
...No es una ilusión. Deberías creerme. La tarde es la misma. La misma para todos.
...Me aprendí canciones tristes. Después me enseñaste a bailar. Bailamos lanceros y mazurcas. Siempre esperé con paciencia. Sigo esperando.
...Y yo ya no estaré. Ya no estaré en el pasillo. Ni debajo de los árboles, ni sentada a la mesa. Yo ya no estaré mirándola.
...A ti te importa saber que siempre es la primera vez y la única vez. Que el reloj no ha marcado nunca, ni volverá a marcar nunca las mismas dos, las mismas tres, las mismas cuatro. Pero no hay que pensarlo mucho. Hazme caso.
...Te besaba en la boca. Las iniciales que bordaba en las sábanas de hilo, en los manteles blancos, eran tus iniciales.
...Habrá un momento inútil. Que será después de. ¿Después de qué? No me lo puedo imaginar. Pero ése será el final.
...Basta que sean las dos, las tres, las cuatro de este día, de este mes, de este año.
....Las camas eran anchas y por el día las tendían con colchas de crochet.
...Los colores serán los mismos. La luz será la misma. Sin mí.
...Un año, un número con cifras gruesas. En relieve. Así se reúnen uno al lado de otro, iguales, todos los años que vivimos.
...Me mecía en los sillones altos de rejilla, casi nunca en los sillones de mimbre. Me parecía que iba a irme para atrás.
...Toda esta luz. Tanta, tanta luz. Y el vacío.
…Algo con peso, denso, consistente. Un pequeño bloque de. Acero liso y bien recortado, con bordes precisos que lo separan del vacío, de todos los años que nunca vivimos antes, de todos los que no viviremos después. Así es y así está bien. No hay nada que dudar. Te lo aseguro. Soy yo quien te lo aseguro.
...Los sinsontes cantaban y me gustaba tener tomeguines. Por las mañanas se abrían los escaparates y todo olía a resedá. Entonces.
...Como saltar con un paracaídas que no se abrirá nunca.
...Siempre habrá relojes. No tendrás que tener miedo.
…Decírtelo de alguna manera. Decir cualquier cosa.
…Voy a tener que irme sin... Se les debe haber olvidado.
...No. Espérate. En seguida vengo. Lo traigo.
...Ellos eran los que se iban y los que venían. Yo siempre me quedaba. Alguien tenía que cerrar la puerta. Me decían lecciones largas sin que yo las entendiera. Yo que hubiera querido oler otra vez la hierba húmeda. A mí que me gustaba la leche acabada de ordeñar. Me ponía lazos en las trenzas y jugaba sola en el patio donde había un árbol frondoso que nunca dio flores. Mi madre se vestía de negro. Había el portal por la tarde y la brisa. Y las ganas de abrazarla. Las temporadas largas en los baños de mar. Y vestirse de luto. Mirar el reloj con impaciencia. Las arañas dan vueltas y vueltas en el techo, cuajadas de luces, y afuera hace una noche amoratada., llena de estrellas y es invierno. Una casa y otra casa antes de esta casa, mi casa. La mesa se iba quedando vacía. Ya no hubo espejos por todas partes. Todos me rodeaban. Estoy sola. Los nombres de mis hijos yo se los puse, para que todos les dijeran después por esos nombres. Nadie me había puesto nunca un telegrama y ese día, cuando lo abrí, decía que estaba muerto. Yo no te vi morir. Yo seguí viviendo. No. No quiero. Tapar la taza con la mano antes de que me sirva. Se me olvida lo que podría decirle. Como pescar algo que se ha ido al fondo del pozo. Y me gusta el olor. Siempre me ha gustado cómo huele el café. Pero no quiero. Eres tú la que lo sirves ahora. ¿Desde cuándo? Desde hace tiempo. No lo tomaré. No tengo ganas. Me recostaría porque tengo mucho sueño. Y eso que nunca me ha gustado la siesta. Un instante. Ya vamos a acabar de almorzar.
...Todo tan natural. Tan ahí. Como esta cucharita a la que le estoy dando vueltas. De la que no puedo apartar los ojos. Como si me hubiera hipnotizado. Un instante. Eso. Y pasa. Pasa la claridad que casi lo ciega a uno. Esa sensación de que se ha encendido de pronto un reflector muy potente para no iluminar nada. Para llenar de luz un sitio donde no puede haber luz. Imposible de imaginar. Un lugar que no es. Apenas un instante. Y luego esto. La tranquilidad. Este aplazamiento no se sabe hasta cuándo. Estar aquí sentada en una silla. Mirando una luz que atraviesa un arco de cristales por un punto, un solo punto, y se abre después como un abanico. Mirando los helechos. Y los espárragos. Detrás de la persiana. Mirándome los dedos de la mano. De la mano que es mía. Que juega con la cuchara. Que dibuja rayas. Otra vez rayas. Encima del mantel blanco. Entre las migajas de pan y los granos de arroz que se han caído de los platos. De los tenedores. Un instante. Mientras que tú, como siempre, pretendes reunir todos los hilos, y hacer y decir, sin llegar a nada porque no encuentras qué. Porque no hay qué. Te veo. Tomándote el café sin respirar. La veo. Tapando la taza con la mano. Con los ojos medio cerrados como si fuera a quedarse dormida. Y es como si yo me viera. Dándole vueltas a la cucharita. Como si estuviéramos posando. Posando los tres. Para una fotografía que nos deja fijos, inmovilizados, atrapados. Y no hay más que los gestos de los tres en este instante. Que nos descargan, no sabría ni cómo ni por qué, de todo lo que no hace falta. De nuestros cuerpos. De los lastres. De lo que pueda venir después. De lo que no habremos hecho. Detenidos. Posando para alguien. Que no está o sí está. Y todo se reduce. Se afina, se purifica y se queda así. Un instante. Nada más. Y es todo.
...Probártelo. Me gustaría probártelo. Poco a poco, pacientemente, pero no sé si ahora. Tendré que encontrar el momento. El momento oportuno. El café ya se ha enfriado. Y está tan amargo y se asienta en el fondo como polvo mojado. Se me queda en la garganta. No me pasa. Decirte que no se te olvide el azúcar, dos cucharaditas, ya lo sabes. Pero ahora bebérmelo hasta el final, como si nada. Y el vaso entero de agua para quitarme el sabor. Lo que no se hace. Intacto. Sudado porque el agua estuvo muy fría hasta hace un momento. Pero ahora estará tibia. Casi. Tomaré el vaso y empezaré a beberlo. Y dejará en el mantel, ya ha dejado, deja un pequeño círculo mojado que se secará pronto. Y no quedará ninguna huella, ni la sombra del lugar donde estuvo el vaso, ni nada, porque también a mí, aunque quiera evitarlo, dentro de un rato se me habrá olvidado.



