Un sillón de terciopelo verde, un hombre que lee una novela, un ventanal que da al bosque de robles, una amenaza, un relato dentro de otro que se multiplica hasta el infinito. Nos pareció una buena metáfora, un buen nombre para un taller de lectura. Además de un homenaje a Cortázar y a su magnifico cuento "Continuidad de los parques". Así que recostémonos en este cómodo sillón y comencemos nuestra tarea placentera libro en mano.

Un cuento de Felisberto Hernández

El vestido blanco

I

Yo estaba del lado de afuera del balcón. Del lado de adentro, estaban abiertas las dos hojas de la ventana y coincidían muy enfrente una de otra. Marisa estaba parada con la espalda casi tocando una de las hojas. Pero quedó poco en esta posición porque la llamaron de adentro. Al poco Marisa salía, no sentí el vacío de ella en la ventana. Al contrario. Sentí como que las hojas se habían estado mirando frente a frente y que ella había estado de más. Ella había interrumpido ese espacio simétrico llena de una cosa fija que resultaba de mirarse las dos hojas.

II

Al poco tiempo yo ya había descubierto lo más primordial y casi lo único en el sentido de las dos hojas: las posiciones, el placer de las posiciones determinadas y el dolor de violarlas. Las posiciones de placer eran solamente dos: cuando las hojas estaban enfrentadas simétricamente y se miraban fijo, y cuando estaban totalmente cerradas y estaban juntas. Si algunas veces Marisa echaba las hojas para atrás y pasaban el límite de enfrentarse, yo no podía dejar de tener los músculos en tensión. En ese momento creía contribuir con mi fuerza a que se cerraran lo suficiente hasta quedar en una de las posiciones de placer: una frente a la otra. De lo contrario me parecía que con el tiempo se les sumaría un odio silencioso y fijo del cual nuestra conciencia no sospechaba el resultado.

III

Los momentos más terribles y violadores de una de las posiciones de placer, ocurrían algunas noches al despedirnos. Ella amagaba a cerrar las ventanas y nunca terminaba de cerrarlas. Ignoraba esa violenta necesidad física que tenían las ventanas de estar juntas ya, pronto, cuanto antes. En el espacio oscuro que aún quedaba entre las hojas, calzaba justo la cabeza de Marisa. En la cara había una cosa inconsciente e ingenua que sonreía en la demora de despedirse. Y eso no sabía nada de esa otra cosa dura y amenazantemente imprecisa que había en la demora de cerrarse.

IV

Una noche estaba contentísimo porque entré a visitar a Marisa. Ella me invitó a ir al balcón. Pero tuvimos que pasar por el espacio entre esos lacayos de ventanas. Y no sabía qué pensar de esa insistente etiqueta escuálida. Parecía que pensarían algo antes de nosotros pasar y algo después de pasar. Pasamos. Al rato de estar conversando y que se me había distraído el asunto de las ventanas, sentí que me tocaban en la espalda muy despacito y como si me quisieran hipnotizar. Y al darme vuelta me encontré con las ventanas en la cara. Sentí que nos habían sepultado entre el balcón y ellas. Pensé en saltar el balcón y sacar a Marisa de allí.

V

Una mañana estaba contentísimo porque nos habíamos casado. Pero cuando Marisa fue a abrir un roperito de dos hojas sentí el mismo problema de las ventanas, de la abertura que sobraba. Una noche Marisa estaba fuera de la casa. Fui a sacar algo del roperito y en el momento de abrirlo me sentí horriblemente actor en el asunto de las hojas. Pero lo abrí. Sin querer me quedé quieto un rato. La cabeza también se me quedó quieta igual que las cosas que habían en el ropero, y que un vestido blanco de Marisa que parecía Marisa sin cabeza, ni brazos, ni piernas.