TIENE LOS CABELLOS ROJIZOS Y SE LLAMA SABINA∗


Y en el paisaje, confundido y esfumado en la luz, vendrían a sucederse, como las imágenes de una linterna mágica, otros paisajes que también son voces y que coincidirían en el milagro de la escenografía, por obra de un artificio literario que sería relativamente fácil. Al mirar el promontorio, el personaje obedece a una exigencia profunda (palabras que tomo prestadas sin saber a quién, o que me son dictadas, lo que viene a ser lo mismo). Su presencia en el parapeto, que es un mirador, que es una terraza se debe a una inspiración súbita que la empuja a salir por última vez antes de irse, a salir para tomar una fotografía que no tomará porque ese movimiento inspirado que la sitúa frente al promontorio tiene otros fines y pronto sustituirá el deseo de la fotografía por la anticipación de una novela. Ese movimiento inspirado, como me atrevo a llamarlo sin temor de caer en un exceso de fantasía, niega la opacidad del escenario, que para cualquier otra mirada permanecería mudo en ese instante, para trasladarlo a la claridad de un discurso ficticio donde la luz, eminentemente irreal, procede exclusivamente de la formulación de muchas palabras que han estado esperando ser enunciadas. En la claridad deslumbrante de esas cuatro de la tarde ideales, perfectas, como sólo podrían serlo de haber sido imaginadas, inventadas y puestas en palabras, su mirada es, paradójicamente, una mirada nocturna. ¿Una mirada que prescinde de lastres inútiles, que vuelve las espaldas a lo cotidiano? Sí pero, sobre todo, una mirada que en un golpe de vista abarca sólo lo rescatable y para la cual se vuelve elocuente el silencio de la escenografía. El personaje ha ido a ponerse, por un movimiento inspirado, en el lugar que le estaba adjudicado desde que el promontorio prefiguró la imagen de una escenografía genial. El personaje no tiene nombre porque no tiene identidad o, si quieres, porque en él, en ella se intercambian ;y coinciden muchas identidades latentes o posibles. La mirada y la anticipación de una novela futura no se distinguen: son, en todo momento, una y la misma cosa. Para que la novela se configure es indispensable el lapso de suspenso abierto por una mirada. El ruido del mar se aquieta hasta enmudecer a las cuatro de la tarde. Y sin embargo en ese lapso de suspenso que abre la mirada sobre la escenografía en el interior del ámbito creado para la novela por una sucesión de palabras angustiosamente atrapadas, el ruido del mar es el único fondo sonoro que sustenta las palabras. Las palabras pretenden sustituir el ruido del mar. Las palabras son el ruido del mar. La duración artificiosamente henchida que abre la mirada del personaje sobre una escenografía involuntaria pero predestinada y perfecta, se inscribe dentro de otra duración idealmente distraída al tiempo y suspendida en un vacío ideal: la duración de unas vacaciones que rompen la molesta insignificancia de lo cotidiano. Se trata de un artificio. Se trata de una novela hecha exclusivamente de palabras. ¿Podrás prescindir de la insistencia con que ellos te llaman? Ellos representan un papel y yo represento un papel: se trata únicamente de que cada cual cumpla su función dentro de la novela. Lo demás no importa. Importa determinar, eso sí, cuál es el papel de ellos y cuál es el mío. ¿Qué exigen de mí y qué me impide abandonar la terraza, el mar, la escenografía, el hotel? Un hotel es un lugar de paso. ¿A qué se debe, pues, esa obsesión de no dejarlo, esa fantasía de prolongar sin término una estancia que debe ser pasajera; que sólo vale, además, por esa necesidad de ponerle un límite, un principio y un fin? El personaje se distrae. Deja de mirar la escenografía para mirar a su alrededor. Entre todas las historias posibles hay también una historia de muchachas en flor. El hotel se ha llenado de jovencitas rubias (hay cuatro en cada cuarto), ruidosas, descalzas que de día se tienden al sol en sus respectivas terrazas, conservando únicamente el pequeño calzón de un diminuto bikini y dejando expuesta la espalda desnuda. Relumbrosa de aceite. Cuando las puertas de sus cuartos se quedan abiertas es posible ver desde afuera las botellas de ron tiradas entre los huaraches, las blusas y los shorts, en un desorden que el cuidado aspecto de las niñas desmentiría. Tratamos de hacer reservaciones en el hotel y nos comunican, en un tono cortés e impersonal que ha cundido una epidemia de cólera. Pensamos que el cólera es una enfermedad estomacal que produce vómito incesante, hasta la muerte. Hacemos, sin embargo, las reservaciones. Al llegar al hotel, observamos con curiosidad a los huéspedes para sorprender cualquier evidencia, en el semblante, en el comportamiento, en el aire exterior, de la enfermedad que nos han anunciado. Pero todos parecen sanos y despreocupados y dan vueltas en pequeños grupos, alrededor de una alberca cubierta, rodeada de arcos romanos, llena de agua que hierve a borbotones. Unos altavoces difunden los acordes frívolos, exquisitamente fin de siglo, del vals de los Bosques de Viena. Los paseantes dan la impresión de moverse al ritmo del vals, aunque no están bailando sino únicamente caminando. Es entonces cuando percibimos que el vals se interrumpe regularmente, para dejar escuchar una voz que pronuncia, distante y ajena, un nombre: de alguno de los grupos se adelanta una persona hacia la piscina y salta, todo al alegre son de Johann Strauss. El agua que, como ya se ha dicho, hierve a borbotones, se lo traga de inmediato. ¿Un sueño que se inmiscuye en el contexto de la novela igual que esa pantalla rota de seda azul que pusiste en la sala como un detalle surrealista? Quizá, pero es fácil descartarlo. Lo importante es la obsesión por la luz. Yo he visto esa misma estela brillante en otras playas, a otras horas, a veces cuando ya se acerca el crepúsculo. La estela va ascendiendo entonces al cielo que se vuelve, en el horizonte, platinado y frío, iluminado detrás de una nube por el último brillo, lunar, de un sol avergonzado de su esplendor diurno. El cielo liso, platino, de esas transiciones hacia la noche puede ser tan fascinante como la estela de mar, reflejo deslumbrante del sol de las cuatro, que seduce a tu personaje. Luego, el resol acerado se va transformando en plomizo y por fin las nubes se emparejan y el cielo, en el horizonte, se pinta de azul añil traspasado por una luz intensa que confunde durante un fragmento de segundo impresionante el cielo y el mar. He visto ese crepúsculo en una isla del Caribe protegida de los vientos y las agitaciones de alta mar por otras islas cercanas, de modo que las playas se recogían tranquilas, al borde de un estanque inmóvil. El Caribe no es uno sólo. Crees reconocer un matiz, una ondulación del agua y algo, de repente, lo singulariza y lo vuelve único. El Caribe es un mito: es Utopía, es la Isla de Robinson. Pero me gustaría que me explicaras ahora, antes de seguir adelante, quién dice esas palabras: “No estoy aquí. Estoy en otra playa, hace veintidós años”. ¿Es el narrador o, en este caso, la narradora, o es el personaje que uno de los narradores, el que acaba por escribir un texto que se empeña en llamar novela, inventa en el momento mismo en que empieza ese discurso imaginario? La narradora y su personaje estarán ligadas como dos hermanas siamesas. Sus corazones latirán con la misma cadencia y una podrá adivinar lo que piensa o siente la otra, porque una y otra serán las dos caras de una misma, casi incestuosa, identidad. ¿Y esa alusión a Hamlet que luego se pierde? Dijiste que la novela habría de ser un continuo ininterrumpido, que podría empezar en cualquier momento y terminar en