Príncipe de los vikingos, Isidoro Blaisten

Por fin íbamos a conocer al ingeniero Toguilner.
Mi hermana Paulina había insistido tanto que, por fin, mi cuñado se había animado a invitarlo y el domingo dieciséis de octubre el ingeniero Toguilner iba a “bajar especialmente a Buenos Aires” para venir a almorzar a casa.
Mi hermana Paulina había hecho un círculo con una de mis pinturitas en el cuadrado rojo del almanaque de los Grandes Almacenes Raggio que estaba en la cocina, colgado en la pared, al lado de la heladera. Un gran círculo rojo, y se ve que mi hermana estaba nerviosa cuando lo hizo porque el círculo llegaba a tocar hasta el nueve del año mil novecientos cuarenta y nueve, el nueve del final. Todas las mañanas, durante quince días, mientras tomaba la leche, yo miraba y miraba ese círculo rojo en el almanaque y sentía que aumentaba la ansiedad.
Dos semanas antes, al volver de “campaña”, mi cuñado trajo la gran noticia: el ingeniero Toguilner había “accedido”. “Accedió, vieja. Viene el domingo dieciséis. Fijate vos qué deferencia. Es una distinción. Mirá si no hay agrimensores en Vialidad, mirá si le faltan invitaciones. Y, sin embargo, baja especialmente a Buenos Aires para venir a almorzar a casa.”
Mi cuñado decía que el ingeniero Toguilner era una lumbrera; el agrimensor Escofet decía que era una mente superior; y el contratista Filipussi, que lo mejor que había hecho el ministro hasta ahora había sido poner al frente de la División al ingeniero Toguilner. Únicamente el ingeniero Niscobolos decía que no era para tanto. “No es para tanto, agrimensor”, decía el ingeniero Niscobolos cada vez que hablaban del ingeniero Toguilner. Entonces mi cuñado le contestaba: “Vamos, vamos, ingeniero, no reguemos fuera del tiesto: el ingeniero Toguilner es un cerebro privilegiado”.
Mi cuñado, el agrimensor Escofet, el contratista Filipussi y el ingeniero Niscobolos estaban construyendo el “camino de cintura” a Pigüé, y todos, salvo el ingeniero Toguilner, que vivía en el chalecito alquilado para los jefes de División, “pernoctaban” en el hotel Gran Pigüé. Trabajaban en el campamento de Vialidad y cada dos semanas “arribaban” a campaña y, cada dos semanas, cuando bajaban a Buenos Aires, venían a almorzar a casa. El único que nunca bajaba a Buenos Aires era el ingeniero Toguilner que vivía solo en el chalecito de los jefes.
El día de la gran noticia, después de la siesta, en el cuaderno de tapa dura, encuadernado con papel marmolado, que estaba encima de la heladera, y que mi cuñado traía de Vialidad y que mi hermana Paulina usaba para llevar los gastos de la casa y donde además ponía las recetas de cocina, mi cuñado le había hecho anotaciones de “la planificación” con su letra perfecta, y además dibujada con vectores. La había dividido en tres grandes rubros, a saber: limpieza - casa; aseo y ornamentación; y  almuerzo 16: acopio y ejecución. En el acopio, el vector señalaba los productos no perecederos para arriba; en la palabra ejecución, el vector señalaba los productos perecederos para abajo. Mi hermana miraba el cuaderno todas las mañanas y se ponía nerviosa. Había decidido hacer tres tortas distintas como postre pero cada día cambiaba de idea y me hablaba como si yo entendiera. Pasó del gâteau a la borracha, del imperial ruso al almendrado, de una de frutas con capas superpuestas a otra de chocolate que no tenía nombre.
Todos esos días me los pasé haciendo mandados y yendo y viniendo de Al Gran Visir. Traje vainillas para el dulce de leche, vainillas para la torta, coco rallado, chocolate para cobertura, canela en rama, nueces peladas, nueces moscadas, grageas de colores, grageas plateadas y orejones. Recién el sábado quince compré el dulce de leche, la crema y todo lo que era perecedero.
A todo esto, mis valientes, pese a que yo les había transmitido la gran noticia, venían todos los días a tocarme el timbre. Lo que pasaba era que ya habían robado las perchas de sus casas y esperaban mis instrucciones. Yo me cansé de prometerles que después del ingeniero Toguilner íbamos a construir las ballestas con las perchas y que, hasta que no llegase ese momento, debían permanecer ocultos en los acantilados, junto a la piedra del sacrificio.
En el baldío de Pujol, sobre la tierra seca, con una ramita, yo les había dibujado a mis vikingos la estructura de la ballesta. Era cuestión de robar de la casa una percha en forma de T y con tres clavitos y el elástico de bombachas teníamos la ballesta. Los dos clavitos en el brazo menor de la T aseguraban la “direccionalidad” de la flecha.
Cuando nosotros nos mudamos a ese barrio, lo que ahora eran mis valientes, mis vikingos, no eran más que una manga de paparulos, unos chitrulos y pajarones que a lo único que sabían jugar era a sentarse en la vereda a ver quién escupía más lejos. Cuando yo vi a lo que jugaban me quise morir. Eran juegos de nenas, de preguntas idiotas: “Si tu papá mata un chancho, ¿vos te asustás?”. Había que juntar las manos como un nadador que nada estilo pecho, llevar las manos hasta la cara del otro, rápidamente, y rápidamente separar las manos antes de tocar la cara. El otro no debía pestañear. Después estaba “el serio”. Jugar “un serio” consistía en quedarse mirando fijamente. El que se reía primero perdía. Yo había descubierto el baldío de la calle Pujol y allí los convertí en vikingos, allí los juramenté y allí, entre las toscas, descubrí la piedra del sacrificio.
Después de la gran noticia, el lunes a la mañana, bien temprano, mi cuñado salió a campaña en el Morris y a la noche mi hermana Paulina recibió el telegrama. Cuando mi cuñado salía a campaña, apenas llegaba al punto de destino, lo primero que hacía era mandar el telegrama. El telegrama siempre decía: “Arribé satisfactoriamente”. Mi hermana los coleccionaba. Los ponía por fecha en la lata de galletitas, la lata vacía de Tentaciones de Bagley que escondía en el tercer cajón del bargueño, detrás del álbum de las fotos, junto al paquete de las cartas que estaba envuelto en una cinta de seda de color granate y que mi cuñado le había mandado cuando estaban de novios y él estudiaba en Córdoba. Dos veces, cuando yo estaba pintando el huevo gigante y fui a cambiar el agua para la témpera, la vi llorar a mi hermana Paulina leyendo los telegramas.
Pero cuando mi cuñado volvía de campaña, volvía sin avisar. Paraba el Morris frente a la puerta, que era entrada de garaje, y empezaba a los bocinazos, hasta que mi hermana, después de pegar el grito, después de sacarse el delantal, después de arreglarse el pelo frente al espejo del perchero, después de llamarme a mí para que le ayudase a abrir, corría.
Después yo tenía que ayudar a sacar las cosas perecederas que mi cuñado traía en el baúl. Mi cuñado traía de campaña queso de chancho, crema de campo, manteca salada, vino patero, mamones y corderitos y costillares (envueltos en la bolsa blanca, de harina), y dulce de tuna en el gran frasco de vidrio. Algunas veces traía una mulita. La vez que trajo el huevo gigante fue “todo un acontecimiento”. Era un huevo de avestruz y mi hermana hizo el omelette gigante. Mi hermana le había hecho dos agujeritos al huevo, uno en cada punta, y la cáscara del huevo gigante quedó intacta y yo lo pinté. Primero dibujé con lápiz al gaucho y a la china bailando el pericón (copiado del Billiken del número especial del 9 de Julio) y después lo pinté con témpera. Me salió tan bien que mi hermana lo puso arriba del piano, encima del mantón de Manila. La vez que mi cuñado trajo el faisán, yo rescaté cinco plumas, una para mí y cuatro para mis valientes vikingos.
El sábado a la mañana, mi cuñado organizaba la compra quincenal de los productos no perecederos. La compra quincenal se hacía en los Grandes Almacenes Raggio. “Todo lo que no es materia perecedera debe ser comprado quincenalmente”, decía mi cuñado. Y quincenalmente íbamos, “hacíamos acopio” y cargábamos en el baúl del Morris todo lo que venía en latas, desde latitas de azafrán hasta arvejas al natural, pasando por los tomates “perita” y los duraznos en almíbar. Mi hermana Paulina se ponía furiosa cuando le querían dar caballa en lugar de atún y cazón en vez de bacalao. Decía que el vendedor era un farsante y un agiotista. Y mientras mi cuñado recorría los estantes, yo la llamaba aparte a mi hermana y le decía al oído que le dijese que no se olvidara del dulce de membrillo. Era la lata de La Gioconda.
Ya en casa, cuando mi cuñado iba girando el abrelatas en un círculo perfecto, yo volvía a pedirle que no tirase la tapa, que me la diese a mí. “¿Para qué la querés?”, volvía a preguntarme mi cuñado. “Para dibujarla”, decía yo, “para copiar el dibujo”. Entonces mi cuñado volvía a explicarme que la mujer que estaba mano sobre mano en la tapa del dulce de membrillo era La Gioconda, también llamada Mona Lisa, y había sido reproducida en la lata mediante el método conocido como litografía y que lito quería decir “piedra” y que Leonardo era una mente superior, un cerebro privilegiado.
Mi hermana decía que tuviese cuidado, que me podía cortar. En realidad, yo no quería la tapa para dibujarla, la quería para descabezar flores del jardín de los Magallanes. A la Gioconda la había dibujado ya muchas veces, pero con las tapas circulares hacíamos los torneos con mis valientes.
Los discos afilados, el arma secreta de los vikingos, había sido idea mía, y con ella descabezábamos rosas. Yo proveía las tapas y cada uno de mis valientes había robado de su casa “el protector”. Ya el Chochi se había cortado una vez, de manera que yo di la orden de usar los protectores. Fue así como el petiso, que tenía una hermana que trabajaba en la radio, se consiguió una pinza de cejas que servía para sostener y lanzar las Giocondas contra el jardín de los Magallanes. Salomón trajo un guante de lana; Tito, uno de cuero, finito, largo hasta el codo, que le había sacado a la madre. El Chochi y yo teníamos pinzas de electricista.
El Chochi era grandote. Tenía un echarpe colorado, largo y colgante. No jugaba bien a la pelota y creo que él lo sabía, por eso no se enojaba cuando lo mandaban al arco. Cada vez que atajaba un penal - de lo más pavote, a doce pasos y con pelota de goma -, gritaba : “¡El primer deportista!”. Yo creo que era muy pesado y mi hermana, cada vez que lo veía, decía: “Este chico debe tener pie plano”. Si bien no era bueno ni para el balero ni para el yo-yo, había que reconocerle que era el mejor en el arroje de las Giocondas. El padre era electricista y el Chochi manejaba la pinza como ninguno. Con una sola mano (yo tenía que usar las dos). No era nada fácil abrir la pinza justo en el momento del arroje, justo cuando se daba el impulso. A veces la tapa se podía escapar con pinza y todo. Pero el Chochi mandaba las Giocondas “con efecto” y la rosa cortada saltaba en el aire y la tapa de la lata seguía su trayectoria y llegaba hasta la calle, atravesando el cerco de ligustros.