cualquier momento, acaso como la vida. Mi novela no pretendería reproducir la vida sino, más bien, describir un instante en el que un personaje inventaría negar que el ciclo no se interrumpe nunca: aspiraría a negar, con su presencia imaginaria en un mirador colocado frente a un promontorio espectacular, que la secuencia del tiempo es inalterable. Tampoco allí había mariposas. En la noche cerrada sólo se distinguían los tubos largos de luz morada, cuidadosamente distribuidos para garantizar la salubridad del hotel, un remanso de comodidades modernas en medio de la virginidad de la isla. Nunca vi que los tubos morados atrajeran estos moscones gruesos que se te cuelan por el cuello de la camisa en algunos lugares del trópico. Había, eso sí, muchísimas mariposas, sobre todo pequeños cadáveres achicharrados de mariposas amarillas. El ruido de la descarga no dejaba de estremecer un poco mientras uno se dirigía, con pantalones Daks y camisa Pucci sabiéndose protegido, a sorber vasos helados de rum punch en el bar de la Pequeña Sirena o en la Caverna de Neptuno. Ese barco, encerrado en una botella, lo he buscado inútilmente en Curazao, sintiendo quizá que era como buscarlo en Amsterdam. Lo he buscado inútilmente. Anótalo. ¿No traes tu libreta de apuntes? Lo has buscado entre pulseras y arracadas hindúes, anillos de jade que traen la buena suerte, pomitos de ungüento chinos, bálsamos mágicos para aliviar dolores y para estimular las facultades eróticas, telas de Java, caftanes y estatuillas balinesas. Pero tu búsqueda ha sido inútil y has acabado por comprarte una reproducción de la Santa María que era igual a la Pinta que era igual a la Niña en una farmacia de Montego Bay. Creo que empiezo a entender el porqué de Hamlet, esa premonición del personaje. En una versión cinematográfica, si no me falla la memoria, Hamlet formula frente al mar su célebre duda metafísica: To be or not to be y abajo el mar embravecido de Dinamarca, que tiene algo que ver con Islandia, si no me equivoco. ¿La vocación? La vocación de ser únicamente su propio espejo, de contemplarse como conciencia, en perpetua, monótona, insistente y maniática reflexión sobre la propia vida y la propia muerte. Hamlet entre la tentación de la inmovilidad, de la contemplación pura, y la obligación de realizar un acto que no es sino un acto de venganza, de celos incestuosos y, en última instancia, de identificación póstuma con la figura paterna. Quiero decir que, de una manera oscura ella, al imaginarse como personaje que enuncia mentalmente ciertas palabras que evocan, tal vez para volverlo presente, un momento vivido veintidós años antes tiene una fantasía un poco grandiosa y cree percibir la figura de Hamlet ascendiendo lentamente los escalones del promontorio y ve, al mismo tiempo, que la escenografía es en realidad el original de un grabado donde todo movimiento se hubiera detenido y al pie del cual hubieran escrito con letras mayúsculas HAMLET y, con letras minúsculas, By William Shakespeare. Mi absurda necesidad de justificar la necesidad de lo innecesario, de racionalizar las intuiciones, de convertir en discurso literario los presentimientos más incipientes, los que hubieran podido quedarse tranquilamente sin ser formulados y sin que a nadie le importara un comino. Tu absurdo afán de dejarte deslizar hacia el irracionalismo, de creer en los presagios, en los augurios y en las sigilosas señales del otro mundo. Cuídate del ocio: es un terreno resbaladizo que resbala precisamente hacia el abismo. Abisal es una hermosa palabra que entra muy bien en mi vocabulario. Abisal, malva, ámbar. Déjame asociar libremente. Deslizarme suavemente. Creo que ha llegado el momento de poner algo en claro. ¿Cuál es el tiempo de esa novela que estás escribiendo? ¿El tiempo de ella, la que mira desde el mirador, o el tiempo de ella, la que escribe con tinta verde sobre las hojas anchas de un cuaderno rayado colocado encima de la tabla abierta de un escritorio de maple? ¿Cuál es el tiempo de la novela que podrías o más bien deberías estar escribiendo, que me pregunto si estás efectivamente escribiendo aunque indudablemente tiene ya alguna, aunque sea mínima, consistencia real puesto que puedes referirte en concreto a ciertas palabras enunciadas, pienso que no en alta voz, por un personaje indudablemente femenino, al que has situado en una terraza cuya vista sobre un peñasco que emerge del mar es excepcional y hasta podría decirse privilegiada? El dilema entre un tiempo y otro tiempo es algo que no se decide todavía. Pero hay esto de cierto: la posición de ella, el personaje del mirador, resulta cada vez más incómoda. No se puede reflexionar acerca de la propia vida y la propia muerte (aquí se abren y se cierran comillas) cuando la temperatura al sol es de 38 grados centígrados y no corre la brisa. Sólo consigno un hecho. Y ese hecho es el siguiente: a las cuatro de la tarde del domingo ocho de mayo de 1971, una mujer mira desde la terraza de un cuarto llamado El mirador en un hotel de Acapulco, hacia un punto situado precisamente frente a ella, unos treinta metros más abajo, un punto donde se encuentra un islote escarpado, un promontorio alisado, un peñasco erosionado por el oleaje y hacia la ancha estela que se extiende desde allí hasta el horizonte, una estela dibujada por la reverberación solar sobre la superficie indiferente del mar. El promontorio es amarillo de bordes irregulares, afilándose en su extremo superior. Quince escalones tallados en su base permiten el acceso, desde una plataforma mojada constantemente por el mar, que enlaza ese islote flotante con el macizo de acantilados donde ha sido construido el hotel; plataforma que rodea una poza o piscina marina donde el agua, que penetra por los intersticios de los arrecifes que sostienen la plataforma, se estanca y toma un color esmeralda transparente que deja ver, en el fondo, la arena gruesa y ocre. Este es un hecho real. El único hecho real. Todo lo demás que pueda decirse en torno, acerca o sobre esa mujer y su manera de mirar el mar depende únicamente de la voluntad de un narrador situado en otra terraza, la del cuarto llamado El laberinto, que la convertirá o no en el personaje marginal de un relato al estilo de A sangre fría, y de la fantasía de una narradora sentada, a la vez, en uno de los escalones del promontorio y frente a un escritorio de maple americano, donde escribe con una pluma verde en tinta verde, a lo ancho de un cuaderno rayado que la convertirá, si se decide a hacerlo, en un personaje de reminiscencias shakesperianas, ligeramente anacrónico, desmesurado y ridículo. La mujer que mira el mar el ocho de mayo de 1971 intenta ser por su parte, patéticamente y sin muchos resultados, por un instante, quizás el único de toda su vida, su propio personaje. ¿Recuerda, sueña, anticipa? Recuerda que preferiría olvidar; sueña, Rilke; que mira hacia afuera mientras que es por dentro donde el árbol crece, quiero decir, en este caso, donde se ondula y murmura el mar; anticipa una despedida, oscilando peligrosamente entre esa despedida y un obstinado deseo de petrificar el gesto de adiós que esbozar ingenuamente con la mano izquierda, posada sobre el muro de la terraza como un pájaro tembloroso, indeciso entre el nido y el vuelo. Las palabras la abandonan. ¿Será que la mirada, esa manera de mirar, excluye las palabras? imagina haber tenido una visión e imagina, también, que la visión se ha desvanecido. Imagina la libertad, la apertura, el vuelo. Se imagina a sí misma como objeto obsesivamente acariciado por su mirada. Se imagina mirada por el mar. Se imagina ceñida por el mar. Se imagina el mar. Me imagino, a mí misma, el mar.