En eso era un crack, pero yo hice mal en nombrarlo capitán de las Giocondas porque enseguida se las pilló y quiso sacarme el mando de Príncipe. Era un farsante y aprovechaba que yo no podía ir al baldío por lo del ingeniero Toguilner, para decirles a mis valientes que lo de las ballestas era puro tongo, que la piedra del sacrificio era muy baja, y que los acantilados no eran más que un montón de toscas podridas, y que vikingos era una palabra extranjera.
El acopio, la compra quincenal de los productos no perecederos, lo empezaba a organizar mi cuñado el sábado a la media mañana, mientras mi hermana preparaba el almuerzo. En la mesada de la cocina tenía preparado su vermucito y, entre sorbo y sorbo, iba y venía del socucho verificando los productos faltantes para reponerlos. Con el bloc de Vialidad en la mano, iba y venía, consultaba con mi hermana y anotaba.
Después del almuerzo se dormía la siesta y después de tomar la leche íbamos en el Morris a los Grandes Almacenes Raggio. Regresábamos a casa a eso de las ocho y entonces mi cuñado hacía separar la alimentación de la higiene.
Mi hermana hacía una primera clasificación sobre la mesa del comedor diario y, mientras yo le cebaba mate, mi cuñado iba acomodando en el socucho (que estaba debajo de la escalera) todos los productos no perecederos: a la izquierda, la alimentación; a la derecha, la higiene. A la derecha iba apilando el jabón Sunlight, las cajitas de Kolynos, la lata de acaroína, el desinfectante Listerine y el jabón Rádico de Salles. Al llegar a esta caja, decía el versito: “¡Qué barato y cuánto vales, jabón Rádico de Salles!”. Mi cuñado decía versitos. Mi hermana Paulina cantaba, pero mi cuñado decía versitos. En voz baja, como si fueran sólo para él. Cuando manejaba el Morris y se concentraba, decía: “Una vez fuimos tres/al palacio del inglés./ El inglés tiró la pata/ y mató a cuarenta y tres”. En cambio, cuando subía o bajaba las escaleras, repetía muchas veces seguidas: “Carhué cuarenta, Carhué cuarenta”. A mí me había enseñado que cuando uno viaja en tren había que repetir muchas veces, siguiendo el compás de las ruedas: “Cinco pesos, poca plata; cinco pesos, poca plata”. Pero creo que el que más le gustaba (y por eso siempre lo decía cuando venían visitas) era: “Chi sa non fa; chi fa non sa; chi può non vo; chi vo non può e così il mondo va”.
 A medida que se iba aproximando el domingo dieciséis de octubre, mi hermana se iba poniendo más y más nerviosa. A cada rato se acordaba de algún producto que le faltaba para las tres diferentes tortas que tenía planificadas y yo tenía que estar preparado para el acopio. Fui y volví de Al Gran Visir infinidad de veces y yo me daba cuenta de que estaba nerviosa porque no cantaba. No pudimos arrojar Giocondas ni tomar por asalto el castillo de Ulfrún como yo tenía planificado y apenas si pude ver a mis valientes. Lo único que alcancé a hacer una tarde, mientras traía el coco rallado, fue juramentar a mis vikingos alrededor de la piedra del sacrificio. Los hice subir sobre los cascotes y levantar las plumas de faisán y hacer el juramento. Ellos siempre me estaban esperando y yo les dije que debían permanecer ocultos junto a los acantilados. Tuve que hacer mutis por el foro y volver a prometerles que después del ingeniero Toguilner íbamos a construir las ballestas con las perchas que habían robado de sus casas.
Por fin llegó el domingo dieciséis de octubre. Mi hermana había limpiado y desinfectado toda la casa y había encerado los mosaicos del garaje. Había sacado las fundas de todos los sillones y yo las había llevado (de a poco) a la tintorería de don Anakaito, a quien llamábamos don Ana; había abonado todas las plantas y yo tuve que ir un montón de veces a La Germinadora; había dado vuelta los elásticos de las camas que mi cuñado bajó con sogas por la terracita, pese a que yo había propuesto el sistema de poleas. Yo fui el encargado del arroje del agua hirviendo. Traje, llevé y tiré más de cien pavas pero no pude matar ni una sola chinche. Mi hermana había puesto acaroína en todas las rejillas y había ido “de lo simple a lo complejo”, como decía mi cuñado. En la segunda etapa, utilizó Fluido Manchester. El arroje del ácido muriático en los inodoros fue todo un acontecimiento. Yo me había ofrecido a efectuarlo pero mi hermana me dijo que era peligroso y no me dejó. De cualquier forma, el espectáculo de la espuma corrosiva era impresionante. Los inodoros quedaron relucientes. Yo le dije que ése era el método para hacer desaparecer cadáveres, pero mi hermana parecía no escucharme. Pensé que algo habría que hacer con el ácido en el baldío de Pujol. Pensaba dejar turulatos a mis valientes. Sólo era cuestión de llevar los guantes y la escobita y, como decía mi cuñado, “evitar su ingestión”.
Mientras mi cuñado se estaba bañando, a la mañana temprano, tocaron timbre. Me quise morir, era el señor Magallanes. Lo vi desde el perchero. Por suerte fue mi hermana quien abrió la puerta. Hice mutis por el foro y me escondí en el balcón. Escuché todo. El señor Magallanes traía en la mano una rosa cortada y sobre el diario sin abrir una tapa de La Gioconda. El señor Magallanes era ferroviario y cuando se ponía a hablar no lo paraba ni Dios. Decía que éramos todos muñecos y que un ser superior rige nuestros destinos. El señor Magallanes la saludó a mi hermana sacándose el gorrito “Pochito” que usaba para cultivar el jardín y le preguntó si ella establecía alguna relación entre el extraño adminículo y la rosa cortada. Mi hermana, que lo único que quería era sacárselo de encima, le dijo que no establecía ninguna. El señor Magallanes le dijo que desde un considerable tiempo atrás notaba rosas cortadas en su jardín, que los cortes eran netos y nítidos y que ese pedazo de lata le llamaba profundamente la atención. Mi hermana dijo que podría ser producto de la casualidad y que en los tiempos que corrían había gente baja y dañina. “Ya lo creo, señora”, dijo el señor Magallanes. “Pero no se preocupe, somos todos muñecos.” Y le presentó sus respetos a ella y mandó un gran saludo para el agrimensor.
En cuanto se fue bajé corriendo del balcón y me fui a la cocina, que estaba atestada de cosas. Cuando entró mi hermana lo primero que le dije fue si no necesitaba que le hiciese algún mandado de último momento y si no quería que le sacase lustre al garaje. Me ofrecí a ayudarla a preparar la mesa.  Mi hermana dentro de sus nervios sonrió. Lo nerviosa que estaría que ni se acordó de la tapa de la Gioconda. En eso vi a mi cuñado bajando la escalera. Estaba recién bañado, recién afeitado, parecía contento, olía a loción colonia Atkinsons y repetía mientras bajaba: “Carhué cuarenta, Carhué cuarenta”.
Mi hermana empezó a preparar la mesa tres horas antes. En el centro puso el florero grande lleno de gladiolos de tres clases distintas, y aunque mi cuñado había citado para la una, a las doce y media empezaron a llegar, primero el agrimensor Escofet, después el contratista Filipussi y después el ingeniero Niscobolos. El agrimensor Escofet en el Pontiac, el contratista Filipussi en la chatita y el ingeniero Niscobolos en un taxi.
Todos le presentaron sus respetos a mi hermana, me acariciaron la cabeza a mí y se abrazaron con mi cuñado. Todos se abrazaron entre sí y se golpearon las panzas. Siempre que se encontraban en casa se golpeaban las panzas contentos, como si hiciese añares que no se veían. Mi hermana se disculpó, dijo que tenía que volver a la cocina, que mi cuñado los atendería y que no fueran pícaros, que no tocaran nada de la mesa hasta que no llegase el ingeniero Toguilner. Los tres dijeron: “Quédese tranquila, señora Paulina”, se rieron y se sentaron con mi cuñado a hablar de Vialidad alrededor del piano. A la una y cuarto, el ingeniero Toguilner todavía no había llegado. Mi hermana seguía llevando ingredientes a la mesa. El contratista Filipussi gritó como si estuviera en la cancha: “Nos pica el bagre, señora Paulina”, y todos se rieron. Mi cuñado dijo que, mientras esperaban, un vermucito no vendría mal y todos aplaudieron. Aunque no muy convencida, mi hermana accedió. Yo fui con ella a la cocina para ayudarle a traer ingredientes. A mí se me había ocurrido la idea de descarozar las aceitunas con la máquina de coser. Mi hermana tenía una aguja especial para hacer ojales que se calzaba a bayoneta en el cabezal de la Singer que hubiera venido al pelo. Yo calculé que metiendo una aceituna por vez en el dedal y sincronizando los movimientos con la máquina, podía llegar a descarozar dieciséis aceitunas en un minuto y medio. Pero mi hermana no me dejó. En eso sonó el timbre y todos gritamos: “¡El ingeniero Toguilner!”. Era. Llegó en un remise y le besó la mano a mi hermana. El ingeniero Toguilner traía cuatro botellas de vino, dos en cada paquete. Mi cuñado dijo: “Y éste es, Paulina, el famoso ingeniero Toguilner”. Mi hermana dijo que era un placer y que no tendría por qué haberse molestado. “No es nada, señora”, dijo el ingeniero Toguilner y mientras les daba la mano a los demás (pero sin golpearse la panza) mi hermana abrió los paquetes con muchos nervios y me dio el papel y los piolines a mí. Había estrujado y arruinado el papel de Los Dos Leones. “Abrilas, viejo”, dijo mi hermana. “Por favor, empiecen con el vermouth. No me esperen. Vení, nene.” Yo fui. Tiré los papeles. Ninguno de los leoncitos plateados había quedado presentable como insignia para mis vikingos. Mientras examinaba los piolines, un hilo Duncan buenísimo, mi hermana me dijo: “Por favor, nene, dejá eso. ¡Justo en este momento!”, y me miró como si gritara. Guardé los piolines para el yo-yo y me puse a llevar cosas a la mesa. Cuando puse los dos platos de cantimpalo, el ingeniero Toguilner me acarició la cabeza. Mi hermana, que traía una fuente con queso, morrones fritos, lupines hechos por ella y cueritos de chancho, le dijo que yo había pintado el huevo que estaba encima del mantón de Manila que estaba encima del piano. El ingeniero Toguilner dijo que yo era un artista en ciernes.
Al primer vaso de vermouth que le ofrecieron, el ingeniero Toguilner dijo que iba a proponer un brindis. Entonces todos se levantaron. Estaban sonrientes pero, cuando el ingeniero Toguilner dijo: “Brindo por la gran familia vial”, se dejaron de jarana y se pusieron serios. Todos chocaron los vasos con espuma y después se sentaron.
Cuando ya se habían tomado la botella entera de vermouth y casi media de la de fernet, mi hermana dijo que iba a traer más, pero el ingeniero Toguilner dijo que no, que el vermouth era un vino, que en Italia se tomaba puro, que mi cuñado había hecho muy bien en dejar las botellas destapadas, porque el vino requería un proceso de evaporación de gases antes de ser tomado. “Por lo menos veinte minutos destapado”, dijo. Mi cuñado sonrió y la miró a mi hermana. Mi hermana dijo: “La verdad que con usted se aprenden cosas, ingeniero”. “No es para tanto, señora”, dijo el ingeniero Toguilner y yo pensé que lo había dicho el ingeniero Niscobolos.