EL MIEDO DE PERDER A EURÍDICE∗


Pero, aun sin saberlo, las palabras del sueño le dejaron la inexplicable sensación de haber recibido un mensaje o de haber escuchado el dictamen de un oráculo. Aunque, por supuesto, las palabras mismas, la formulación se había desvanecido cuando despertó.
Hay escenarios que cuentan, de por sí, una historia. Lugares que, al describirse, se narran. Tal, por ejemplo, el interior entrevisto de un palacio veneciano a cuya puerta comparece, abotonándose el chaleco con la mano izquierda, un criado de librea. El conde Ucello, descendiente de alguno de los Dogos, lo habita. Todo palacio, en Venecia, es un escenario teatral que evoca el histrionismo de Wagner y la suntuosa melancolía del Palazzo Guistiani. Gruesas cortinas de terciopelo rojo y rojas tapicerías de caída majestuosa, moderadamente deterioradas, acentuarán la clausura y propiciarán el tibio erotismo que habría fluido, por mediación de la pluma de oro de Mathilde Wesendonk, a lo largo del segundo acto de Tristán. 
¿No es la ciudad entera, después de todo, la más intencionada y desmesurada escenografía?
El rojo de los muros exteriores se desnuda, por aquí y por allá, insinuando la intimidad de la morada con cierta refinada impudicia. Hasta hace poco eran tres en la casa pero el joven sobrino del conde se ha ido. El conde pasa sus días en el breve jardín que asoma al campiello de los Arcángeles. Una hiedra tenue, ambarina, cubre ese revés del palacio que mira al jardín, diminuta floresta de naranjos, jazmines, coralillos, rosales espinosos que no han sido podados en mucho tiempo, yerbas silvestres, intrusas, que nadie arranca, florecillas invasoras que desbordan setos cuidadosamente trazados y gatos que se acomodan en algún sitio protegido y lo habitan, en silencio discreto, dos o tres meses. El conde dedica largos ratos a hojear álbumes de pintura y sale únicamente, de vez en cuando, para ir a la Academia donde examina con infinita paciencia, a través de una lupa montada en oro y sostenida por un amorcillo, las Alegorías de Bellini. En el Museo lo saludan con respeto y procuran dejarlo a solas para que pueda contemplar sin prisas al hombre que sale del caracol y contempla, él mismo, a la serpiente. Cuando aparece, los turistas se inquietan un poco, sin saber, si deben aplaudir o no, adivinando la irrupción en escena de un actor de viejos prestigios, injustamente olvidado. En ocasiones, se detiene algunos instantes, en el salón contiguo, frente a La Tempestad y luego, después de echar un último vistazo a sus Alegorías, sale velozmente como si el tiempo lo presionara, atraviesa el puente y se dirige, sin ningún rodeo, al palacio rojo que, al semiabrirse para engullir a su dueño, despide la iridiscente y trémula luminosidad de una valva por los reflejos del sol que multiplican los cristales biselados de las ventanas, los rayos que inciden en los numerosos espejos y los destellos multicolores que proyectan las lámparas de Murano. Por no aludir al sobrino que se ha ido, el señor y el criado hablan, dicen los vecinos, de catarros y de rosas. Los mismos vecinos han creído atisbar al joven en la terraza del tercer piso, o descendiendo al jardín por la escalera descubierta que comunica, por afuera, todos los niveles de la casa, pero han comprendido en seguida que se trataba tan sólo del criado, vestido con la ropa del heredero y los más observadores apuntan que se ha hecho ondular el cabello y lo ha aclarado, para acentuar el parecido, uno o dos tonos. La edad del conde es imprecisa: quienes lo han visto de cerca le atribuyen casi la vejez o casi la juventud, sin poder determinar de qué depende la incertidumbre del paso del tiempo en ese rostro hermoso, en ese perfil de moneda antigua, en esos ojos intensos y evasivos, en esos modales ágiles o excesivamente fatigados. Los que pasan frente a la puertecilla del jardín a horas fijas se extrañan de verlo una y otra vez en la misma posición, inmóvil, con una pluma en la mano, y mientras hay quien supone que escribe largas cartas al que tan intempestivamente se ha marchado, otros jurarían que no escribe sino dibuja, pretendiendo reproducir de memoria acaso, la alegoría del hombre que sale del caracol y contempla a la serpiente. Así se justifican sus visitas a la Academia, esas excursiones que lo arrancan por breves lapsos de su inquietante ensimismamiento. Con más envidia que simpatía se le atribuye una inútil fortuna acrecentada con la viudez reciente (de una napolitana tan pródiga que lo habría dejado, a la vez, libre e imperdonablemente rico) y una disposición egoísta que no se habría alterado ni aun con la presencia del único hijo de su hermana, muerta casi al mismo tiempo que su mujer.
El conde sale al jardín por las mañanas, cuando los músicos de La Fenice empiezan a ensayar la obertura de El Buque Fantasma que iniciará, pronto, la temporada musical de invierno. Lo espera un sillón de mimbre con cojines de cretona floreada, ya muy desteñida, una manta escocesa y una mesita. Las lluvias lo desplazan, eventualmente, a la terraza cubierta. Pero la figura se ha mimetizado al aura melancólica del pequeño jardín salvaje, se le ha vuelto tan consubstancial que los transeúntes cotidianos creen distinguirlo, al espiar entre las forjas de la puertecilla indiscreta, detrás de un seto, incrustado en la verdura, aun cuando el sillón no esté visible y un vientecillo helado sugiera el aguacero. En un café lejano del campiello de los Arcángeles, alguien ha hablado de una góndola vacía vista en Isola Bianca, a donde nadie acude desde que fueron incinerados allí los huesos de viejos huéspedes del cementerio de San Michele y donde ahora, se murmura con cierto énfasis que sugiere tanto repugnancia como fascinación, sólo proliferan serpientes. La góndola del conde no es ya una góndola como las otras: a medida que la historia es contada más lejos del palacio por gente que jamás ha visto en persona al protagonista, la góndola se va volviendo más lúgubre y la imagen del dueño más ambigua. Una y otra, ya casi fantasmales, han sido detectadas en más de una de las pequeñas islas bajas de la periferia, deshabitadas, cenagosas, inquietantes espejos de los orígenes de la ciudad, donde la tierra y el agua no respetan sus mutuos límites y se confunden en un lodo plomizo, oscilante y tembloroso. Cuando la bruma se aposenta y toda la ciudad simula levitar en ella como si fuera a emprender el vuelo o, ya reblandecida estuviera a punto de entregarse, sin ninguna resistencia, al abrazo ávido del mar; cuando los puentes y los peldaños resbalosos de musgo que descienden al agua amoratada de los canales interiores no se distinguen de la bruma, en una lechosa turbiedad indiferenciada; cuando el granate de la Venecia interior se fermenta en ese humo neblinoso, húmedo, y el mármol de la fachada de Venecia se derrama en una espuma cenicienta de modo que la ciudadisla se vuelve su propio espejismo y flota sobre la laguna velada, rosácea, irreal, ya casi desvanecida, el conde ha sido visto, al mismo tiempo, en San Trovaso, en campo Santa Margherita, en San Rócco, en S. Giovanni e Paolo y en Santa María Formosa, en los Frari y en S. Zanipolo. Se habla, a veces, de su muerte: golpeado en la cabeza con un candelabro de plata, por un desconocido, lo ha descubierto el criado, a la mañana siguiente, en la alcoba; o de su desaparición: nadie lo ha visto después de aquella tarde, en aquel puente, en tal otro callejón, con un paraguas negro, abierto, a pesar de que apenas llovía. Se le atribuyen historias cuya autenticidad está suficientemente comprobada pero cuyos protagonistas fueron otros. La verdad es que el conde se ha esfumado y es inútil asomarse a la reja para espiarlo en el jardín (pero también es cierto que se aproxima el invierno y que la neblina y el viento glacial se prestan a la truculencia). Es un hecho que ha dejado de frecuentar la Academia. Ni las Alegorías, que están cerca de la entrada, ni el Giorgione del salón contiguo han reclamado su maniática, minuciosa, contemplación. La púrpura cardenalicia de los muros del palacio, purificada por la lluvia, parece asumir para sí un luto que no es exclusivo del palacio, ni de esas paredes, porque toda Venecia llora su duelo cada invierno como un coro de plañideras, pero los vecinos prefieren atribuirlo a la desaparición del conde para aislar allí, como se condenaban las puertas de las casas donde había muerto una víctima de la plaga en los llamados siglos oscuros, un luto que se ostenta, a lágrima viva, en las fachadas más dilapidadas y en las que disimulan con cierto recato la proximidad de la muerte. Una nota folletinesca de indudable ingenio se debe a un bebedor de grappa asiduo a la tertulia que se congrega cada domingo en la tarde en el bar que está a la vuelta del Palacio, un modesto establecimiento que algún bromista ha bautizado el palacio de Minos: el criado ha extraído el cuerpo en la madrugada y ha ido a tirarlo al mar o, mejor, lo ha dejado insepulto en Isola Bianca, donde todo el mundo sabe que pululan las serpientes. Como hace frío, no deja de llover y la vida en Venecia es tan provinciana son bienvenidos para romper la monotonía, los relatos que huelen a vampiro. Y pensar que la verdad es tanto más simple y que, para leerla bastaría dejar que el escenario se contara: violar la memoria sellada de los espejos y clavar como mariposas en alfileres las palabras que el viento ha ido enredando entre las indecisas floraciones de las lámparas de Murano.
Habría aparecido entonces un tercer personaje (“hasta hace poco eran tres... pero el joven sobrino del conde se ha ido...”). No, no el criado que en la verdadera historia es un oscuro figurante, sino una jovencita inglesa que habría llegado a Venecia al expirar el verano y se habría mudado a los pocos días al palacio Ucello, que conocería ese otoño las intermitencias de una furtiva y vertiginosa historia de amor escrita sobre otra, impaciente y expedita. La pareja furtiva se escurrió una mañana, muy temprano, por la angosta puerta forjada del campiello y se dirigió al embarcadero más cercano, donde los jóvenes subieron al vaporetto procedente de Lido, con destino a la Stazione F.S.S. Lucia. De la escena que se representó la víspera, ya muy entrada la noche, supieron, además de los tres personajes que miman la figura de este episodio veneciano, las colgaduras rojas que los abuelos del conde mandaron instalar cuando Wagner las puso de moda, allá por el otoño de 1858; los espejos, únicos sobrevivientes del Ottocento junto con el escritorio laqueado y el retrato de la tía bisabuela pintado por Rosalba Carriera y las desproporcionadas lámparas, mecidas peligrosamente por el viento de la laguna, cómplices en el secreto que siempre debería hacerse en torno a las palabras alteradas, a los reproches destemplados que aluden a mentiras y locuras, a traiciones, a heridas mortales, a las escenas de celos, en una palabra, confundiendo la intemperancia de las voces con la armoniosa melodía que emite el buen cristal, humedecido, cuando es despertado por una mano ducha o por el viento.
Pero ¿bastaría? porque el ruido de toda esa efusión verbal y el estrépito melodramático de la pantomima gesticulada podrían disimular para siempre, de no saber leer entre líneas, la violenta angustia soterrada de otro discurso no proferido: “¿Quién revelará jamás la causa secreta e insondable de todo mi dolor?” (Inicio de largo lamento melancólico dirigido por el rey Mark a su sobrino: escena en el Jardín: segundo acto de Tristán e Isolda).
El Giorgione de la Academia le habría comunicado al conde, como presagio, su inminencia premonitoria, ese extraño color de los jardines en las tardes plomizas, cuando se aproxima una tormenta eléctrica. Ahora que ya empieza el verano a nadie le extraña, y parece lo más natural, que hayan vuelto a abrirse las ventanas sobre el jardín y que el mismo criado que sacude las persianas con un plumero demasiado grande se asome luego a la puerta que da al Canal, abotonándose el chaleco con la mano izquierda irreprochablemente enguantada. El conde, en un sillón de mimbre, escribe en un cuaderno y, aunque empieza a hacer calor, se cubre las piernas con la manta escocesa. Escribe para conjurar, volviéndolo palabras, un recuerdo inoportuno: “Hay ciertas tardes melancólicas cuando parece que el mundo está a punto de acabarse”.