Yo ayudé a mi hermana a llevar la merluza. Mejor dicho, yo llevaba la fuente con la muzzarella cortada y embadurnada con aceite y pimienta, y mi hermana los filetes de merluza, arrollados alrededor del relleno y pinchados con un escarbadientes. El ingeniero Toguilner dijo que la presentación de esa fuente era una maravilla, que la comida entra por los ojos y la prueba está en que no se puede comer en la oscuridad. “Pruebe, señora, va a ver que no se le siente ningún gusto a la comida. Pero tiene que ser totalmente a oscuras.” Mi hermana dijo que nunca había pensado en eso. Después trajimos más aceitunas, más cantimpalo y dos platitos más de papas a la vinagreta.
De las cuatro botellas del ingeniero Toguilner sólo quedaba una por la mitad. Mi hermana dijo que era conveniente abrir más vino antes de que pasaran los veinte minutos. Me hizo una seña con los ojos y la V de la victoria con los dedos. Yo tuve que ir al socucho a buscar las botellas. Nunca supe si el vino era perecedero o no perecedero. Y mi cuñado lo ponía en el socucho de la derecha.
Cuando volví con las botellas, mi cuñado estaba tratando de embocarla con el versito. “Chi sa non fa”, decía. “No, no, así no es. Es: chi può non vo, chi vuò non po. E così il mondo va”. Escofet decía que en Italia se hace el cultivo escalonado. Se va sembrando arriba de la montañas, como si fueran escaleras, de ahí que se llame escalonado. Filipussi decía que su abuelo sembraba el tomate en macetas y daba pena ver lo que los argentinos tirábamos a la basura. El ingeniero Niscobolos dijo que eso era lo que decía nuestro presidente. Mi hermana Paulina se puso pálida.  “Mire, ingeniero”, le dijo al ingeniero Niscobolos, “no lo tome a mal, pero le voy a pedir un gran favor, a usted y a todos: no hablar de política.” Se produjo un gran silencio. Entonces el contratista Filipussi gritó: “Tiene razón la señora Paulina. ¡Un brindis por la señora Paulina!” Y todos se levantaron y chocaron las copas y mi hermana sonrió. Después el ingeniero Niscobolos dijo que el porvenir estaba en el ganado cebú y el ingeniero Toguilner dijo que él era de origen teutón y que nos iba a explicar de dónde venía la palabra okey. “¿Usted sabe, agrimensor?” Mi cuñado dijo que no con la cabeza. “¿Usted, ingeniero?” El ingeniero Niscobolos dijo que okey, en inglés, quiere decir “Está bien”. “Sí, pero ¿de dónde viene?” El ingeniero Niscobolos dijo que eran dos palabras. “Sí, pero ¿de dónde vienen?” Escofet dijo: “¿Por qué no lo explica, ingeniero?” “Eso, ingeniero, explique, explique”, dijo Filipussi y arrimó la silla. Mi cuñado dijo: “Usted, que es tan didáctico, ingeniero”. “Bueno, no es para tanto”, dijo el ingeniero Toguilner, “como ustedes saben, la palabra okey es la abreviatura de dos palabras...” En eso mi hermana me llamó con los ojos para que fuéramos a la cocina.
Ahora había que trasladar todos los platos del vitel thoné. Yo me preguntaba porqué no me hacía caso. La idea era desmontar la puerta del socucho, ponerla encima de la mesita de la máquina de escribir de mi cuñado (tenía rueditas), poner los platos sobre la puerta y empujar la mesita. En un solo viaje llevábamos los platos llenos y de vuelta traíamos los platos vacíos o sucios. Pero mi hermana no quiso.
Cuando entré al comedor con la primera bandeja de vitel thoné, el ingeniero Toguilner estaba diciendo que no a todos los dibujos que le iban mostrando. Tomó otra copa de vino y  dijo:
-        Más simple, mucho más simple.
Mi hermana entró con la otra bandeja y me hizo una seña con los ojos mirando el vino. “Dos”, me dijo con los labios, “dos”. Y dijo: “¿Qué ha estado inventando ahora, ingeniero?”. “Muy simple, señora, ¿a que no sabe cómo se hace para limpiar los vidrios de una ventana por el lado de afuera, o sea los vidrios que dan a la calle, desde el interior, sin sacar la mano?” “Ay, ingeniero, la verdad que si lo supiera me ahorro los sabañones en invierno.”
Todos se rieron menos el ingeniero Niscobolos que había sacado una libretita con tapas de cuero, con hojas cuadriculadas, y que seguía haciendo dibujitos detrás de los gladiolos. Escofet y Filipussi se habían levantado y miraban por detrás de mi cuñado los cálculos que mi cuñado hacía en el bloc de Vialidad. Mi cuñado arrancó una hoja. El ingeniero Toguilner la miró y dijo: “No es cuestión de números, agrimensor”. Mi hermana dijo: “¿Y sin salir afuera para nada, ingeniero?”, y volvió a mirarme y a repetirme la seña. “Para nada, señora.”
Tuve que ir al socucho. Cuando volví, el ingeniero ya lo había explicado. Mi cuñado, agarrando las botellas, dijo “Chi sa non vuò”, y se rió.
A mi cuñado se le  había dado por reírse y mi hermana sirvió el plato fuerte. Yo sabía que el plato fuerte era el que más duraba y era cuando más hablaban. Después se iban a quedar callados, serios y raros, mirando las crucecitas del mantel bordado o haciendo bolitas de miga de pan. Después mi hermana iba a anunciar: “Y ahora, el postre”. Entonces todos iban a despertar, el contratista Filipussi iba a gritar: “¡Un aplauso para la cocinera!”, todos iban a aplaudir y mi hermana iba a sonreír.