 
Julieta Campos, Material de Lectura,  serie El Cuento Contemporáneo, núm. 51,  de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM. Selección y entrevista preliminar de Ambra Polidori. La edición estuvo a cargo de Alejandro Toledo.

Katherine Anne Porter (1890-1980)

Entrevista realizada por Bárbara Thompson, 1953

Katherine Anne Porter

Nació el 15 de mayo de 1890 y murió en 1980 en Texas. Comenzó a escribir muy pronto. Se ganó la vida corrigiendo textos ajenos y haciendo reseñas de libros, artículos políticos y textos comerciales.

Decía usted que nunca se propuso hacer una carrera de la literatura.
Yo nunca he hecho una carrera de nada, sabe usted, ni siquiera de la literatura. Empecé sin nada, excepto una especie de pasión, un deseo impulsor. No sé de dónde venía y no sé por qué he sido tan obstinada en ese sentido que nada pudo desviarme. Pero esta cosa que existe entre mi persona y mi literatura es el lazo más fuerte que he conocido con cualquier otra persona u otro trabajo que haya realizado. Empecé a escribir cuando tenía seis o siete años, pero también tenía multitud de otros semitalentos: quería bailar, quería tocar el piano, cantaba, dibujaba. No se trataba en realidad de simples aficiones: lo investigaba todo, experimentaba con todo. Y además hay que tener en cuenta que entonces no había muchas diversiones. Si una quería oír música tenía que tocar el piano y cantar una misma. La mayoría del tiempo dependíamos de nuestros propios recursos: nuestra propia música y nuestros propios libros. Las casas estaban llenas de libros para ser leídos y nosotros los leíamos.
¿Qué libros influyeron más en usted?
Es difícil contestar, porque yo crecí en una especie de mezcolanza. Leí los sonetos de Shakespeare a los trece años y estoy completamente segura de que me causaron la impresión más profunda de cuanto haya leído. Durante un tiempo supe de memoria toda la secuencia. Ese fue el momento decisivo de mi vida y después, de un solo golpe, todo Dante. Las obras teatrales las vi en escena pero no recuerdo haberlas leído con algún interés. Ah, bueno, y leí todo tipo de poesía: Homero, Ronsard... y también a los filósofos laicos, Montaigne me influyó enormemente cuando aún era muy joven. Un día, cuando tenía catorce años, mi padre me llevó ante una gran hilera de libros y me dijo: ¿Por qué no lees esto? ¡Te sacará unas cuantas ideas tontas de la cabeza! Era la colección completa de la Enciclopedia de Voltaire, anotada por Smolett. Y me lo leí entero: tardé como cinco años. Y por supuesto leíamos a todos los novelistas del siglo XVIII, aunque Jane Austen, igual que Turgueniev, no me entusiasmó hasta que maduré bastante. Y descubrí por mi cuenta; Cumbres borrascosas; creo que leí ese libro cada año de mi vida durante quince años. Lo adoraba sencillamente. Henry James y Thomas Hardy fueron los autores que me introdujeron en la literatura moderna.
¿No cree usted que esos antecedentes -el relativo aislamiento de la vida rural del sur del país y el ambiente de interés literario- ayudaron a formarla como escritora?
Creo que es algo que se lleva en la sangre. En nuestra familia siempre hemos sido grandes escritores de cartas, lectores y narradores orales. Durante toda mi vida he escuchado a personas intelectualmente bien formadas. Todos ellos eran grandes narradores de historias y cada historia tenía forma, sentido y objeto.
La protagonista de muchos de sus relatos es definida, y se define a sí misma a menudo, en relación con una organización familiar.
Sí, pero no fue algo hecho a conciencia ¿Sabe usted? En aquellos días nos sentíamos unidos y vivíamos juntos porque pertenecíamos a una familia. La cabeza de nuestra casa era una abuela, una vieja matriarca, una mujer verdaderamente adorable y hermosa, un alma buena, de modo que no nos hacíamos ningún daño. Pero lo importante es que vivíamos así, con las amistades ancianas de la abuela. Y también estaban los jóvenes, todos ellos mayores que yo; cuando yo era una niña de ocho o nueve años ellos tenían entre dieciocho y veintidós y representaban para mí todo el encanto, toda la belleza y la alegría y la libertad. Estaban también los de mi edad y luego los bebés.
Usted parece sentir poca de esa preocupación peculiarmente sureña por la culpabilidad racial la muerte de la antigua vida agraria.
Yo soy sureña por tradición y por herencia, y tengo sentimientos muy profundos respecto al Sur. Y, por supuesto, pertenezco a esa sociedad blanca agobiada por un sentimiento de culpa, pero ese problema sencillamente no me caló muy hondo. Tal vez no soy lo suficientemente judía, o puritana, para pensar que los pecados de los padres los pagan sus descendientes hasta la tercera y cuarta generación. O quizá ello se deba a mis influencias europeas, en Texas y Louisiana. Los europeos no tenían esclavos ellos mismos, pero pensaban que la esclavitud era una cosa muy natural... Pero ¿sabe usted?, yo siempre fui inquieta, siempre fui un espíritu errabundo. Cuando era muy niña me escapaba a cada rato de casa. Una vez, cuando tenía unos seis años, mi padre fue a buscarme por ahí y más tarde me contó que me había preguntado: "¿por qué eres tan inquieta? ¿Por qué no puedes quedarte aquí con nosotros?" y yo le dije "Porque quiero ir a ver el mundo. Quiero conocer el mundo como la palma de mi mano"
Y a los dieciséis años lo hizo definitivamente.
A los dieciséis años me fugué de Nueva Orleáns me casé, y a los veintiuno volví a escaparme, me fui a Chicago, conseguí un empleo en un periódico entré a trabajar en el cine.
¿En el cine?
El periódico me envió a los viejos estudios cinematográficos S. Y A. para hacer un reportaje. Pero me metí en una cola que no era la que me correspondía después fui demasiado tímida para salirme. "Por aquí, amiguita", me dijo el hombre y de repente me encontré en una escena de un juzgado con Francis X. Bushman. Me sentí horrorizada por lo que me había sucedido, pero me pagaron cinco dólares por el trabajo de ese primer día, así que me quedé. Pasó una semana antes de que recordara a qué me habían enviado, y cuando volví al periódico me dieron dieciocho dólares por el trabajo que no había hecho durante esa semana y me despidieron. Me quedé trabajando en los estudios durante seis meses -finalmente llegué a ganar casi diez dólares diarios- hasta que un día me dijeron: "Nos vamos a California". "Pues yo no", dije. Bueno, eso fue en 1914 y la Guerra Mundial había empezado, de modo que en septiembre me fui a casa.
¿Y después?
Después me dediqué a cantar antiguas baladas escocesas con vestuario típico que yo misma confeccioné por todo Texas y Louisiana. Después me dijeron que había contraído tuberculosis y pasé como seis meses en un sanatorio. Sólo era bronquitis, pero estaba en Denver y me conseguí un empleo en un periódico.
Recuerdo que usted una vez me aconsejó evitar eso a toda costa; me dijo que era preferible ponerse a hacer picadillo en un restaurante.