Yo pensé que podría aprovechar ese momento y preguntar la solución. Pero mi hermana me mataba si llegaba a interrumpir a los mayores.
Me imaginé sentado junto a mis valientes, en el baldío de Pujol, alrededor de la piedra del sacrificio, explicándoles cómo se puede hacer para limpiar un vidrio por la parte de afuera sin sacar la mano de adentro.
Pero esta vez el silencio que se hizo fue distinto. No fue al terminar el plato fuerte, sino al empezar. Mientras los demás venían comiendo de todo, el ingeniero Toguilner, que como decía mi hermana apenas había “probado bocado”, empezó a hacer preguntas. Las contestaba él mismo, sin dar tiempo a que uno encontrase la solución, a una velocidad increíble, una tras otra, mientras tomaba y tomaba. Yo hubiera dado en ese momento cualquier cosa: mi colección de libros del Príncipe Valiente, todas mis Giocondas, las dos perchas con elástico que ya había convertido en ballestas, con tal que mis valientes pudieran escucharlo. Trataba de no olvidarme de nada, trataba de recordar todo, hasta el mínimo detalle, y me veía con mi propia voz, parado sobre la piedra del sacrificio, contándoles a mis valientes todo lo que el ingeniero Toguilner sabía. Porque el ingeniero Toguilner lo sabía todo. Sabía cómo se rellenan los agujeros de la madera: se rellenan con tiza molida y cola. Sabía cómo se le saca el feo olor cuando hierve el brócoli: se mete un pan entero en la cacerola. Sabía cómo se hace para saber cuándo están a punto los fideos: se agarra un fideo con el tenedor y zácate, se lo tira con toda la fuerza contra los azulejos de la cocina; si se queda pegado, están. Sabía cómo se cuela la pintura antes de echarla en el compresor: se la cuela con una media de mujer. Sabía cómo se le saca brillo a los mosaicos: se ponen en un balde de agua dos cucharadas soperas de fuel-oil y quedan como un espejo. Sabía cómo se lavan las bombitas de la luz: se las mete debajo de la canilla sin miedo. Sabía cómo se lava un pulóver de lana: con dos litros de bencina y toda la roña queda en la palangana, en el fondo. Sabía cómo se desempastan las bujías empastadas del coche: se las embadurna con miel. Sabía cómo se le saca el óxido a los tornillos oxidados: se los mete en querosén. Sabía cómo se evita el bolo fecal: todas las mañanas un vaso de agua conteniendo la respiración. Sabía cómo se hace para evitar los bichos en el empapelado: dos cucharadas soperas de formol en el tacho del engrudo. Sabía cómo se limpia un cuadro al óleo: se le pasa con fuerza una cebolla cortada; también con el juguito de una papa. Sabía cómo se hace para no derramar el querosén de una lata de diez litros cuando se lo saca: en vez de poner el pico para abajo (la tendencia natural), hay que ponerlo para arriba, no se derrama ni una gota. Sabía cómo se hace para que las flores duren en el florero:  se les corta el cabito a tijera, se les echa vela derretida y se conserva la savia (la sangre de la planta). Sabía cómo se hace para tocar una pared electrificada sin que la electricidad lo deje a uno pegado: se pone la mano del revés y, si hay electricidad, la electricidad le cierra la mano de golpe. Sabía cómo se falsifican los hongos secos: con berenjenas cortadas a lo largo. Sabía cómo se eligen las plumas de ganso: si el que va a escribir es zurdo, la pluma tiene que ser curva a la derecha, si es para un normal, a la izquierda. Sabía cómo se hace para que la pintura no se seque en los tarros: hay que cerrarlos a martillazos y ponerlos boca abajo; la pintura dura añares. Sabía cómo limpiar los espejos: con vinagre, el vinagre es la madre del ácido acético.
Después el ingeniero Toguilner explicó de dónde venían la palabra sincera y la palabra atorrante y la palabra croto y cuando estaba por explicar cómo se puede hacer un nudo a un cigarrillo sin que el cigarrillo se rompa, se cayó de la silla. Desde hacía rato el ingeniero Toguilner venía hablando de costado, como si tuviera yum-yum en la boca, y cada vez se le entendía menos. Pero ahora estaba en el suelo. La copa de vino se le había derramado sobre el mantel bordado y él hablaba y lloraba desde el piso. Lloraba pero parecía como si se estuviese riendo y no se entendía lo que decía.
Todos corrieron las sillas y se levantaron y se agacharon y mi hermana dijo: “Se descompuso”. Después lo llevaron arriba entre todos y lo acostaron en la cama de matrimonio. Ahora tenía la cara marrón. Escofet le desabrochó la camisa, Filipussi le sacó la corbata y dijo que había que darle café negro con ceniza. Pero mi hermana me mandó traer cubitos de hielo en una servilleta. Bajé corriendo. Cuando estaba tratando de despegar la cubetera del fondo del congelador, sentí un grito. Cuando llegué el ingeniero Toguilner estaba vomitando.
Después mi hermana le puso la servilleta con el hielo en la cabeza. Después lo bajaron y se lo llevaron entre todos en el Pontiac de Escofet. Mi hermana había sacado la colcha de la cama y la había metido en la bañadera con agua. Después bajamos, me pidió que la ayudara a sacar todo de la mesa. No hablaba.
Como dos horas después volvió mi cuñado. Volvió solo. Mi hermana le sirvió un café y los dos se quedaron hablando bajito en la antecocina. En eso sonó el timbre. Mi hermana gritó que fuera a ver quién era. Eran el Chochi, Tito, Salomón y el Petiso. Les dije que no, que no iba a ir, y que hasta que yo no les avisase debían permanecer ocultos en los acantilados.
Pero nunca más volví al baldío de Pujol.