O cualquier otra cosa, la que sea. Duré un año en ese empleo y eso fue lo que me convenció de que no me estaba haciendo ningún bien. Después siempre tomé empleitos aburridos que no ocupaban mi mente ni todo mi tiempo y que, por otra parte, me permitían ganar lo suficiente para subsistir. Creo que sólo he dedicado el diez por ciento de mis energías a escribir. El otro noventa por ciento lo dediqué a mantenerme a flote. Creo que eso es un error. Hasta Santa Teresa dijo: "Puedo rezar mejor cuando estoy cómoda", y se negó a usar el cilicio y a pasar hambre. No creo que vivir en sótanos pasar hambre sea mejor para un artista que para cualquier otra persona; lo que pasa es que algunas veces el artista está obligado a hacerlo porque es la única vía posible de salvación, si usted me permite usar esa palabra anticuada. De modo que yo lo hice más bien instintivamente. No tenía experiencia de la vida y tampoco me habían enseñado a hacer nada, de modo que tuve que tomar todo tipo de empleos difíciles. Pero ¿sabe usted?, creo que probablemente hubiera escrito mejor si hubiera vivido con un poco más de comodidad.
¿Entonces usted estuvo escribiendo todo ese tiempo?
Todo ese tiempo estuve escribiendo, independientemente de cualquier otra cosa que estuviese haciendo, independientemente de lo que pensara que estaba haciendo en realidad. Vivía casi tan instintivamente como un animalito, pero ahora comprendo que durante todo ese tiempo una parte de mi persona se estaba preparando para ser artista, que mi mente estaba trabajando incluso cuando yo no lo sabía cuando no me importaba que estuviera trabajando o no. Estoy firmemente convencida de que durante toda nuestra vida nos estamos preparando para ser algo o alguien, aun cuando no lo hagamos conscientemente. Una mañana llega el momento en que uno se despierta y descubre que se ha convertido de manera irrevocable en aquello para lo cual se había estado preparando desde hacía tiempo. Dios mío, ese puede ser un momento difícil si uno ha estado haciendo las cosas indebidas, algo que va en contra de la naturaleza de uno. Y, créame, yo sé que eso puede suceder. No comparto en modo alguno esa idea estúpida de que lo que uno lleva dentro tiene que salir tarde o temprano, de que no es posible suprimir el verdadero talento. Las personas pueden ser destruidas, pueden torcerse, deformarse y se las puede mutilar completamente. Decir que uno no puede destruirse a sí mismo es tan necio como decir que un joven muerto en la guerra a los veintiuno o veintidós años murió porque ese era su destino, porque de todos modos no iba a hacer nada. Abrigo la firme creencia de que la vida de ningún hombre puede ser explicada en términos de sus experiencias, de lo que le ha sucedido, porque a despecho de toda la poesía de toda la filosofía que afirman lo contrario, no somos realmente dueños de nuestro destino. No dirigimos realmente nuestras vidas sin ayuda y sin impedimentos. Nuestro ser está sujeto a todos los azares de la vida. Son tantas las cosas de que somos capaces, que podríamos ser o que podríamos hacer. Las potencialidades son tan grandes que ninguno de nosotros las cumple nunca en más de una cuarta parte. Excepto que tal vez haya una poderosa fuerza motivadora que sencillamente lo lleve a uno hacia adelante, yo creo que eso fue lo que pasó conmigo... Cuando yo era una niñita le escribí una carta a mi hermana diciéndole que quería la gloria. Ahora no sé qué quise decir exactamente con eso, pero era algo diferente de la fama del dinero o el éxito. Sé que quería ser una buena escritora, una buena artista.
¿Pero no hubo ciertos acontecimientos específicos que cristalizaron ese deseo, algo comparable a la experiencia de Miranda en Caballo pálido, jinete pálido.
Sí, ese suceso fue la epidemia de influenza al término de la Primera Guerra Mundial, que estuvo a punto de causarme la muerte. Sencillamente dividí mi vida, la corté en dos, por decirlo así, de modo que todo lo anterior a eso fue simplemente la preparación, y después, de alguna manera extraña, quedé alterada, lista. Me tomó mucho tiempo salir y vivir en el mundo otra vez. Estaba verdaderamente enajenada, en el sentido estricto del vocablo. Fue el hecho, creo yo, de haber conocido lo que era la muerte y de casi haberla experimentado. Todo lo que los cristianos llaman la "visión beatífica" los griegos llamaron el "día feliz", la visión feliz inmediatamente anterior a la muerte. Y si uno ha pasado por eso y ha sobrevivido, ya no es como las demás personas y no tiene sentido engañarse pensando que lo es. Pero yo lo hice: cometí el error de pensar que yo era como cualquier otra persona, de tratar de vivir como las otras personas. Tardé mucho en comprender que eso no era cierto, que yo tenía mis propias necesidades y que tenía que vivir tal como era.
¿Y eso la liberó?
Simplemente me levanté salí corriendo en aquella súbita escapada a México, donde asistí, podría decirse, y ayudé, en la modesta medida de mis posibilidades, a una revolución.
¿Esa fue la revolución obregonista de 1921?
Sí, aunque yo realmente había ido a México a estudiar las formas del arte azteca y maya. Había estado en Nueva York y me disponía a viajar a Europa. Pero Nueva York estaba lleno de artistas mexicanos en aquel entonces y todos hablaban del renacimiento, como lo llamaban, que tenía lugar en México. Y me dijeron: "no se vaya a Europa, váyase a México. Allá es donde van a suceder las cosas interesantes". ¡Y tenían razón! Me metí de cabeza en la revolución y en medio de ella tuve la experiencia más maravillosa, natural y espontánea de mi vida. Fue una época terriblemente excitante, llena de vida y al mismo tiempo de muerte. Pero nadie parecía pensar en eso: la vida estaba allí también.
¿Cuáles cree usted que son las mejores condiciones para un escritor, entonces? 
Ah, no podría decir cuáles son. Es algo muy individual. Cada persona necesita algo diferente... Pero lo que me parece más negativo entre los artistas jóvenes es esa tendencia a ingresar en la clase media, esa idea de que deben casarse tener muchos hijos y vivir como todo el mundo, ¿sabe? Yo estoy a favor de la vida humana, entiéndame bien, a favor de matrimonio y de los hijos y de todo eso, pero muy a menudo no es posible tener eso al mismo tiempo hacer lo que se supone que uno haga. El arte es una vocación, tanto como cualquier otra cosa en este mundo. Para el verdadero artista, es la cosa más natural del mundo, no tan necesaria como el aire el agua, tal vez, pero sí como el alimento. Pero en realidad llevamos una vida casi monástica; para seguirla es necesario, a menudo, renunciar a algo.

Pero para el artista no probado ese es un acto de fe muy grande.
Es un acto de fe. Pero una de las características distintivas de un talento es el coraje de tenerlo. Si los artistas jóvenes no tienen el coraje, no hay nada que hacer. Fracasarán, del mismo modo que fracasan las personas sin coraje en otras vocaciones en otras esferas de la vida. El coraje es el primer requisito esencial.

Sus libros: Judas en flor (1930), Hacienda (1934), Vino de la luna (1937), Caballo pálido, jinete pálido (1939) y Relatos completos (1965), Artículos completos y escritos ocasionales, La nave del mal (1962), El error interminable (1977).

Esta entrevista a Katherine Ann Porter, realizada por Barbara Thompson, forma parte de una serie publicada por The Paris Review en 1953 y recogidas posteriormente bajo el título Writers at work por the Viking Press. La traducción al castellano 

Fuente

Álbum (cuento), Alberto Chimal


Un cuento tomado de Éstos son los días (2004).


La cara de su madre. La muñeca que arrojó por la ventana. El libro que quemó. La pecera que vació en la sala. La muñeca a la que arrancó las piernas. Su primer psiquiatra. El tazón con el que golpeó a su madre. Su niñera poco antes de marcharse. Su abuela materna poco antes de marcharse. Su padre poco antes de marcharse. La cara de su madre. El gato al que metió en el horno. Su segundo psiquiatra. Su primer kinder. El niño al que pateó. Su tercer psiquiatra. La trenza cortada de su compañera. El rincón en el que estuvo castigada. La cara cortada de su compañera. Su cuarto psiquiatra. Su segundo kinder. El perro al que destripó. La silla a la que fue atada. El brazo en cabestrillo de su madre. El brazo en cabestrillo de su maestra. El brazo en cabestrillo de su quinto psiquiatra. Su tercer kinder. El niño que la golpeó. Un trozo de la oreja del niño que la golpeó. Su cuarto kinder. La denuncia en su contra. El bolso de su madre. El director de la primaria que no quiso admitirla. La cara de su madre. El director de la segunda primaria que no quiso admitirla. La tarjeta de débito de su madre. El director de la primaria que aceptó admitirla. La niña a la que trató de ahogar en un excusado. La niña a la que empujó por las escaleras. La carta en su contra de los padres de sus compañeros. La cara de su madre. Un hombro desnudo de su madre. El director de la segunda primaria que aceptó admitirla. El suéter de su compañero desaparecido. El cuerpo de su compañero desaparecido. La cara de su madre. La patrulla que fue a buscarla. La cara de su madre. El autobús que abordó con su madre. El primer motel donde durmió con su madre. El incendio del primer motel donde durmió con su madre. El boletín con la foto de su madre. La cara de su madre. El segundo motel donde durmió con su madre. El bebé que resistió tres días en el cuarto donde durmió con su madre. La cara de su madre. El tercer motel donde durmió. El teléfono que su madre trató de usar. La cara de su madre. Un ojo de su madre. La lengua de su madre. El otro ojo de su madre. El coche del hombre que la recogió en la carretera. La primera comentarista que habló de ella en la televisión. El coche del segundo hombre que la recogió en la carretera.