Augusto y el ladrón de palíndromas, J. Millán

Monterroso es un escritor itinerante, lo cual, a los efectos de estas líneas, significará que es escritor y que viaja mucho. Las probabilidades de coincidir espacio-temporalmente con alguien tan móvil son muy escasas, y por esa razón debo considerar nuestro primer encuentro como una absoluta casualidad, o bien como algo que seguía un designio más elevado. A la vista de los beneficios que para mí se derivaron de nuestro contacto, me inclino más bien por lo segundo.

Ocurrió hace muchos años. Por aquel entonces yo trabajaba para una editorial madrileña, y un día me avisaron de recepción que (aquí un nombre irreconocible, como es habitual) quería ver a alguien de la casa. Me presté a ello, y me encontré ante un señor más bien bajito (puedo decirlo, puesto que él mismo se ha descrito con semejantes palabras). Le pregunté su nombre, me lo dijo, y yo lo repetí, suspicaz: "¿Augusto, dice? ¿Monterroso?"

Ocurre que yo había leído (con mucho gusto) varios libros de alguien que firmaba con ese mismo nombre, así que insistí: "¿El escritor?". Él asintió en silencio, y yo me encontré ante la molestísima sensación de tener delante a la persona responsable de unas páginas que había leído con placer. Este tipo de intromisiones corpóreas en el terso mundo de lo literario se me habían revelado siempre muy inconvenientes. Y no sólo porque rompen la situación de dominio que el lector tiene frente al autor ("A ver, dígame usted... Muy bien, y ahora calle, pues tengo algo que hacer"). No: con frecuencia había encontrado que los autores ponían lo mejor de sí mismos en sus obras, de modo que lo que quedaba para un encuentro personal eran otras cosas, no todas ellas agradables.

Me preparé, pues, para lo peor, y empezamos a hablar. El motivo de su visita se hizo algo tangencial, y al cabo de un rato, relajados, hablábamos de otros temas: sus libros, libros ajenos... Yo recordaba que en alguna de sus obras había descubierto que le interesaban los palíndromos, que él llamaba palindromas. Con cierta turbación (era muy joven), le dije: "Augusto: yo he escrito lo que creo que es uno de los mejores palíndromos en lengua castellana. Dice así", y respiré hondo:

Anita, la gorda lagartona, no traga la droga latina

Guardó silencio por un momento (ese lapso de tiempo que se requiere para reconstruir la frase desde el final, y ver si uno no está ante un bluff), y al cabo sonrió. "­Muy bien!", quiero recordar que dijo, "Y dígame una cosa: ¿la ha publicado usted?, ¿se la han atribuido públicamente?" Yo negué. "Ay, ay...", meneó la cabeza, "¿No sabe usted que hay ladrones de palindromas, gente que repite las obras ajenas pretendiendo pasar por su autor?" Me recorrió un sudor frío; ya he dicho que entonces era joven e inexperto: ni se me había pasado por la cabeza. "No", dije. Me miró: "Bueno, no se preocupe: ya lo arreglaremos".

Nos despedimos, y al cabo de unas semanas me llegó un recorte del Excélsior de México. Allí estaba el palíndromo, y al lado mi nombre, unidos para la posteridad.

Luego nos hemos visto más veces, hemos localizado amigos comunes, y charlado ante alguna de sus extrañas comidas, y mi sospecha inicial ante la convivencia con mis autores favoritos se ha diluido. En su caso.

Hace poco rememoramos, divertidos, nuestra primera entrevista. "¿Y cuál sería la droga latina?", se interesó. Estábamos cenando, y yo señalé mi copa: "El vino, claro". "No", agitó la cabeza, "La literatura".

Debí haberlo supuesto.



[apareció publicado en "Culturas", suplemento de Diario 16, el 16 de noviembre de 1991]