copyright © Alberto Chimal, México, 2004

Antieros, Tununa Mercado

Comenzar por los cuartos. Barrer cuidadosamente con una escoba mojada el tapete (un balde con agua debe acom­pañar ese tránsito desde la recámara del fondo y por las otras recámaras hasta el final del pasillo). Recoger la basura una pri­mera vez al terminar la primera recámara y así sucesivamente con las otras. Regresar a la primera recámara, la del fondo, y quitar el polvo de los muebles con una franela húmeda pero no mojada. Sacudir sábanas y cobijas y tender la cama. La colcha debe cubrir la almohada, bajo la cual se pone el pijama o el camisón del durmiente. Poner en orden las sillas y otros ob­jetos que pudieran haber sido desplazados de su sitio la víspe­ra (siempre hay una víspera que "produce" una marca que hay que subsanar). Un primer recorrido habrá permitido rescatar vasos, tazas, botellas, ropa sucia, depositados sucesivamente en la cocina y el lavadero. Pasar al segundo cuarto que ya ha­brá sido barrido como los otros, el pasillo, y los baños que dan a él. Repetir allí las acciones llevadas a cabo en el anterior: sa­cudir el polvo, airear las sábanas y cobijas, tender la cama con las sábanas bien estiradas (el pliegue es un enemigo), alisar la almohada luego de esponjarla, entrar bien las sábanas y cobi­jas debajo del colchón; en el ángulo de cada uno de los pies, la ropa de cama debe ser entrada en dos etapas, primero ha­cia la derecha y luego hacia la izquierda y viceversa –depende del lado en cuestión– para formar un pico que se correspon­derá geométricamente con el ángulo. El estado óptimo: la ten­sión del lienzo debe ser como la de los bastidores del bordado. En el tercer cuarto predisponerse a tender una cama matrimonial; calcular por lo tanto los movimientos para eco­nomizar el máximo de tiempo posible. La operación de entrar la sábana de abajo y luego la segunda sábana debe hacerse, más allá de toda lógica, por separado; la astucia de plegarlas juntas produce un efecto que no deja dormir en toda la noche. La economía debe consistir, más bien, en agotar el mayor número de operaciones en un lado antes de pasar al otro. Una vez finalizada la etapa de la limpieza y arreglo de las recáma­ras echar un vistazo a cada una para ajustar cualquier detalle que hubiera podido ser dejado de lado; corregirlo; dejar apenas entreabiertas las persianas, la ventana entornada, las cortinas corridas. Gozar un instante, por turno, en el vano de la puer­ta de cada habitación, el quieto resplandor que segrega el in­terior en la semipenumbra. En los baños, tallar con pulidores especiales todo lo que sea mayólica y azulejos. Abrir la llave del agua caliente para lograr vapor, el mejor limpiador de es­pejos. Frotar y frotar hasta sacar brillo, aromatizar con pro­ductos especiales –nunca con el puro cloro, que despide olor a miseria–; reacomodar jabones, jaboneras, botellas de cham­pú, de acondicionadores, potes de crema y cosméticos, dejando fuera de los botiquines la menor cantidad de elementos. Doblar correctamente las toallas, combinando entre la de ba­ño y la de la cara, el color más afín. (Quien limpia no debe mirarse en el espejo.) Fregar el piso, verificar si falta papel, no dejar un solo pelo en ninguno de los artefactos del baño, ni siquiera en los peines y cepillos. Pasar luego a la sala. Recoger todo lo que esté tirado, barrer con un escobillón y pasar des­pués una franela con algún lustrador, solamente para rectifi­car el encerado (tarea que debe realizarse una vez por mes en forma total y que diariamente sólo admite un retoque); qui­tar con un plumero el polvo de los libros y de las hojas de las plantas (éstas también requieren una limpieza profunda cada diez o más días); reubicar, ordenar, meticulosamente dar cier­ta armonía a la disposición de los objetos sobre los estantes, los aparadores, los trinchantes, las vitrinas y todo el mobilia­rio; sacudir los cortinados, darles aire para que queden renovados, con una buena caída. Dar forma a los cojines, estirar perfectamente las alfombras y las carpetas; poner un gran cui­dado en regar las plantas sin desparramar agua. Quitar el pol­vo de los marcos de los cuadros; si hubiera una mancha sobre los vidrios rociarlos con un poquito de limpiador ad-hoc y pa­sar encima una gamuza seca; sacudir también los vanos de las puertas y ventanas, los alféizares, las alfarjías; con un cepillo sacar la tierra de las alforzas. Con un estropajo seco sacarle brillo al parquet. Si los cobres y platas estuvieran tristes darles una pasadita; si las caobas tuvieran la palidez de la depresión, levantarlas con un poco de lustrador. En el sillón más muelle, el de pana verde de preferencia, tenderse unos instantes con un pequeño cojín en el cuello y, desde ese lugar, entregarse a la visión de un espacio deslumbrante, con las cor­tinas a medio cerrar y las ventanas abiertas que dejan pasar, por entre las plantas y los linos, una brisa llena de aromas. En­tretanto habráse puesto en el fuego a hervir un agua, no cual­quier agua, sino la justa y necesaria para echar los huesos del puerco con algunas verduras pertinentes: cebollas de verdeo, hinojos, apio, culantro, tomillo, laurel y mejorana: esta agua hierve a olla y puerta cerrada, lejos de esa atmósfera pura de limpieza que exalta los sentidos en la sala, a mediados del día, cuando la gente se esmera en sus oficinas o se desespera en sus automóviles yendo a las citas de negocios. La brisa ondea el voile pero apenas consigue mover las cortinas, anudadas con un cordón dorado a cada lado del ventanal, en bandeaux. Sa­carse los zapatos para sentir la frescura cálida del terciopelo. Llevar la mano derecha suavemente desde la pantorrilla hasta el muslo y acariciarla, confirmando que esa piel puede perfec­tamente competir con la pana; no subir más arriba la mano; desprenderse la blusa y dejar unos momentos los pechos al ai­re, erguirse y, con la mano en jarras, mirarse el perfil en el es­pejo del fondo de la vitrina, por entremedio de las copas de cristal. Salir de la sala y, previamente, cerrar la camisa, aboto­narla y reacomodar los pliegues de la falda bajo el delantal. Entrar en la cocina, humeante por los huesos que hierven a todo vapor en la olla y cuyo destino es sólo convertirse en ba­se para algún otro manjar. Echar el polvo detergente en un re­cipiente de plástico, el que se usa de costumbre, y hacer una mezcla espumosa con agua caliente; lavar los trastos del desa­yuno: tazas, jarritas, cucharas, cuchillos, platos, todo lo que hubiese sido retirado de la mesa y acumulado en la pileta. Pensar una vez más, como todos los días, que es una lástima no poder usar guantes de hule, aceptando, por consiguiente, el deterioro que los detergentes producen en la piel (hongos incluidos); usar las fibras que el objeto requiera: zacate, lana de aluminio o simplemente esponja. No dejar el trapito que se usa para secar la mesada colgado del mezclador de agua; no queda bien en el orden de la cocina. Limpiar las hornallas, raspar, pulir, frotar hasta dejar todo como un espejo. Sobre los azulejos, pasar un trapo con limpiador en polvo; ir acumulando la basura en un bote pequeño, que después será volcada en el mayor, debidamente protegido con una bolsa grande de plástico o con un forro de papel de diario confeccionado a esos efectos. Pasar el trapo por el piso; una y dos veces, escu­rriendo y chaguándolo cada vez. Ordenar, sobre todo ordenar; guardar en los armarios todo lo que esté afuera; reacomodar las cosas en el refrigerador. Saber, por ejemplo, que una beren­jena, como en el viejo cuento, puede estar arrinconada en el fondo, como bola de toro de exportación; que las zanahorias pueden tener un destino fálico, arrojadas a la puerta de un lu­panar y recubiertas de un opaco preservativo; que los pepinos pueden servir a la muchacha de las historias inmorales en sus ceremonias narcisistas; que el hongo más lúbrico no puede compararse con la morilla que el profesor de lingüística fran­co ruso le propuso a su colega franco alemana en una sesión amorosa vegetal; que las verduras y las frutas —salsifíes, nabos, mangos paraíso y petacones, semillas de mamey, chiles an­chos, pasillas y mulatos, chilacayotes y chayotes, pitayas y camotes— pueden ser el contenido secreto de la valija del viajante que anda de pueblo en pueblo ofreciéndose para ciertas prácticas que responden a vicios particulares.
Saber todo esto, mientras la olla echa humos que ascien­den al tuérdano, aunque ese tuérdano haya sido reemplazado por una enorme campana con luces y tragaires que le chupan la conciencia a los alimentos. Después arremeter con la cebo­lla, la reina, picarla pertinazmente desde arriba e ir logrando los pedazos más diminutos con ese sistema que, por milagro, puede hasta hacerla desaparecer bajo la hoja del cuchillo; rehogarla en el fuego lentamente, dejando apenas que se dore. Sobre esa base construir el gran edificio, con la carne dejada en pesadumbre durante noche y día, los jitomates, los ajos quemados hasta la extenuación para extraerles toda el alma, la sustancia hecha papilla (¿por qué los ajos tienen que desapa­recer? ¿por qué?), las hierbas, ajedrea predominante, y la copi­ta que se bebe a medida que con ella y otra y otra se alimenta el cuerpo receptivo de la carne por impregnación, macera­ción, "mijotage". El tiempo transcurre agigantando los granos del arroz, creando espumas suplementarias en la superficie del caldo, dejándose invadir por los olores de las hierbas cada vez más despojadas de su esencia, meros tallos, escasas nervaduras que intentan sobrevivir al máximo de sí que se les exprime. Nadie, ningún extraño puede irrumpir en esta sesión en la que todo se hace por hábito pero en la que cada detalle em­pieza de pronto a cobrar un sentido muy peculiar, de objeto en sí, de objeto que se dota de una existencia propia, para no decir prodigiosa. El aceite cubre la superficie de los aguacates pelados, resbala por su piel y se chorrea sobre el plato; el ajo expulsado de su piel con el canto del cuchillo deja aparecer una materia larval; la sangre brota de la carne y, correlativamente, produce una segregación salival en la boca; el limón despide sus jugos apretado por los dedos; la piel de los garban­zos se desliza entre los dedos y el grano sale despedido sobre la fuente; la leche se espesa en la harina de la salsa; el huevo sale de su cáscara y deja ver su galladura; la pasta amasada en forma de cilindro se estira sobre la mesa y rueda bajo la pal­ma de la mano; al calamar le salta, por acción de los dedos, una uña transparente de su mero centro; a la sardina le brota un pececito del vientre; la lechuga expulsa su cogollo. Volver a desabotonarse la blusa y dejar los pechos al aire y, sin mu­chos preámbulos, como si se frotara con alguna esencia una endivia o se sobara con algún aliño el belfo de un ternero, cu­brir con un poquito de aceite los pezones erectos, rodear con la punta del índice la aureola y masajear levemente cada uno de los pechos, sin restablecer diferencias entre los reinos, mez­clando incluso las especies y las especias por puro afán de ve­rificación, porque en una de esas a los pezones no les viene bien el eneldo, pero sí la salvia. Dejar que los fuegos ardan, que las marmitas borboteen sus aguas y sus jugos y que la campana del tuérdano absorba como un torbellino los vahos. Apagar y, en el silencio, percibir con absoluta nitidez el ruido de la transformación de la materia. Rememorar que adentro, todo está listo, que no hay nada que censurar, que en cada si­tio por el que pasaron las escobas y los escobillones, las jergas y los estropajos, todo ha quedado reluciente, invitando al reposo y a la quietud del mediodía; confirmarse también, y una vez más que, salvo algún proveedor a quien no hay que abrirle, nadie vendrá a interrumpir la sesión hasta casi las cuatro de la tarde. Poner, no obstante, el pestillo de seguridad en la puerta; quitarse lisa y llanamente la blusa y, después, la falda. Quedarse sólo con el delantal, mientras, con diferentes cucha­ras, probar una y otra vez, de una olla y la otra, los sabores, rectificándolos, dándoles más cuerpo, volviendo más denso su sentido particular. Con el mismo aceite con que se ha freído algunas de las tantas comidas que ahora bullen lentamente en sus fuegos, untarse la curva de las nalgas, las piernas, las pan­torrillas, los tobillos; agacharse y ponerse de pie con la preste­za de alguien acostumbrado a gimnasias domésticas. Reducir aún más los fuegos, casi hasta la extinción y, como vestal, pa­rarse en medio de la cocina y considerar ese espacio como un anfiteatro; añorar la alcoba, el interior, el recinto cerrado, prohibidos por estar prisioneros del orden que se ha instaurado unas horas antes. Untarse todo el cuerpo con mayor meti­culosidad, hendiduras de diferentes profundidades y carácter, depresiones y salientes; girar, doblarse, buscar la armonía de los movimientos, oler la oliva y el comino, el caraway y el curry, las mezclas que la piel ha terminado por absorber trastornando los sentidos y transformando en danza los pasos cada vez más cadenciosos y dejarse invadir por la culminación en medio de sudores y fragancias.

Fuente: http://www.lamaquinadeltiempo.com/contempo/mercado1.html

Palabras de Bienvenida a nuestro Taller 2011

Se inicia el ciclo 2011 de nuestro Taller de Lectura, cuya modalidad se parece más a un Club de lectura, espacio de libertad y reunión con la literatura, donde cada uno, independientemente de toda crítica literaria consagrada, aprende a desarrollar su mirada sobre los textos, la propia e intransferible, teñida de su visión del mundo, modificada y transformada a través de esa interacción, ese diálogo y esa búsqueda que siempre se establece entre el lector y la obra. 
En ese encuentro salimos enriquecidos y a la vez aportamos un sentido nuevo al texto, esa reunión de miradas y reflexiones es la que nutre este taller. 
Este año iremos al encuentro de nuevos autores, armaremos nuestra biblioteca con los libros que traemos en nuestro camino de lectores. Dedicaremos un tiempo especial a la narrativa escrita por mujeres. El cuento será nuestro género preferido y también podemos animarnos a leer una novela corta. Irán apareciendo en este blog, los textos que abordaremos y/o su listado para ir formando nuestra propia Biblioteca Digital. Si recorren las entradas del blog encontrarán ya, un buen número de autores y relatos. 
Esperamos que disfruten de estos encuentros a lo largo del año.